“No sólo el mal por el mal mismo”

“La experiencia que me tocó vivir a los 16 años, estar treinta días secuestrado, atado y en un estado de confusión interno muy grande, de stress, sabiendo que a cada momento me decían que nos iban a matar o esperando que se reanude una nueva sesión de tortura o de simulacro de fusilamiento, mi mente en ese momento estaba como muy alterada y con el pasar de los días empecé internamente a construir como un mundo mental en el cual me pudiera refugiar y ahí es donde me encontraba con las canciones que yo sabía, me las cantaba mentalmente o internamente me reproducía los poemas que me sabía de memoria y sentía como un alivio con esa práctica, sentir que recuperaba algo de la humanidad que perdía en ese lugar de locura y de muerte y de inhumanidad total”.

La frase fue la primera que salió de la boca de Gustavo Darío López, un hombre de 51 años, casado, con tres hijos que se dedica al arte y la poesía.

El 21 de diciembre de 1976 a las dos de la mañana tres hombres ingresaron a la casa familiar de Las Heras al 900, lo despertaron, lo golpearon y se lo llevaron en un Unión DKW.

El coche subió la pendiente de Las Heras hasta Cervantes, dobló a la izquierda hasta que encaminó por Urquiza que en ese entonces “estaba llena de pozos”. Sintió los ruidos de los árboles del Parque de Mayo minutos antes de llegar a destino.

Gustavo tiene el íntimo convencimiento que la historia que comienza a contar “fue una política de aplicación de miedo, de terror hacia la población, aplicada a personas que luego puedan replicar esa experiencia y ese miedo en su comunidad y, a través de la instalación de ese horror, se pudo llevar adelante un proyecto económico y político cuyas consecuencias la historia ya conoce. No sólo hacer el mal por el mal mismo”.

El capricho y la arbitrariedad

La recibida en el centro de detención clandestina fue con “patadas y golpes en el estómago” y la amenaza de que “si veía a alguien era automáticamente una persona muerta”. Lo vendaron y lo metieron en la sala donde pasó 36 días atado con una soga con las manos a la espalda. Un día y medio después iba a comer y tomar agua por primera vez.

A los tres días lo llevaron a otra habitación donde lo sentaron junto a su compañero de estudio Renato Zoccali: “Renato me dijo que diga todo lo que sabía, que cuente en todo lo que habíamos estado juntos. Yo estaba sorprendido porque si bien era mi compañero, no teníamos ninguna actividad regular. Se lo llevaron a Renato, me desnudaron, me ataron al elástico de una cama, me golpearon muchísimo, me aplicaron electrodos en la sienes, en todo el cuerpo”.

En la otra sala había entre 20 y 25 personas, algunos sobre una cucheta y otros tirados en el piso.

En un segundo interrogatorio le preguntaron por un atentado a la concesionaria de Amado Cattaneo, “finalmente accedí a decir que sí había participado, con un relato ridículo, no sabía ni qué decir. Luego tuve un episodio de un simulacro de fusilamiento una noche en que me habían dicho que me iban a soltar. Me encontraron contándoselo a una persona”.

Una reja separaba a las víctimas de los guardias, por allí andaban Laucha, Zorzal, el Tío, el Abuelo. En los interrogatorios había otras personas que no tenían acento norteño como ellos.

“Había una persona que se vinculaba conmigo afectuosamente, diciendo que iba a salir, que colabore. Su sobrenombre era Pocho, una vez me trajo una golosina, me convidó un cigarrillo, me sacaba como a un banco que había afuera. Me hablaba un rato tratando de establecer ese vínculo positivo, el trato con el resto de las personas era muy desalmado, muy tremendo”.

Gustavo sentía que “había perdido esa condición de humanidad”, que era alguien “a disposición del capricho, de esa arbitrariedad tremenda” y que encima no sabía qué me estaba pasando. Era como un sueño que provocaba “muchos sentimientos intensos, encontrados y continuados”.

Mencionó la “experiencia verdaderamente horrible por su condición de judío” de Sergio Voitzuk: “Se lo decían todo el tiempo. Voizuk tenía unas heridas en las muñecas y una de las personas que se acercó cuando lo estaban curando dijo ‘A ese judío hijo de puta ponéle el alcohol puro’. Me quedaron grabadas las palabras”.

Ejército represor y “salvador”

Una madrugada, el guardia ‘Pocho’ le puso las zapatillas y lo subió junto con Gustavo Roth a un auto para llevarlos a la parte de atrás del cementerio. Los bajaron y les dijeron que se queden quietos. En otros autos llevaron a otros compañeros. “Salieron tirando tiros diciendo ‘Vamos que viene el Ejército’.

Pensó que los iban a matar, se corrió la venda para ver por dónde podía escapar. Reptó por los pastos hasta que lo alumbraron los reflectores. Había un camión y una camioneta, no les dieron explicaciones.

“¿Ustedes son los muchachos de la ENET?! Los estamos buscando hace un montón. ¿Quién los tenía?”, preguntó un militar. López dijo que los tenía el Ejército. “Seguramente los tenían los subversivos, las fuerzas terroristas que quieren hacer ver al Ejército como una fuerza asesina”, rezongó el represor. “Ahí se fue mi adolescencia y entré en la madurez de comprender lo que era el cinismo humano”, manifestó el testigo.

“En el camión al lado mío se sentó un subteniente, leí el nombre que era Méndez”, afirmó el testigo y agregó que el represor imputado en el juicio le dijo “que había estado en mi casa, que había hablado con mi mamá. Mi mamá después me dijo que había sido un muchacho de esas características”.

Los llevaron al Batallón 181, a una sala recién pintada con seis camas con sus jabones y toallas. “Nosotros éramos seis personas, cosa muy extraña, ahí estuvimos seis días más. (…) Yo me había dado cuenta de toda la jugada, sabía que estaba en las mismas manos que me habían tenido”.

Al otro día volvieron a interrogarlos. Uno le dijo “¿Pero cómo, ustedes no tenían nada que ver, cuál era tu posición en la subversión? Si no, te vamos a tener que pasar a disposición del PEN’. Yo ni sabía qué era. Una semana después nos liberaron”.

En un momento en el Comando en uno de los interrogatorios Gustavo dijo que no tenían nada que ver y su captor retrucó: “Pero el director no opina lo mismo, dice que ustedes son bastante revoltosos”. El juez José Mario Triputti se ocupó en la audiencia de profundizar las preguntas en torno al rol del director Héctor Herrero.

Una tarde a primera hora, el oficial Marjanov les informó que iban a ser liberados. Al rato los sacaron a la puerta del Batallón y les hicieron firmar un libro de actas. “En la puerta estaba mi papá esperándonos y nos subió a su auto y nos llevó a cada uno a su casa”.

Era el 21 de enero de 1977. El 28 de diciembre, día de los Inocentes, su madre -torta en brazos- ingresó a tierras del Comando decidida a llegar al centro clandestino de detención y torturas para compartir el cumpleaños de su hijo. Fue frenada a balazos.

La cruz

El padre Vara visitó a los alumnos de la ENET en el Batallón. La primera vez habló con los chicos, la segunda llevó cigarrillos  y galletitas. Muy serio y duro “aconsejó que seamos buenos, que sigamos los consejos de nuestros padres, que no vayamos por el sendero descarriado… El apareció en el calabozo, le pedimos sí que hable con nuestros padres para que supieran. Le dimos nuestros datos. Fue algo que nunca hizo, no cumplió nuestro pedido”. Les hacía decir una oración, un padrenuestro.

Otro jerarca de la iglesia Católica que intervino en su historia fue el obispo Jorge Mayer. Gustavo comentó a los jueces que su madre, entre las gestiones que realizó el grupo de padres de los alumnos, quiso ir a verlo.

“Llegaron tratando de escuchar al menos una palabra de contención y se encontraron con un obispo muy receloso, muy serio que ni siquiera se acercó a donde ellas estaban. ‘Lo único que les puedo decir es que si sus hijos tienen alguna vinculación política no los busquen porque deben estar muertos’. Mi mamá lloró, lo increpó, ante esa circunstancia el obispo se dio vuelta y las dejó. Mi mamá que es muy católica sufrió mucho, es muy oscuro”, relató.

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