“¿Señor Bayón, por qué mató a mi papá?”

El 21 de marzo de 1976, Néstor José del Río estaba internado en el Hospital Municipal recuperándose de la golpiza sufrida en un intento de secuestro frente a su familia, en su vivienda del barrio Comahue.

Entre la una y las dos de aquella madrugada dos tipos armado y con la cara cubierta entraron a la Sala II de Neurocirugía, redujeron al personal e inutilizaron los teléfonos.

Ordenaron a una enfermera a que los lleve hasta la sala de Del Río, cerca del lugar interrogaron a otra. Obligaron a las mujeres a tirarse al piso y uno con ametralladora se quedó vigilándolas. Así escucharon varias detonaciones de armas de fuego y los pasos que se alejaban.

Una de las enfermeras se dirigió a la Sala de Medicina de Urgencia a comunicarles a sus compañeros lo sucedido. Al entrar en la habitación del paciente, comprobaron que había sido acribillado.

Mariela Andrea Del Río hoy tiene 43 y trabaja como enfermera en el mismo hospital. Luego del asesinato de su padre ella y su familia tuvieron que dejar la ciudad. No le fue fácil reconstruir su vida. “Para mí, esto es parte del tratamiento”, afirmó.

Declaró que sus padres eran trabajadores no docentes de la Universidad Nacional del Sur. Néstor era preparador químico y tenía una fábrica de capacitores. Fue secretario general de Atuns hasta el año de 1973. La última participación de su madre fue un viaje gremial a Tucumán.

“Había sido perseguido en la UNS por su militancia y había estado cesante un mes en el ’74. Después le reasignaron tareas que no tenían que ver con su función habitual. Eso hizo que se sintiera muy mal. A mi mamá también la dejaron cesante”, dijo Mariela en el juicio.

“Se merecían un juicio por lo menos”

La noche del 17 de marzo de 1976 los Del Río cenaban con un tío en su casa del barrio Comahue. Se acostaron tarde. Entraron cuando estaban en la cama. “Me despertó la explosión fuerte, tiros y luces como relámpagos y los gritos, lloraba mi mamá, el bebé. Vi que se lo llevaban a la rastra y vi la puerta de la entrada toda rota, un auto blanco con el baúl abierto. Fue en fracción de minutos. Nos dijeron que nos quedáramos adentro”, relató Mariela.

Vio también entre el llanto de su madre, a su papá tirado boca abajo en ropa interior. Pasó la noche en casa de un vecino y al otro día la llevaron con el hermano de Néstor en Neuquén.

“A los cuatro días supe que el 21 de marzo un comando de basuras entraron al Hospital Municipal, donde trabajo hoy, y redujeron a la telefonista. Los hicieron tirar cuerpo a tierra, los encerraron, entraron a la sala donde estaba internado mi papá porque estaba herido y amenazaron a las enfermeras. Llevaban armas largas, eran dos personas. Apuntaron a la enfermera para que les indicara, y le metieron ocho balazos”, denunció la testigo.

Tres meses le bastaron a la justicia para cerrar la causa por falta de pruebas. La familia quedó en la ruina. “Cenábamos café con leche porque no teníamos para comer. Se merecían un juicio por lo menos”, dijo en la cara de los 17 represores.

La lucha no fue sólo contra el dolor de perder al padre, del miedo y la falta de recursos. También tuvieron que “luchar contra la sociedad” porque hasta “las mismas maestras discriminaban”. “La hija del guerrillero”, decían por lo bajo. Los compañeros y las compañeras de clase preferían no invitarlos a su casa.

A su madre le dieron un año de licencia sin goce de sueldo en la UNS, volvieron a Bahía en 1977. Durante el invierno de ese año, la hermanita de Mariela tuvo convulsiones. Salieron en busca de alguien que las lleve al médico. Mientras subían al auto de un vecino vieron aparecer un grupo de soldados del Ejército. Desde entonces, su mamá tapa las ventanas con frazadas para no ser espiada. .

En la sala de audiencias aseguró que quiere que sus hijos y sus nietos puedan vivir en democracia.

“Las personas no se matan”

“Yo tenía diez años cuando pasó. Me despierto como de un sueño. Estaban mis hermanas y mi abuela. Yo le decía a mi abuela que si estaba soñando. Y quería salir a defender a mi papá. Recuerdo palabras groseras para con mi papá. Le decían pedazo de hijo de puta. Me asomé a la puerta y no vi más nada”, declaró Pablo Del Río.

Contó que esa noche lo marcó para toda la vida. Era un nene y le arrancaron a su papá, lo llevaron lejos y le sacaron a sus amigos. “Estaba con mi tío y mi madre. Me habían matado a mi papá”.

Pasaba el tiempo y “cada vez estaba peor”. Tenía muchos proyectos con Coco. No pudo decir, como sus amigos, que le había enseñado a pescar su papá. No se pudo abrazar con su viejo cuando tuvo su primer hijo.

“Seguí creciendo, seguí llenándome de bronca. Mi mamá tenía 32 años y tres hijos y yo me sentía el hombre de la casa. Tuve que trabajar. Vivíamos en Plaza Huincul. Vendía huevos y la gente nos ayudaba”.

Pablo sabe que a su padre no le dieron opción como a él: “Podría ser en estos momentos un tira bombas vengativo. No sirve de nada, el odio es un defecto moral. Hoy tengo 45 años y me quiero sacar el odio, lo entierro, pero no entierro la memoria. Las personas no se matan, vienen al mundo para cumplir una misión, para ser felices”.

Está convencido que “hicieron un plan para hacernos sentir miserables” y se lo quiso dejar claro a los jueces. Y también quiso preguntarle al verdugo: “Señor Bayón, por qué mató a mi papá”.

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One thought on ““¿Señor Bayón, por qué mató a mi papá?”

  1. Pablo. Cuánto me alegra que por fín llegue la justicia a tu vida, a la de tus hermanas y la de tu madre. Te recuerdo con mucho cariño, tanto como el que mi madre (Lidia) sentía por todos ustedes. Ojalá la vida te haya sacado algo de aquella tristeza que tenías en los ojos. Abrazo enorme: Martita, la hija de Lidia..

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