“El enfrentamiento fue fraguado”

Juan Oscar Gatica tiene 64 años y vive en Brasil donde trabaja en un programa de derechos humanos. Se refugió en ese país luego de sufrir el secuestro y la tortura en dependencias del Batallón de Comunicaciones 181, la caída de su compañera Ana María en “La Cacha” y el “Pozo de Bandfield” y la apropiación de un hijo y una hija por parte de las fuerzas del terrorismo de estado.

Estuvo en Bahía Blanca declarando ante el Tribunal Oral lo que no pueden contar Pablo Fornasari y Juan Carlos Castillo, fusilados el 4 de septiembre de 1976 junto a Zulma Matzkin y Manuel Tarchitzky en la Masacre de calle Catriel. La historia oficial da cuenta de un enfrentamiento con el Ejército.

“A Pablo Fornasari lo conocí en la militancia de la Juventud Peronista”, contó Juan que está afiliado al PJ desde los 18 años. Pablo también militaba desde muy joven y “en la época en que ocurrieron los hechos estábamos los dos como miembros de lo que entonces se llamaba el Partido Peronista Auténtico”.

Operativo en la ruta

Un día de junio de 1976, Juan Carlos Castillo manejaba la camioneta que lo traía de Médanos a Bahía junto a Gatica y Fornasari. Llegando a la ciudad se toparon con un control del Ejército.

“Había mucha gente demorada en ese lugar. Un suboficial constataba los nombres con una carpeta en la que encontró el de Juan Carlos Castillo. Nos hicieron descender de la camioneta y en primer lugar nos condujeron junto al grupo de gente demorada”. Se acercó un militar, los separó del grupo y les ordenó ubicarse a cinco metros de distancia entre sí: “Medio nos interrogó a los gritos ahí mismo”.

Ya en ese momento Fornasari pudo identificar al jefe del operativo porque había sido su superior durante el servicio militar, era el capitán Raúl Oscar Otero.

Sobre el atardecer los condujeron al V Cuerpo de Ejército en la camioneta de Juan Carlos. Llegaron a “un lugar llamado la guardia” donde los interrogó Otero “a los gritos”. Luego a un calabozo con tres celdas, cada uno con las manos en alto en la puerta custodiados por un milico cada uno y un perro adiestrado. La situación duró lo suficiente para que se les acalambrasen los brazos: “A cada movimiento que hacía uno para estirarlos se venían encima los perros”.

Tras un nuevo interrogatorio a cargo de Otero en el edificio de la “jefatura” terminaron el día en las celdas. A la noche un oficial les ofreció comida, café, colchones y frazadas. Bien temprano por la mañana: mate cocido, pan y afuera colchones y frazadas.

Primero vinieron por Juan Carlos

“Más o menos a las ocho y media ingresaron a la celda varios militares, suboficiales, rápidamente preguntaron por Castillo, lo esposaron para atrás, le vendaron los ojos e inmediatamente se lo llevaron. No lo vi nunca más, no tuve ninguna noticia más”, recordó Gatica.

Quedó con Fornasari y la incertidumbre acerca de su futuro todo el día en la celda “con el mismo ritual”. Era sábado. La tarde siguiente los pasaron a la celda de enfrente. Era más grande, tenía baño, camas y alojaba a una decena de detenidos con quienes intercambiaron información.

En ese grupo “había un señor mayor que nos contó que era dueño de una emisora de televisión en Río Negro, estaba con sus funcionarios. Parece que había aparecido una figura similar al Che Guevara durante la señal de abertura del canal. Era el más indignado y algunas veces reclamaba del trato que se les daba a los soldados”.

Desde las celdas más pequeñas podían ver hacia afuera a través de una ventana con rejas. “Teníamos contacto con los soldados, podíamos hablar con ellos, pedir agua, salir al baño, nos compraban cigarros, nunca nos faltaba nada”.

El martes o miércoles los llevaron a “la guardia” donde Otero insistió con el interrogatorio. A Gatica le llamó la atención “un fotógrafo que nos sacó de perfil, de frente pero que también preguntaba, interrogaba…”.

Les anunciaron su liberación, llenaron unos formularios donde declaraban que habían estado detenidos por averiguación de antecedentes, que los largaban ese día sin haber sido maltratados. Pasaron casi una semana solos, conversando, escribiendo cartas para sus familias que enviaban los soldados. Gatica les escribió a su esposa y a su madre. Fornasari a su mujer y a otros parientes de La Plata.

Los soldados dijeron que había cumplido su rol de carteros. “Con eso pensamos que posiblemente nos liberaban o nos liberaban y después nos mataban. Esas eran nuestras hipótesis. Querrían seguirnos, no había ningún indicio contrario”.

Después vinieron por Pablo

Gatica dijo al Tribunal que “el viernes siguiente, de la misma forma que se llevaron a Castillo se llevaron a Fornasari”. Lo agarraron dormido en la oscuridad de la madrugada y “con bastante violencia. Pablo sabía que si se repetía lo que pasó a Juan Carlos la muerte era una opción segura y advertía que iba a intentar resistir. “A mí me despertaron y me pidieron un cigarro para Fornasari, no lo vi más”.

El sábado a la madrugada lo vinieron a buscar a él. Lo vendaron, lo subieron a una camioneta abierta o jeep y transitaron tal vez por el interior del Comando -algunas veces por asfalto y otras por tierra-.

No pudo identificar el lugar donde fue “golpeado, torturado, me metieron la cabeza en una cosa con agua y me pegaban en las costillas. Me interrogaban, primero me preguntaban sobre qué íbamos a hacer nosotros tres y después cosas que no tenían nada que ver conmigo ni con Castillo ni con Fornasari. Cuándo lo van a matar a Videla, dónde está López Rega, cosas así”.

Si hubiese sabido algo ya era tarde. Después de una semana cualquier dato no valía nada, por ejemplo, la esposa de Gatica sabía que si él no volvía a las seis de la tarde tenía que irse a su ciudad. “Había que cumplir rigurosamente lo acordado, así que si en mi casa ya no había nadie imagínese si voy a saber dónde estaba López Rega”.

La cruz y la espada

Un tipo que había visto dentro del cuartel vestido de civil, con una gorra tipo vasca, levantando basura en un carro fue quien lo esposó cuando lo vinieron a buscar la tarde del sábado.

Era el mismo tipo al que un rato antes alguien le había dicho que aun no era el momento y que se había quedado con Gatica conversando sobre la pelea de Monzón con Rodrigo Valdéz. “Empate, pero el título se lo dieron a Monzón”, dijo el de la gorra.

Pero llegó finalmente su turno, otra vez las esposas, la venda puesta “a la vista de todos”, el viaje al lugar que no pudo identificar, las preguntas y a la noche celda, sopa y a dormir.

“El domingo esperaba que me pasaran a la celda con los otros y no me pasaron. Fui al baño como todos los días y a la tarde avisté un gran terreno, todo cuidado, verde, parecía un gran jardín. Le pregunté quién era el sacerdote que estaba ahí y me dijo que era monseñor Ogñenovich”, recordó Juan Oscar.

Su esposa cursillista había estudiado con Ogñenovich en Trenque Lauquen. Allí recibió la cadena que tenía puesta Gatica: “Le pedí al soldado que se la muestre diciéndole que era del esposo de una cursillista que estaba preso, si podía hacer algo. Fue, se la mostró, la miró y se la devolvió sin decir nada”.

El lunes apareció un sargento en la celda a decirle que lo conocía de Mercedes, cuando el servicio militar y el fútbol en el equipo del Regimiento de Infantería. El martes frente al capitán Otero, Gatica hizo los mismos trámites realizados junto a Fornasari, formularios, fotos y promesa de libertad.

“El fotógrafo siempre estaba presente y siempre preguntaba. Pasé otra noche en la celda, ese junio del 76 fue uno de los años más fríos de Bahía -8 o 9 grados bajo cero-. Para mantenerme caliente corría alrededor de la celda, cuando me cansaba paraba y luego comenzaba de nuevo. En una de esas vi que alguien me estaba mirando. Me preguntó que hacía ahí, le dije que no sabía y salió”.

Minutos después “me llamaron, me dijeron que estaba libre y salí”. Gatica recorrió la larga calle que da al Batallón hasta la parada de ómnibus. Sabiéndose perseguido tomó otro colectivo, pasó por la estación ferroviaria intentando perderlos. “Tenía que ir a mi casa porque no tenía otro lugar. Ellos ya sabían dónde era”. Como no tenía llaves una vecina le permitió entrar por el fondo de su rotisería.

Sin encender las luces, se cambió la ropa, verificó que uno de los soldados había tirado una de sus cartas por abajo de la puerta y salió por el fondo en bicicleta: “Tiempo después, me entero por los diarios y la radio que Fornasari y Castillo habían muerto en un enfrentamiento con las fuerzas públicas. Tengo que decir que ellos fueron presos, llevados para otros lugares de detención en distintos momentos, puedo garantizar que fue un enfrentamiento fraguado”.

Desde el momento en que Gatica sube a la bicicleta comienzan otras historias que relatará en las próximas emisiones del programa EL JUICIO DESDE LA CALLE e iremos publicando en este blog. Su esposa fue secuestrada en 1977 en La Plata y estuvo en “La Cacha” y el “Pozo de Banfield”. Su hija María Eugenia y su hijo Felipe fueron apropiados y después de ocho años rescatados por sus padres Y Abuelas de Plaza de Mayo durante la vuelta de la democracia.

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One thought on ““El enfrentamiento fue fraguado”

  1. No es un dato menor el que aporta Juan Oscar Gatica en su lúcido testimonio acerca de la actuación del cura Emilio Ogñenovich, a quien reconoció durante su cautiverio en el V Cuerpo, testimonio que pone en evidencia la complicidad de la jerarquía de la Iglesia bahiense con la represión. En 1975, Ogñenovich asumió como vicario general de Bahía Blanca, dedicándose al cursillismo. Pasó gran parte de la dictadura en la ciudad, donde acuñó sus tristemente célebres frases de cínico apoyo al genocidio: “Los profetas de una moral sin Dios están recogiendo las consecuencias lógicas. ¿Qué otra cosa podían esperar quienes han pregonado hasta el cansancio que nada hay superior al hombre?”, predicó el 25 de mayo de 1976. “Mi auto ya va solito para el V Cuerpo”, ironizó ante una mujer que le pidió ayuda por un desaparecido. Al padre de un secuestrado que buscaba a su hijo le soltó con todo su desprecio: “En este momento lo están haciendo cantar”. “La sociedad está cansada de inútiles declaraciones sobre derechos humanos”, se quejó en 1977. Ogñenovich fue ordenado obispo en 1979 en Bahía Blanca por Jorge Mayer, otro cómplice del genocidio que se burlaba de los familiares que iban a pedir su apoyo para localizar a sus seres queridos. Lamentablemente, estos altos prelados de la jerarquía católica ya han pasado a ¿mejor? vida –Mayer en diciembre de 2010 y Ogñenovich en enero de 2011- llevándose consigo información de primera mano que habría servido para esclarecer los crímenes de lesa humanidad que se ventilan en el juicio.

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