“Nada estaba permitido”

En 1976 María Eugenia Flores Riquelme tenía una hija con Juan Carlos Monje y cuidaba a los niños de Nélida Scagnetti y Carlos Rivera. Hoy tiene 63 años es ingeniera química y vive en Chile desde donde declaró el 29 de marzo por el secuestro y asesinato de Rivera pero no ahorró detalles de su propio cautiverio en La Escuelita.

Una mañana llegó a casa de los Rivera y Nelly le comentó que durante la noche habían ido a buscar a Carlos y que lo sacaron violentamente. A partir de allí la mujer comenzó una búsqueda frenética que hasta que vinieron por María Eugenia no tuvo novedades.

Y eso fue el 3 de noviembre de 1976. Una jornada lluviosa que hizo que deje a su nena -que siempre la acompañaba al trabajo- con el padre en la vivienda de calle Rondeau que compartían con sus suegros.

“Llegué temprano, serían las ocho y no sé si una hora después golpearon la puerta de la casa de los padres de Nelly Scagnetti y le preguntaron por Kone, que es un diminutivo que aquí en Chile se usa mucho para los Eugenios y Eugenias. Se identificaron como que venían del Departamento de Migraciones porque yo tenía algún problema. A la señora le pareció raro que preguntaran por Kone y no por mi nombre”, relató a los jueces.

Ella no tenía ningún inconveniente con Migraciones y se asomó. Con mucho temor decidió acompañarlos ya que prometieron un trámite corto y que ellos mismos la devolverían al trabajo. “Me metieron al auto, eran dos hombres de civil. Me tiraron al suelo y me cubrieron con una manta. Me llevaron directamente al lugar que identifico hoy como La Escuelita”.

52 días en el V Cuerpo

La recepción incluyó maltratos, groserías, golpes, empujones y preguntas identificatorias. Sola, vendada y desnuda bajo la lluvia esperó el turno del primer interrogatorio. Estaqueada de pies y manos en una cama la electricidad recorrió su cuerpo al punto de llevarla a un estado de inconsciencia.

“Ya era noche cuando me sacaron de esa habitación, allí también torturaban cerca mío a Juan Carlos Monje que es el padre de mis hijos. Me preguntaban cosas y luego iban con él y volvían como para que me contradijera”, aseguró. Él había sido secuestrado en la casa de Rondeau.

En el interrogatorio y las torturas intervino un grupo de personas. Pudo identificar al Tío y al Laucha que jugaban los roles del bueno y del malo. Horas después fue ingresada a otra habitación y atada en la parte de abajo de una cucheta.

Allí todo estaba prohibido. Estuvo 52 días sin moverse, con la misma ropa: “me habré bañado tres veces y era porque ellos no aguantaban más el olor que había en el lugar”.

Ellos eran Zorzal, Chamamé, Manuel, Gaby, Abuelo. Los guardias del campo de concentración. “Había gente en el suelo, vendadas y esposadas a las patas de los camarotes. Estos estaban para cuidar a los presos y para golpear que era el pan de cada día. Con algo sólido repartían golpes a diestra y siniestra y siempre había algunos que se mostraban más afables. Pero no sé si era un rol que jugaban o era parte de su idiosincrasia”.

A Gaby lo describió como “una persona ya con sus años” porque pudo verle la cara en una ocasión que la llevó a ducharse sin vendas y “se quedó mirándome”. El Abuelo le agarró la cola a la salida del baño y María Eugenia reaccionó. “Bueno, si no querés que te toque te pego”. De allí en más “si intuía o escuchaba que estaba él no me atrevía de pedir ir al baño”.

Voces entre las sombras

“Ey, chilena. Yo soy chileno”, le dijo alguien en voz baja uno de los primeros días de cautiverio. Ella sin conocer las reglas contestó en forma moderada. El diálogo se cortó abruptamente cuando los sacaron a los dos al patio y los sometieron a un simulacro de fusilamiento. El terror la atrapó pero igualmente se comunicó con el compañero de la cama de arriba.

“El joven llevaba como cinco meses cuando yo llegué a ese lugar y se atrevía hasta si podía, levantarse un poco la venda. Él dijo llamarse Tito, su nombre era Fernando, me parece que era Fernando Jara. Él me dio todos sus datos pero yo salí expulsada de la Argentina y no pude contactar a nadie”, contó.

Agregó que Fernando una tarde le dijo “Gorda me sacaron a bañarme, me cortaron las uñas y me cambiaron la ropa. Creo que me van a matar”. “Lo sacaron en la noche, no volvió, al día siguiente el guardia puso la radio alta y daban una noticia donde habían matado a una persona, me parece que dijeron un tal Tito. A él lo fusilaron en el fondo en un intento de fuga en el barrio Palihue. Me comentó que lo acusaban de haber participado en un operativo, tengo el recuerdo que se cumplía un año de este hecho y me parece que lo llevaron a ese lugar para matarlo”.

A Carlos Rivera lo escuchó preguntar dónde lo llevaban los primeros días de diciembre. “A la cárcel”, le respondieron. “Al día siguiente, nuevamente el guardia puso la radio y dieron a conocer el intento de fuga de dos personas que habrían sido sorprendidas y lo mencionaron a uno como alias Cacho y el otro un NN”. Cuando la trasladaron a la cárcel preguntó por Carlos y no estaba: “Asumí en ese momento que era el NN”.

Compartió su paso por La Escuelita con “una chica embarazada a la cual la dejaban dar vueltas por el lugar”; María Eugenia, “que había perdido un bebé y estaba con una hemorragia”; su esposo Néstor que trabajaba en la petroquímica; la Flaca, una bioquímica que trabajaba en la universidad; Dora Rita Mercero “cuyo esposo lo habían muerto en un asalto a la casa”; y un joven al que le decían El Colimba.

Cárcel y expulsión

La noche del 24 de diciembre de 1976 la trasladaron a Villa Floresta. Le sacaron la venda un rato antes de entrar al pabellón de mujeres donde la recibió una celadora de nombre Mari.

“Las presas todavía estaban levantadas en el comedor, no las vi en ese momento porque como era nochebuena estaban hasta más tarde. Al otro día cuando me despertaron no podía caminar, prácticamente me arrastraba por las paredes. En La Escuelita casi no comí, estaba débil y delgada, se me caían los pantalones, no podía ni firmar”. El primer abrazo solidario vino de Patricia Chabat, también sobreviviente del centro clandestino.

“Cuando llegué a la cárcel no vi a mi hija por mucho tiempo. Tenía un año y dos meses cuando me detuvieron y ella no me conocía. Nos costó muchísimo con Juan Carlos que el jefe del penal viniera a la cárcel para solicitar que me devolvieran a mi hija. Recién Viviana regresó a Bahía Blanca con sus abuelos y yo pude verla por muy poquitas visitas porque luego me trasladaron a Devoto donde quedé aislada. Al no tener un vínculo legal con Juan Carlos no podía comunicarme con su familia y la mía estaba en Chile”, explicó.

En septiembre de 1977 el Mono Nuñez le comunicó que había sido expulsada del país en presencia del director del penal y la celadora de turno. Volver al Chile de Pinochet la atemorizó. Por suerte, afuera de la cárcel algunos conocidos tramitaron el status de refugiada de Naciones Unidas y pudo salir rumbo a Bélgica con su hija el 30 de agosto del 78.

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