Represor todoterreno

Esta semana el integrante de la Agrupación Tropas, Mario “Tucho” Méndez se defendió de la acusación que lo responsabiliza por los asesinatos de Olga Souto Castillo -embarazada-, Daniel Hidalgo y Patricia Acevedo y del secuestro y torturas padecidas por un profesor y un grupo de alumnos de la ENET 1. Antes de subir al estrado buscaba en el Espíritu Santo la inspiración sobre lo que debía pensar, decir y callar para lograr “mi propia santificación”.

Se esperaba esta semana la continuidad de la indagatoria del represor Osvaldo Bernardino Páez pero no sucedió. La toalla arrojada por sus defensores argumentando el cansancio del imputado llegó justo cuando se encontraba acorralado en una serie de contradicciones frente a documentos que mostraban su rol en la cadena de mandos.

Lo comunicó el abogado Alejandro Castelli y solicitó la nulidad parcial de ese testimonio “en cuanto a la exhibición y reconocimiento de firmas” de copias del archivo de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires cuestionando la autoridad de la perito Claudia Berlingeri para autentificar las firmas.

El fiscal se opuso al planteo destacando que esos papeles son parte del “patrimonio de la humanidad” y que ninguno de los defensores los cuestionó desde su incorporación a la causa años atrás.

Desprestigiado

Méndez integró la Compañía Comando y Servicios a cargo del teniente primero Carlos Barberán. Sin embargo, su función en Bahía Blanca incluía tareas de custodia del personal superior del V Cuerpo y “en sus ratos libres” la participación en operativos de secuestro de personas integrando la patota del mayor Ibarra.

Comenzó su testimonio denunciando una “campaña de desprestigio” en su contra que encabezaría Eduardo Hidalgo, secretario general de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y familiar de dos de las víctimas cuyos crímenes se le adjudican al ex subteniente. En una instancia que le permite callar o mentir a gusto, el represor opinó que Hidalgo habría indicado al ex colimba Félix Julián acusarlo de ser el asesino material de su cuñada.

El imputado dijo que llegó a Fitz Roy 137 conformando “el ala de seguridad” con el objetivo de controlar el tránsito vehicular. “En ese momento ocurre la explosión, el oficial subió por la escalera, hace creo que dos pisos y surge otro accidente producto de un cazabobos y soy yo el que lo va a buscar. Mucho antes del cuarto piso lo ayudó a descender. Es ahí cuando ya había comenzado la explosión, se había cortado la luz y comienzan los disparos que es lo que han relatado los testigos”.

“Después continúan las explosiones, que es una grande de gelamon y el resto de granadas, y de esa manera se produce el acontecimiento llamado de la calle Fitz Roy y a mí me encuentran abajo cuando llegan los vehículos y se produce la evacuación” del teniente Casela -que hoy goza de la falta de méritos otorgada por Cámara Federal bahiense.

Sin embargo, en esta nota damos cuenta del testimonio del ex colimba Félix Eduardo Julián, designado chofer del comandante Azpitarte a cargo de Méndez a quien señaló como asesino de Olga Souto Castillo.

El Loco de la Guerra le relató que “con otro oficial reciben al ingresar disparos de adentro y ellos contestan y se origina un acontecimiento terrible, sé que habían matado a dos personas ahí adentro. Con los años sé que fue el joven Hidalgo y la señora. Méndez me comenta que era un matrimonio y que la mujer estaba embarazada”.

Más adelante, el juez Jorge Ferro interrogó al represor sobre la inteligencia previa al hecho que el imputado dijo desconocer aunque manifestó que “aprecia que sí” y que el tiroteo “fue entre los moradores y personal del comando que había llegado antes” al mando de Ibarra.

Por su parte, el juez José Mario Triputti profundizó el interrogatorio en cuanto a la conformación de la fracción que integraba Méndez y su preparación. El criminal le manifestó que eran una veintena de hombres sin “ninguna explicación previa de lo que iba a ocurrir” porque “era un feriado y eso fue un rejuntado de gente”.

El fiscal no se convenció cuando Méndez aseguró que “no tenía conocimiento ni a quién se buscaba ni dónde” y que si hubiese pasado a su lado el líder del ERP, Roberto Santucho, “hubiera salido libre y yo no me hubiera dado cuenta quién era porque nunca tuve una guía con nombre y apellido y menos una fotografía”.

Por la emboscada de calle Fitz Roy el Ejército Argentino lo distinguió “por su decidida y valerosa intervención en combate con serio peligro de su vida”. El fiscal resaltó que no hay correlato entre este reconocimiento y lo que se desprende de su versión. El represor contestó que fue simplemente porque en 1977 la fuerza resolvió “evaluar los hechos armados” y que en ese marco se lo reconoció por haber evacuado a Casela.

El efisema del Loco de la Guerra

Cuando el fiscal Córdoba le preguntó si era el mismo Méndez al que varios testigos señalaron como “El Loco de la Guerra” saltó el abogado Mauricio Gutiérrez indignado porque el calificativo “es feo para una persona que sufre una enfermedad importante” que se moría de ganas de mencionar pero su cliente no le permitió.

Tras una clarísima y reiterada advertencia por parte del juez Ferro de que podía negarse a contestar, el delincuente respondió afirmativamente y quiso argumentar: “Mi costumbre es ser un instructor medianamente exigente, dar un ejemplo personal antes que el soldado ejecutara una actividad desde tirarse a las espinas, tirarse al agua primero, efectuar constantemente una marcha forzada, con mochila, con equipo extra y porqué no enseñar a manipular armas descargadas o hasta la famosa granada que se ha hecho acá tanto comentario extra, sacándole le chaveta de seguridad; hasta tirar con lanzacohetes o ir a Base Baterías y pedirle a la infantería de marina un cañón de 90 para tirar en Maldonado”.

Agregó que a muchos “no les gustó” y que de ahí “salió el argot o el efisema (sic) o cómo quieran llamarlo, de decir ‘de esta persona no digo el nombre porque no me gusta y digo ‘El Loco de la Guerra’’. Tenía mis inquietudes de instrucción, tenía un plan semanal y por lo menos trataba de cumplirlo”.

Herido sin combate

Dejando el caso Enet para la mañana siguiente, el martes cerró con el relato de la versión del militar sobre el operativo realizado en Chiclana 1009. Recordó que fue  convocado un mediodía de febrero a configurar el cerco que la Agrupación Tropas hacía en todas las operaciones y que se le ordenó cuidar la parte trasera de la vivienda e impedir posibles intentos de fuga.

“Cuando ocurre todo, se me arroja un explosivo tipo bomba de estruendo armada. Me ingresa por la parte del ojo izquierdo y provoca mi pérdida de conocimiento y me recogen y me conducen al hospital militar. Recobro inmediatamente el conocimiento y después se hacen las evaluaciones y voy a Buenos Aires. Eso es lo que viví, estuve y me ocurrió”.

La acusación dice que el 26 de febrero de 1977 en Chiclana 1009 fue asesinada la estudiante del profesorado de Filosofía y Pedagogía y militante montonera, Patricia Acevedo de 22 años. Y que el Comando V Cuerpo del Ejército luego argumentó en un comunicado que el episodio había sido consecuencia de un enfrentamiento con grupos montoneros.

Otra vez un rol pasivo, según el relato del represor, amerita una distinción por parte del Ejército. Esta vez es una medalla “al heroico valor” en un “combate” que no fue.

Méndez: No, no. Ese es hecho no es considerado en ningún momento como combate. Es decir…

Fiscal Córdoba: Usted fue condecorado por “herido en combate”.

Méndez: Claro porque yo sufro una afección física genética… médica. Ehhhh… Desde el punto de vista clínico médico, no por una acción de tener a alguien o de hacer una acción forzada. Una acción de combate cuerpo a cuerpo.

Fiscal Córdoba: O sea, ¿lo que usted vivió allí no fue un combate?

Méndez: Exactamente

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