“Cambiaron el rumbo de mi vida”

Liliana Noemí Larrosa vino de Viedma para declarar en el juicio. La denuncia sobre su secuestro y los padecimientos sufridos en uno de los centros clandestinos de detención y torturas del V Cuerpo y las secuelas posteriores pudo elaborarla pocos meses atrás.

“Todo empezó en el año ’76, estaba en Médanos, en la casa de mi madrina que queda al lado de la casa de mis padres. Estábamos hablando, tocaron timbre, un señor pregunta por mí de malos modos. Entró directamente a la casa, mi madrina les dijo que pase, estaba vestido de militar, tendría unos 40, era rubio de ojos claros. Tenía uniforme camuflado, los militares más jóvenes tenían uniforme verde, más o menos de mi edad”, recordó.

A empujones la llevaron a casa de sus padres. La casa estaba rodeada, había muchos vehículos militares, represores en los techos, adentro, en el patio, por todos lados. “A mis padres les habían pegado, habían dado vuelta la casa, abrieron todos los colchones, con insultos, malos tratos, me tiraban nombres que no sabía de quienes se trataban”.

Solo identificó el apellido Dejter porque había salido un mes con el hijo de Simón que vivía en Algarrobo. “Preguntaban si lo conocía, qué trato tenía, si tenía su ideología, cuántas veces había estado en la casa de ellos… ‘Así que sos comunista igual que los Dejter y los otros’, me decían”.

La encapucharon y en un vehículo la trasladaron hasta un sitio que supone era la comisaría de Médanos donde había otros detenidos. Estaba muy asustada y no paraba de llorar.

“Estaba en una edad de muchos prejuicios, en un pueblo, imaginaba que todos veían lo que me estaba pasando y sentía mucha vergüenza. Con los que estaban en la comisaría nos abrazábamos y nos decíamos los nombres, una me dijo que era Esther Turner. Había hombres y mujeres, alcancé a escuchar que había un tal Najt”, manifestó.

Hacía el Batallón

Unas horas después comenzó otro traslado en un colectivo, por un camino más largo con amenazas constantes y “trabajos psicológicos”. Sus captores se preguntaban a quién matarían primero. “Me cargaban, se burlaban, me manoseaban, me tocaban… era como todo mezclado, uno venía y me decía al oído quedáte tranquila que no va a pasar nada y venía otro y me manoseaba”.

Los encerraron en un lugar encapuchados, sin posibilidad de  higienizarse, tenían que hacer sus necesidades en una letrina a la que llegaban custodiados por un par de soldados. Estuvieron varios días sin comer.

“Cuando nos trajeron un poco de comida la comíamos salvajemente con las manos porque no nos trajeron ni un cubierto, con los ojos vendados. Nos habían puesto una cinta en los ojos más la capucha, cuando nos las sacan estuve no sé cuantas horas sin ver”, contó Liliana al Tribunal.

De ese sitio tan “desagradable” con piso “áspero como de cemento”, pasan a otro donde les sacan las capuchas, “era un lugar de aspecto muy feo, de ladrillos, sin mantenimiento”, y al rato separan a las mujeres en una habitación con dos o tres camas. “Pasaban por el pasillo a altas horas y se escuchaban los gritos de dolor”.

Frente a la pieza de puerta antigua y ventana al pasillo, había una celda con un muchacho -Juan Trisaldi- que la reconoció y mediante un soldado le envió un papelito pidiéndole que si era liberada le avise a la madre que estaba vivo.

“Estaba en otro mundo”

Una madrugada la sacaron y la arrastraron hasta donde había un escritorio, la desnudaron y picanearon por todo el cuerpo. “Decían que me iban a violar… les pedía por favor que no lo hagan que ya demasiado me sentía violada con todo lo que me habían hecho. Yo era virgen, pedía que me respetaran… uno se compadeció y dijo ‘Bueno paremos acá’. Me vestí mientras me decían barbaridades, me llevaron a la habitación, no pude dormir”.

El mayor Cerdá le prestó un baño y ella aprovechó para preguntarle por qué estaba ahí. “No sabía ni quién era el presidente de la Nación, estaba en otro mundo, un mundo puro, venía a Bahía Blanca a ver a mi hermana, le cuidaba a las nenas”. El militar no soltó información, solo la ayudaba porque tenía una hija de su edad.

Una chica de Salinas le contó lo que estaba pasando, que estaban desapareciendo gente: “Ahí pensé que nos iban a matar”.

“Un monstruo que llevo encima”

Todo sucedió cuando aún no había cumplido sus 19 años. Intentó terminar el secundario pero no pudo. Su hermana le sugirió abandonar Médanos y así llegó a Viedma.

Liliana aseguró que ocultó su historia porque “tenía mucho miedo que me vuelvan a llevar. Es una situación que me marcó mucho hasta hoy, tengo secuelas muy graves, estuve prácticamente diez años sin salir. Tenía pánico de llevar a mis hijas al parque, al río, cuando iba a llevar la bolsa de residuos al canasto miraba hacía las esquinas porque pensaba que iban a venir por mí, tengo pesadillas, depresión”.

“Me cambiaron el rumbo de mi vida, quería seguir una carrera. Se lo oculté a mis amigas, mi esposo y mis hijas hace poco que saben lo mío, es lo mismo que siente una persona cuando es violada, se siente culpable y trata de ocultar. Esto de denunciar había estado antes pero no me animé porque temía que vuelvan a matarme. Mi marido me dijo que tenía que ir porque me iba a hacer bien a mí y a los demás”, concluyó.

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