“No sería la misma persona”

Ayer a la tarde en el juicio por los crímenes del V Cuerpo de Ejército durante la dictadura se recibieron testimonios en torno al secuestro y las torturas sufridas por Daniel Osvaldo Esquivel, estudiante de ingeniería en la UTN y militante del centro de estudiantes y la Juventud Comunista en la década del 70.

Daniel estaba de novio por aquellos años con Silvia di Paul, ambos vivían en Ingeniero White. Él solía llevarla e ir a buscarla a la Cultura Inglesa donde ella estudiaba luego de cumplir sus tareas en la Junta Nacional de Granos.

“El 21 de junio del 77 a las ocho como de costumbre mi hijo sacó el auto y fue a buscarla”, recordó Lidia Speranza quien un par de horas después recibiría el llamado de Silvia para decirle “‘No se asuste pero Daniel no me fue a buscar’. Yo con lo que pasaba en ese tiempo ya estaba temblando”.

El propio Daniel dijo en la audiencia que había dejado su auto estacionado en la primera cuadra de Sarmiento en la plaza Rivadavia. “En esa época se estacionaba el auto a 45 grados. Cuando lo voy a buscar habían estacionado un Falcon verde que alcanzo a ver al lado del mío”.

“Voy a abrir la puerta y en ese momento un par de personas me acorralan y alcanzo a ver cuatro, pueden haber sido más. Rápidamente me golpean, me reducen, me tiran al suelo, me ponen una capucha, me esposan con las manos atrás y me meten en el baúl”.

Tras un recorrido de aproximadamente media hora por calles asfaltadas y algún camino de tierra es entregado a otra gente que lo pone contra la pared y le hace quitar la capucha amenazado para que no intente ver a nadie.

“Alcanzo a ver algunos afiches que era muy común ver en las oficinas públicas o comisarías que eran rostros de militares o policías muertos en supuestos atentados guerrilleros. Es lo último que alcanzo a ver porque a partir de ahí me ponen algodones los ojos y me vendan. Eso lo tuve aproximadamente los veinte días que estuve secuestrado”, comentó.

Desaparecido

Mientras tanto Silvia, Lidia, su padre y el de Daniel comenzaban la búsqueda: “Fuimos directo a la plaza donde estaba el auto abierto y golpeado. Mi hijo nunca lo hubiese dejado así -dijo Lidia-. Ahí me entró la desesperación. ¿Dónde vamos? Lo primero que hicimos es ir a una comisaría que hay en la avenida Alem, creo que es la Quinta”.

En casa de los Esquivel permanecían familiares y amigos. Entre ellos el vecino Luis Leiva que había estado secuestrado y les sugirió ir a la Base. Entró Lidia y pidió por el capellán. “Le dije que buscaba a mi hijo que estaba desaparecido. Me dijo ‘No hable más que ya salgo’. Me llevó a su auto para poder hablar. Le pregunté qué pasaba y me dice ‘Ay señora, que yo sepa en el país no hay ningún desaparecido’. Fue tanta mi indignación que mi respuesta fue, y eso que soy católica, ‘Lamento que siendo hijo de dios sea tan mentiroso’. Me bajé, di un portazo y nos fuimos”.

En el submundo militar, Daniel Esquivel estaba encerrado en una habitación esposado pies y manos atrás, salvo cuando llegaba la comida o era llevado al baño. A los tres días comenzaron los interrogatorios.

“Me hacían desnudar, me colocaban sobre una cama con un elástico metálico, me mojaban y me aplicaban picana eléctrica por todo el cuerpo pero fundamentalmente por la zona genital, la boca, las axilas. Me pegaban con algo que podía ser una tabla o algo semirrígido en la planta de los pies”, declaró.

Daniel trabajaba en una empresa cerealera en el puerto de White donde unos meses antes de su secuestro había explotado un silo. Por allí pasaban las preguntas. “Dijeron que me habían estado buscando y no me habían encontrado en los lugares que habitualmente concurría”.

Les explicó que era así porque había estado haciendo el servicio militar y logró “suspender” la tortura “hasta un par de días después y ahí cambia el tenor de las preguntas”.

Para no dejar pasar la oportunidad, los represores aprovecharon el secuestro y comenzaron a indagar sobre su actividad en la universidad tecnológica. “Tenía actividad política en el centro de estudiantes hasta el 76 en que fue ocupada por lo que en ese entonces era la Juventud Sindical Peronista que directamente no nos dejaban entrar. La última vez salí corriendo, me pegaron”.

En ese contexto le sacaron la venda ante el interrogador encapuchado que le mostraba grandes fotografías en blanco y negro de asambleas estudiantiles y militantes de distintas agrupaciones que caminaban por las calles sin saberse espiados.

Lidia relató que en una de las salidas de búsqueda “fuimos por un camino asfaltado y después de cruzar mucho campo bajamos a una cuadra de tierra que debía estar muy poco transitada pero tenía marcas de ruedas de autos. Como a dos cuadras había una tranquera, un soldado con una ametralladora y alambrado cercado alrededor. No había una planta ni nada. Sí, más adentro, una casa grande muy vieja. Miré todos los detalles. El soldado me dijo que no me acercara, siempre apuntándome. Le dije que estaba buscando a mi hijo y me dijo ‘Aquí nadie sabe nada, retírese o disparo'”. Hace poco tiempo, al ver la televisión, asoció ese lugar con La Escuelita. Ya había estado en el V Cuerpo y nada.

Fue Leiva también el que propuso visitar al capellán del V Cuerpo monseñor Tomassi. “Me fui a la catedral al otro día con mi hijo menor. Pedí hablar con el cura y le pregunté por Tomassi. No dije por qué. Me mandaron a la Curia. Me recibió muy bien. Cuando entré, le dije ‘Mire padre, discúlpeme, vine porque estoy desesperada y es el último recurso pero no creo en los curas’. Me dice ‘Sí, desgraciadamente por mucho malos curas pagamos los buenos’. Me hizo sentar, le conté”. Le dijo que le de unos días, que no vuelva, que la iba a llamar.

No llamó. Lidia volvió a la Curia. Unos días más. Llamó. “Me dice ‘Bueno señora usted a mí no me conoció, nunca vino a verme, no venga nunca más pero en pocos días su hijo va a aparecer’. ¿Cómo lo sabía? Estuvimos esperando, pasaron unos días. Mi marido estaba todo el día llorando, tirado en la cama, no tenía consuelo y yo lo retaba para que salga a pelear”.

 La libertad

Si suponía que salía vivo, le preguntó el fiscal Córdoba a Esquivel. Le contestó que “siempre era optimista, cuando me ponen esa inyección (un tranquilizante que lo intranquilizó aun más), me dicen que me van a liberar pero en realidad me hacen dar un baño. Me pongo la ropa que tenía, me quitan las esposas -sigo con los ojos vendados- y me atan las manos y los pies con una soga. En ese momento es la inyección, me tiran en el piso del asiento trasero de un auto suben dos personas adelante y dos atrás”.

Durante la media hora que dura el trayecto los secuestradores le advierten que lo van a matar. “Al punto que cuando me sacan, me tiran, quedo en la banquina, me hacen poner de rodillas, me dicen que me despida, que ponga las manos en la cabeza y me tiran. Me hicieron un simulacro de fusilamiento”.

Sus padres estaban sentados en la cama -vestidos y listos para salir- cuando sonó el teléfono. “Me levanté corriendo a atender”, dijo Lidia. “Era mi hijo que me hablaba. ‘Mamá estoy en Cabildo, me dejaron tirado, me desaté como pude con los ojos vendados’. Le dije que le daba con papá que conocía todas las estaciones. Casi se muere. Le dice ‘Hijo si podés llegar aunque sea arrastrándote anda caminando hacia la luz de la estación, decíle al jefe que sos el hijo de Esquivel que te tenga en una sala hasta que lleguemos”.

Silvia di Paul recordó en el juicio que fueron con su padre y los de Daniel. “Estaba muy mal por supuesto cuando lo vimos. Muy flaquito, apenas podía mirar porque había estado con los ojos vendados mucho tiempo. Me acuerdo que comentó que lo habían tenido con la misma ropa todo el tiempo, que le habían mostrado fotos. Inclusive le pregunté en un momento si además de estar flaco le había pegado y me dijo ‘Me tuvieron todo el tiempo en la parrilla'”.

Lidia le manifestó al tribunal que su hijo no quería que lo agarren de un brazo porque “se impresionaba porque era como lo llevaban”. Tenía en carne viva las marcas de las cintas que le pegaban en los ojos. El tobillo con marcas de cadenas.

“Nos subimos al auto. No quiso hablar hasta que no llegara a casa. Nos sentamos y contó todo lo que había pasado. Dijo que a partir de ese momento no quería que le hagamos más preguntas ni se tocara más el tema. Estuvimos ocho días con las puertas y ventanas cerradas porque cualquier rayito de luz le hería los ojos”, contó Speranza.

Daniel Esquivel cree que si no hubiese protagonizado esta historia “no sería la misma persona pero evidentemente no es algo que le haya hecho bien a nadie”. Por lo menos no pudo seguir estudiando: “No me dejaron entrar a la universidad, tenía buenas notas, era buen alumno pero me pegaban, era así. Eso fue en el 76. En el 77 ocurre mi secuestro. En el 78 intento ingresar en la Tecnológica y no me lo permiten ya oficialmente, el rectorado. Lo tengo todo por escrito”.

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