“Todas esas cartas me volvían”

En la década del ’70, Mercedes Orlando era docente en una escuela regenteada por la Compañía de María en Villa Nocito y asistente social en la Municipalidad de Bahía Blanca.

De licencia en su cargo comunal, la madrugada del 21 de marzo de 1976 fue secuestrada en su domicilio por una decena de personas, “algunos estaban en el frente de la casa y otros la habían rodeado”.

El grupo estaba conformado por uniformados -algunos parecían “soldaditos”- y hombres de civil con armas que golpeaban las persianas del frente y la parte trasera de la vivienda en forma simultánea.

“Estaba sola con mi madre, abrí, me sacaron como estaba, con camisón y chinelas. A los gritos me llevaron, creo que había más de un vehículo en la puerta. Me colocaron en la parte trasera, me vendaron. No podría precisar que distancia recorrimos, más tarde supe que había estado en La Escuelita”, declaró la mujer.

Al rato, la patota volvió a la casa de su madre identificándose como policías y se llevó todos sus libros. “Mi madre estaba en una crisis total porque todavía no sabía nada y le decían ‘Su hija no es ninguna santa’. Mis libros eran de mi carrera de asistente social y algunos de educación”.

El bueno de La Escuelita

En el centro clandestino de detención y torturas la ataron a un elástico de una cama y comenzaron a preguntarle si conocía a alguna de las personas que le nombraban. “Me hablaban de una tal Mariana y yo repetía mi nombre, me hablaban de personas que realmente no conocía”.

Los interrogadores cambiaban pero las preguntas eran siempre las mismas. Mercedes se daba cuenta que uno de sus captores “creía lo que decía”. El hombre de la voz grave iba y venía en su rol del “bueno”, proponía al resto que pregunten al arzobispo quién era ella.

La picana era una amenaza constante pero no llegaba a concretarse. El lugar era un medio arbolado, con olor a verde, y si aflojaba la radio que estaba siempre a volúmenes altísimos se llegaban a escuchar pájaros.

“No puedo precisar la cantidad de horas pero ya al amanecer esta persona de la voz distinta a la que yo me aflojaba un poco porque me daba cuenta que creía lo que decía y no insistía, dio la orden de subirme a un vehículo y de allí me sacaron con más gente, me dieron vueltas por la ciudad y me dejaron cerca de la casa de mi hermana”, dijo al tribunal.

“Había encontrado protección”

Luego de su liberación, ese hombre de voz gruesa, que tenía ascendiente sobre los demás como para frenar la picana y al que apodaban ” Tío” iba a tomar otro protagonismo en su vida.

“Supe que era Mario Mancini porque días después empezó a llamar a mi domicilio para prometerme que me iba a devolver todos los libros que me habían sacado y así sucedió. Además me decía que tenía que presentarme en la escuela. Yo estaba aterrorizada, no quería ir a trabajar. Me pedía que no tenga miedo que me iba a acompañar a ver a monseñor Mayer”, recordó la testigo.

Mancini siguió llamándola hasta que comenzaron “una relación afectiva” que se prolongó durante poco más de un año.

Mercedes afirmó que “él estaba en el Servicio de Inteligencia, me llamaba desde allí. Pero no tenía datos o no los preguntaba, no sé si porque tenía miedo o porque no quería saber. Había encontrado protección pienso yo, al no saber por qué me habían ido a buscar temíamos que volvieran”.

“Tengo una hija producto de esta relación. Yo supe quién era cuando en el año ’78 se fue a una agregaduría militar en Perú. Intenté comunicarme y le enviaba cartas como Mario Mancini, todas esas cartas me volvían. A esa altura ya había pasado dos o tres meses que tenía a mi hija, estaba mal. Intervino un familiar de mi madre que estaba en la marina y se encargó de hacer conexiones para averiguar quién era. Entonces me dijeron que tenía otro nombre, que era Santiago Cruciani y que tenía otra familia con esposa e hijas en Mar del Plata”, relató Mercedes.

Respondiendo a las preguntas del tribunal, comentó que en varias ocasiones le pidió al torturador por Horacio Russin con quien había trabajado en Cáritas. Juntos fueron hasta la parroquia de Sánchez Elia a preguntarle al cura Navarro por él. Mancini o Cruciani decía que lo tenía la Armada. La historia dice que los marinos  lo entregaron al Ejército y se lo vio por última vez en La Escuelita.

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2 thoughts on ““Todas esas cartas me volvían”

  1. Más elementos probatorios de que se trató de un plan “sistemático” criminal lo que nos brinda este valiente y estremecedor testimonio: 1. La forma en que se hacían los operativos era idéntica a los que se hacían a lo largo y ancho del país: de noche, mientras la víctima descansaba, con la cuadra cerrada, rodeando la casa por los cuatro costados y encaramados en el techo, golpes violentos en puertas y ventanas, despliegue de armas largas, presencia de soldados, policías y patoteros de civil, generalmente con pasamontañas, prueba de que había habido un largo entrenamiento previo a nivel nacional que uniformaba las acciones criminales. 2. En este caso en particular, suena ominoso escuchar el nombre de Jorge Mayer, arzobispo de Bahía Blanca, asociado tan íntimamente a un genocida como el “Tío” Cruciani, capaz de proponer a la víctima efectuar una visita al prelado para regularizar su situación, prueba de que Mayer estaba en contacto permanente con los represores y sabía lo que ocurría. ¡Siniestro!

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  2. Pingback: “La vida siempre tuvo la última palabra” | Juicio Armada Argentina - BNPB

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