Las palabras nunca serán suficientes

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Miguel Ángel Loyola y Enrique Heinrich.

(Por Guillermo Quartucci*) El procedimiento era siempre más o menos el mismo: cuando ya las sombras habían descendido sobre la ciudad comenzaban a circular por las calles semivacías unos vehículos extraños cuyos pasajeros semejaban extraterrestres. Los habitantes se encerraban en sus casas, como en las viejas películas del expresionismo alemán de entreguerras, temerosos de lo que podría ocurrirles si se aventuraban a salir más allá de la hora en que se abría la caja de Pandora y los demonios quedaban sueltos. En el terror que los invadía, sembrado desde el poderoso diario local y la jerarquía eclesiástica en sus sermones de los domingos en la catedral, ni siquiera se atrevían a presenciar furtivamente desde las ventanas protegidas por cortinas el paso de aquellos vehículos. Sólo les llegaba a ellos, ocultos en lo más recóndito del hogar, el ronroneo de los motores cuando las unidades pasaban frente a sus casas. Preferían no enterarse y hacer como que allí no pasaba nada, no sea que si al día siguiente se les escapaba algún comentario acerca de lo que habían visto fueran confundidos con alguno de aquellos “subversivos” que habían desatado la furia de los uniformados. Muchos pensaban que se lo tenían merecido por haberse metido en “esas cosas”.

Los seres casi fantásticos que se adueñaban de la calle -conscientes de la omnipotencia que les otorgaba la protección de un régimen militar dispuesto a todo, apoyado por sus secuaces civiles y una población amedrentada por la propaganda oficial del régimen que tomó por asalto las instituciones del país en la madrugada del 24 de marzo- respondían con esmero, y sin duda con convicción, a las órdenes recibidas, a veces superándolas en sus alcances. Por lo general, cerraban la cuadra del domicilio señalado, en el que irrumpían haciendo uso del salvoconducto que la furia mesiánica del nuevo estado occidental y cristiano recién inaugurado les otorgaba, o bien se quedaban apostados en silencio en las sombras, no importando cuantas horas, sin denotar su presencia, a la espera de la llegada de la presa a la que debían llevarse por la fuerza, si es que ésta, según los últimos informes recibidos, todavía no había arribado a su casa. Este último accionar fue el que caracterizó al operativo de la noche del 30 de junio en el humilde barrio donde habitaba uno de los marcados: un obrero gráfico que había tenido la osadía de plantarse, desde su función en el sindicato en el que militaba, frente al sistema dictatorial que imperaba en la corporación mediática. Fueron los dueños de la misma empresa los que indicaron a las hordas ciegas al servicio del poder asesino dónde y a qué hora poder hacerse con la presa.

Una vez consumado el secuestro, frente a la mirada de terror de una esposa y cinco hijos que finalmente fueron abandonados con los ojos vendados, maniatados y adormecidos con un somnífero, unas pocas horas antes de que amaneciera en aquella fría mañana de invierno del sur bonaerense, aquellos seres casi fantásticos se dirigieron al domicilio de otro obrero gráfico al cual sorprendieron mientras dormía junto a su esposa embarazada. El secuestro se consumó mucho más fácilmente que el anterior, frente al único testigo: la aterrorizada mujer.

Esa misma mañana, algunos compañeros de trabajo y los familiares de los obreros gráficos se dirigieron esperanzados a la Curia local, a solicitar al arzobispo primado de la ciudad que intercediera ante las autoridades para que aparecieran los secuestrados. El ilustre prelado los despidió fríamente diciéndoles: “Si les pasó eso es porque en algo andarían”.

Cuatro días después, el 4 de julio, los cadáveres de ambos obreros gráficos fueron encontrados a varios kilómetros de donde habían sido secuestrados, en un paraje semidesértico denominado Cueva de los Leones, junto a la ruta 33, donde años antes se habían filmado escenas de la película Martín Fierro y nadie podría haber presagiado que con el correr del tiempo se transformaría en siniestro sepulcro. Los cuerpos mostraban decenas de disparos con los que habían sido acribillados a quemarropa. El diario local donde trabajaban los obreros sólo sacó en la sección de policiales una escueta nota dando cuenta en 20 líneas del macabro hallazgo.

Historias como ésta ocurrían cotidianamente en la ciudad, asolada desde antes de la asonada militar del 24 de marzo por bandas armadas denominadas Triple A que sembraban el terror secuestrando, torturando y asesinando a quienes, desde distintas trincheras, luchaban por una sociedad más justa. 1976 fue el año en el que operativos de este tipo acabaron con decenas de vidas de hijos de la ciudad.

El escenario donde ocurrían estos hechos aberrantes, Bahía Blanca.

Los nombres de los obreros gráficos asesinados, Enrique Heinrich y Miguel Ángel Loyola.

El nombre del arzobispo primado, Jorge Mayer.

El diario local donde trabajaban los obreros, LA NUEVA PROVINCIA.

Los casi extraterrestres que invadieron la ciudad en aquellas jornadas sangrientas, resultaron a la postre vulgares asesinos, con caras y nombres que ahora están saliendo a la luz gracias a los juicios por los asesinatos cometidos por Ejército y Marina en la Subzona Militar 51.

La familia propietaria del diario que los mandó al cadalso, sin embargo, al igual que aquellos extraterrestres truchos que sembraban el terror, todavía circula impune por la faz de la tierra, amparada por la corporación de justicia local y la indiferencia de aquéllos que se guardaban en sus casas para no saber, negándose a sí mismos lo que ocurría.

Enrique y Miguel Ángel, descansen en paz: ¡no cejaremos hasta que se haga justicia y los responsables respondan por sus crímenes!

*Adhesión al acto homenaje a Heinrich y Loyola realizado por la Comisión de Apoyo a los Juicios el 3 de julio al cumplirse 37 años del asesinato de los obreros. 

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