“Me hacían cargo hasta de la crucifixión del Señor”

En 1976 Claudio Collazos trabajaba en la Tesorería de la Municipalidad y tenía militancia gremial y política. Fue secuestrado por una patota del Ejército cinco días antes del golpe de estado cuando estaba por tomarse el colectivo para ir a su trabajo.

“Me paró un auto de donde se bajaron varios hombres con medias de mujer en la cabeza, forcejeamos un poco, y escuche que uno dijo ‘Dale en la cabeza’ y acá tengo el chichón aún. Me golpearon, me tiraron al piso y ahí me subieron al auto”, relató ayer en el juicio.

En ese momento se inició el recorrido que, luego de avanzar sobre un paso nivel, terminó en el lugar de detención clandestina. “Enseguida me bajaron no de buenos modales, me pegaron un empujón, golpee la cabeza contra la pared, sentí un golpe fuerte en el estómago y me pusieron en un elástico de fierro atado de pies y manos. Me empezaron a mojar y me pusieron electrodos”.

La tortura intercalaba la pregunta “¿Dónde están los fierros?”, con la picana y los golpes y hacía que “el tiempo sea eterno”. “Querían hacerme cargo hasta de la crucifixión del Señor”, dijo Collazo.

“Se creían superhombres pero se equivocaron”

Según sus conclusiones el lugar de cautiverio fue La Escuelita en dependencias del Comando V Cuerpo de Ejército donde lo dejaron mojado atado al elástico de una cama desde donde reconocía las voces de sus  captores.

“Había uno que era el mandamás, ‘Macho decí la verdad’, ‘Macho vas a perder’… Cuando se decía ‘Macho’ ya todo el mundo sabía la que se venía. A ese le decían el Tío. Supongo que era un cargo elevado porque todo el mundo ahí adentro le respondía. Él preguntaba, era Cruciani”, afirmó respecto a “el Tío” Santiago Cruciani también conocido como Mario Mancini.

Antes que lo sigan torturando hubiese preferido que le “peguen un tiro en la cabeza y punto”, pensaba entre las sesiones de tortura. Inmediatamente la imagen de su hijo de nueve años le daba fuerzas para resistir.

Al resto de los detenidos “no les repartían leche con vainillas sino que los torturaban” tanto como a Collazos. “Ponían música con volumen muy alto pero a pesar de eso se escuchaban los gritos de dolor y de angustia”. Recordó que a uno le preguntaron cómo se llamaba y contestó: “René Bustos”. En otro momento escuchó voces lejanas, alguien preguntaba quién era y otro respondía que “traían alumnos”.

En el centro clandestino pasó aproximadamente diez días constantemente encapuchado. La tortura se repetía cuando “no tenían nada que hacer”. Le daban agua con una tetera o una pava, le pasaban electricidad y luego lo obligaban a tomar más agua. Hubo además simulacros de fusilamientos.

Camino a la libertad

Antes de que lo liberen pudo escuchar en una radio que el golpe de estado era un hecho. Lo acostaron en una cama con la cabeza colgando -“supongo que para desorientarme”-, luego lo llevaron “a algo chiquitito” donde tuvo que “subir dos o tres escalones” y supone era una casilla rodante.

Le anunciaron que iba a pasar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, lo subieron a un auto, dieron varias vueltas y lo dejaron en Zelarrayán y Caronti. Le hicieron poner las manos contra la pared y contar hasta diez sin sacarse la venda.

En la audiencia se le mostró un informe médico realizado el 2 de abril de 1976 en una comisaría de la cual el testigo solo recordó que alguien le miró el golpe en la cabeza. El documento lleva la firma del dr. Hugo Raúl Montero quien en su posterior declaración no recordó a Collazos.

La presencia de Cruciani

Al tiempo volvió a trabajar en la tesorería comunal. “Un día hubo un vencimiento de impuestos, cerró la municipalidad pero seguíamos trabajando, vino un ordenanza y me dice ‘Te busca un hombre en la puerta’. Había un alto parado con una carterita. Le digo ‘¿Usted me busca a mí?’. ‘Sí macho, te busco a vos’, respondió. Ahí me di cuenta…”.

Era el Tío Cruciani. Fueron a tomar un café, el interrogador empezó a hablar, dijo “Si te torturamos, de uno a diez ponéle un cinco” y luego le ofreció ser “buchón” de los militares. Durante un tiempo siguió el acoso y las amenazas contra su familia.

Cruciani trabajaba en el Servicio de Inteligencia del Ejército que funcionaba en Chiclana al 300. Allí fue Collazos en dos ocasiones y habló con su torturador. Por la persecución había pedido licencia en la comuna pero Cruciani le decía que vuelva sin miedos. En otra de las visitas el militar le compró un libro y le adelantó que se iba a ir de agregado en una embajada.

Por todo esto, para Collazos no hay dudas sobre la participación de “aquellos que han deshonrado el uniforme del glorioso ejército sanmartiniano”.

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