Los valdenses de Jacinto Aráuz

Fotos: Guillermo Quartucci, Junio de 2013(Por Guillermo Quartucci) Al final de todo menú, llega el postre, en este caso un postre de sabor agridulce, pero que complementa muy bien los platos anteriores. Con él concluye esta serie de notas sobre el Operativo Aráuz, del que se acaban de cumplir 37 años sin que aún TODOS los responsables (incluidos los civiles) de aquel delirante, aunque doloroso hecho, hayan rendido cuentas ante  la justicia.

 Postre

Los valdenses de Jacinto Aráuz 

En un reciente viaje a Italia, tuve la oportunidad de visitar, entre otras ciudades, Roma y Turín, urbes plenas de sugestión y poseedoras de una larga historia que se remonta a los siglos anteriores a nuestra era, cuando los romanos empezaban a construir lo que más tarde sería el todopoderoso Imperio. Pero no es ésta una crónica que pretenda referirse a las maravillas culturales que a cada paso jalonan ambas ciudades. Más bien, lo que intenta es centrarse en algunos “descubrimientos” casuales, efectuados en largas caminatas sin un objetivo determinado, de aspectos que difícilmente figurarían en una guía turística. Concretamente, dos fueron los descubrimientos que me hicieron reflexionar sobre hechos insoslayables de reciente data (exactamente hace 37 años) acaecidos en una latitud tan alejada como la de una población de la provincia de La Pampa, en Argentina, relacionados con la fe valdense.

   Mi primer contacto con esta derivación temprana del cristianismo se produjo hace casi cuatro décadas, cuando tuve la oportunidad de trabajar como docente en el Instituto José Ingenieros de la localidad pampeana de Jacinto Aráuz, a partir de marzo de 1976. Como es bien sabido, en Jacinto Aráuz existe una muy extensa colonia valdense asentada allí desde los albores del siglo XX. Surgidos en la Europa medieval como una derivación crítica de las políticas y el dogma de lo Iglesia romana, los valdenses, no obstante su fervor cristiano, muy pronto fueron puestos en la mira de las autoridades católicas que los consideraban un peligro para su futuro desarrollo. Propugnando la vuelta a los valores primitivos del cristianismo, sobre todo el rescate de valores como la pobreza y el culto sin intermediarios de la figura del Jesucristo de los humildes que se presenta en el Nuevo Testamento, los valdenses fueron muy pronto tildados por la jerarquía eclesiástica de “herejes” a los que había que borrar de la faz de la tierra. A lo largo del prolongado medioevo europeo, las persecuciones a sus inquebrantables seguidores se fueron haciendo cada vez más feroces, al punto de ser  obligados a emigrar de las tierras que los habían visto nacer –el Mediodía francés- hacia otras regiones de Europa donde eventualmente se encontrarían más protegidos. Uno de estos destinos fueron los famosos valles valdenses, enclavados en las inhóspitas alturas de los Alpes, a ambos lados de lo que hoy constituye la frontera entre Francia e Italia. En Italia, esos valles se encuentran situados a escasa distancia de la ciudad de Turín, en la región del Piemonte, otrora reino de los Saboya.

   Después de tres siglos de relativa paz, con la creación del feroz Tribunal del Santo Oficio –más conocido como Inquisición-, diseñado especialmente para perseguir y acabar con las nuevas corrientes cristianas (lo que se conoció como Protestantismo) que se enfrentaban al papado de Roma y a las monarquías aliadas que en esos momentos controlaban Europa, la relativa paz de que los valdenses habían gozado en los casi inaccesibles valles de la cadena alpina, se vio interrumpida por una nueva serie de embates provenientes esta vez de la Santa Inquisición. Los siglos XVI y XVII, en ese sentido, significaron la época más trágica para la fe valdense, después de la despiadada persecución en sus tierras de origen, en la cual miles de seguidores fueron masacrados, arrojados a las terribles prisiones de la época o ejecutados sin miramientos  en lugares públicos para que sirvieran de escarmiento a los que osaran enfrentarse al poder de la Roma pontificia.

   Italia fue uno de los países europeos que más tarde alcanzó su unidad política, ya bien avanzado el siglo XIX (1870). Hasta ese momento, la nación estaba fragmentada en pequeños, pero poderosos reinos, controlados por potencias extranjeras, familias aristocráticas locales de largo arraigo, o el inefable Papado romano. En el norte, el ducado de Saboya, con capital en Turín, estaba gobernado por la poderosa familia que le daba nombre. Roma, como capital de los Estados Pontificios, se encontraba directamente bajo el control del papado, cuyo brazo más prominente y ominoso lo constituía la Inquisición, encargada, entre muchos otros “santos oficios”, de perseguir y aniquilar a todos aquéllos que se opusieran a los designios de la Iglesia, en especial los que refutaban su autoridad como únicos representantes de Cristo, es decir, los “herejes”.

Roma

Fotos: Guillermo Quartucci, Junio de 2013

En la calle Via del Banco di Santo Spirito No. 3 de la capital italiana, a escasos metros del bello puente flanqueado por los famosos ángeles de Bernini que atraviesa al río Tiber, uniendo la ribera izquierda con la imponente mole del Castel Sant’Angelo, me topé por casualidad, adosada a la pared de un casa antigua sin ninguna pretensión, con una placa de mármol en la que una inscripción en italiano en letras rojas (la traducción al español es mía) reza lo siguiente:

 EN MEMORIA DE

GIOVAN LUIGI PASCALE

(1525-1560)

PASTOR VALDENSE

AJUSTICIADO EN ESTE LUGAR POR LA INQUISICIÓN

A 450 AÑOS

LAS IGLESIAS VALDENSE Y METODISTA DE ROMA DECLARAN

 “AUN CUANDO CAMINASE POR EL VALLE DE LA SOMBRA Y

DE LA MUERTE  NO TEMERÉ MAL ALGUNO

PORQUE TÚ ESTÁS CONMIGO

SALMO, 23, 4

   La primera pregunta obligada que me vino a la cabeza en cuanto leí la inscripción de  esta placa fue: ¿Quién habría sido este pastor valdense del siglo XVI de nombre Giovan Luigi Pascale? Y a continuación, si bien los imaginaba: ¿Cuáles habrían sido los motivos por los cuales fue ajusticiado por la Santa Inquisición?

   El valdense Giovan Luigi Pascale había nacido alrededor de 1525 en Cuneo, Piemonte, en el entonces ducado de Saboya, y por sus simpatías con el movimiento protestante encabezado por Calvino se trasladó a la vecina Ginebra. Calvino mismo, simpatizante de la causa valdense, envió al treintañero Giovan a la región de Calabria, con la misión de que predicara las teorías de la Reforma a los valdenses estacionados allí desde su salida del Sur de Francia, tres siglos antes. En la localidad de La Gàrdia, que en la lengua occitana hablada por los valdenses equivalía a La Guardia (hoy Guardia Piemontese), Giovan Pascale predicó la doctrina que negaba el Purgatorio, el culto a los santos, mortificaciones como el ayuno, el celibato de los sacerdotes, las riquezas de la Iglesia, la connivencia entre las monarquías temporales y las jerarquías católicas, entre otras cosas. Puesto en la mira de la Inquisición fue arrestado y, después de peregrinar por varias cárceles, trasladado a Nápoles, donde fue juzgado por el Tribunal del Santo Oficio y condenado a la hoguera. El patíbulo se levantó en Roma, en la orilla izquierda del río Tiber, frente al Castel Sant’Angelo, y allí fue quemado en público, después de haber sido degollado. La ceremonia se llevó a cabo el 29 de septiembre de 1560.

   A partir de allí, comenzó la persecución de los valdenses de Calabria, que concluyó con el genocidio del que fueron víctimas unos dos mil fieles, entre ellos los 88 mártires de Guardia Piemontese que fueron degollados a las puertas de su templo, ubicado en la parte alta de la población, de tal manera que la sangre que corría hacia abajo alcanzó la principal puerta de acceso al pueblo amurallado, la que más tarde sería bautizada como Porta del Sangue (Puerta de la Sangre) en referencia  al río rojo que se deslizó hasta ella. Estos trágicos y escalofriantes hechos ocurrieron el 5 de junio de 1561. Los valdenses de La Gàrdia, sin embargo, fueron los únicos sobrevivientes de todas las poblaciones de Calabria donde radicaban  personas de esa fe, y ahí siguen en nuestros días.

Turín

En idéntico deambular sin rumbo fijo por las calles de la antigua capital del otrora Ducado de Saboya, me topé de pronto con una gigantesca mole de ladrillo rojo, una fortaleza medieval de las que abundan en Italia y que siglos atrás servían de bastión de defensa a las capitales de los diferentes reinos. Su nombre: la Cittadella (la Ciudadela). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al acercarme a una placa de mármol adosada a uno de los muros del colosal edificio, me encuentro con una placa de mármol cuya inscripción rezaba:

 DOSCIENTOS VALDENSES, CON SUS PASTORES,

SUFRIERON ENTRE ESTOS MUROS

UNA CRUEL Y TRÁGICA PRISIÓN

A CAUSA DE SU FE.

1686-1687

 INSTALADA POR EL  MUNICIPIO EL 18-5-2002

    En 1686, Vittorio Amedeo II, cabeza del Ducado de Saboya, sobrino político del rey francés Luis XIV (aliado de la Iglesia y  acérrimo perseguidor de protestantes), decreta fuera de la ley a los valdenses que estaban asentados en su territorio desde hacía varios siglos, profesando en paz sus creencias Los habitantes de los valles alpinos, después de una tenaz, si bien inútil resistencia, fueron diezmados por el ejército del duque y los sobrevivientes hechos prisioneros el 3 de junio de 1686 u obligados a huir hacia la cercana Suiza, donde el intenso movimiento protestante garantizaba su supervivencia. Es muy probable que la comunidad valdense de los valles alcanzara entonces la cifra de 14 mil almas: hacia junio de 1686, más de dos mil habían sido asesinados y 8 mil 500 arrojados a las cárceles del Piemonte, entre ellas, la terrible Ciudadela de Turín, donde durante 10 meses se debatieron entre la vida y la muerte 200 valdenses entre los que se contaban hombres, mujeres, niños y pastores. En la cárcel de Carmagnole fueron hacinados mil 400 prisioneros y en la de Trino, un millar. De ellos sobrevivieron, en la primera 400 y 46 en la segunda. Entre los sobrevivientes de la Ciudadela se encontraba Bartolomeo Salvagiot, quien dejó un estrujante testimonio de lo que fueron esos terribles meses en las mazmorras de los Saboya. Los que sobrevivieron a la ordalía fueron liberados el 27 de febrero de 1687, cuando el duque decidió aflojar la mano vis á vis sus recientes diferencias con el monarca francés.

Jacinto Aráuz

El 14 de julio de 1976 se desata en la población de Jacinto Aráuz, departamento de Hucal, La Pampa, Argentina, una “moderna” cacería de brujas propiciada por un grupo de vecinos que veían con muy malos ojos la presencia de algunos forasteros, casi todos ellos docentes del Instituto José Ingenieros, de nivel secundario. Como consecuencia, varias personas, en su mayoría profesores del Instituto, fueron secuestradas, torturadas en dos centros clandestinos de detención improvisados en el pueblo y algunas de ellas privadas durante meses ilegalmente de su libertad. El Operativo, dirigido personalmente por el Mayor Luis Enrique Baraldini, Jefe de la Policía de La Pampa, estuvo integrado por alrededor de 150 efectivos de tres fuerzas: el Ejército de la Subzona 14, la Policía Provincial y la Policía Federal. Llevado a cabo por un número desmesurado de uniformados en vivo contraste con un pueblo perdido en la Pampa seca argentina de poco más de mil habitantes, fue la culminación de un trabajo de meses de los servicios de inteligencia, primero de Bahía Blanca, a través del SIN (Servicio de Inteligencia Naval), y después del Golpe del 24 de marzo de 1976, por la Subzona 14, constituida a partir de fines de octubre de 1975, ahora con jurisdicción militar plena sobre el territorio provincial en su misión de combatir la “subversión apátrida”.

   Todas las víctimas provenían de fuera de Jacinto Aráuz, si bien hubo una importante excepción: Samuel Bertón, un hombre de profesión mecánico, integrante de la Comisión de Padres que administraba la escuela, fue secuestrado, torturado en el Puesto Caminero situado a la vera de la Ruta 35, a poca distancia de Jacinto Aráuz, y recluido en  el penal de Santa Rosa, capital de la provincia, donde permaneció casi dos meses, al cabo de los cuales fue liberado, previa firma forzada de un documento donde asumía haber pertenecido a una célula subversiva y se comprometía a “portarse bien” en el futuro. Bertón nunca pasó por las instancias judiciales a las que posteriormente fueron sometidos los demás secuestrados, finalmente blanqueados a partir de octubre de 1976, y juzgados en los tribunales civiles cómplices de la represión, acusados de transgredir la ley 20840.

   La peculiaridad que distinguía a Samuel Bertón de los demás encarcelados, además de ser alguien del pueblo, era su filiación valdense, fe que profesa un considerable número de habitantes de Jacinto Aráuz, descendientes de quienes durante siglos sufrieran  una encarnizada represión en Europa. También el pastor valdense de ese momento,  Gerardo Nansen, fue secuestrado y torturado en el Puesto Caminero, pero al cabo de varias horas fue liberado y muy pronto se marchó del pueblo.

   ¿Qué era lo que había sellado el destino de Samuel Bertón, hijo dilecto del pueblo, respetado por sus cualidades humanas y su culto al saber?  La respuesta es sencilla, aunque difícil de asimilar: en la comunidad valdense de Jacinto Aráuz había “hermanos” que no veían con buenos ojos las preocupaciones sociales que abiertamente mostraba Samuel Bertón. Una prominente figura de la comunidad, miembro del Consistorio local en algún momento, fue la que hizo llegar la voz de alarma a la inteligencia de Bahía Blanca, denunciando a Bertón y al anterior pastor valdense Carlos Delmonte –ambos fervientes promotores de la creación, a partir de 1970, del instituto secundario del pueblo- como “zurdos y che maoístas” (sic). Asimismo, fueron denunciados por este prominente valdense de Aráuz el párroco de la zona, Valentín Bosch, y el pastor de la Iglesia Reformada Suiza, Felipe Adolf, que en una ocasión visitara el pueblo conduciendo a un grupo de estudiantes secundarios de Capital, para propiciar un encuentro ecuménico con jóvenes locales que se llevó a cabo en el salón de actos de la comunidad valdense, muy activa por esos años en la promoción de eventos de significación social y cultural. También la profesora de geografía del Instituto, perteneciente a la comunidad valdense, fue denunciada, aunque por algún motivo quedó al margen de la represión. Las denuncias del prominente valdense estás registradas en la Causa 482/76 abierta a los que permanecieron detenidos en la Unidad Penal de Santa Rosa.

   Samuel Bertón no pudo superar las heridas provocadas por las injustas y dolorosas  circunstancias a las que fuera sometido, lo cual provocó en él un estado de tristeza y melancolía que muy pronto lo condujeron a la enfermedad y la muerte. Sin embargo, poco antes de su fallecimiento, dejó registrados, ante escribano público, los nombres de quienes habían propiciado su calvario, entre ellos, algunos “hermanos” de su propia fe incluido el prominente valdense.

   Es difícil de entender cómo una comunidad que fuera objeto de persecuciones implacables a los largo de siglos por parte de la intolerancia de los hombres del poder temporal y espiritual europeo, haya producido algunos especimenes que, olvidando ese largo camino de lucha contra la opresión, se hayan vuelto contra sus propios hermanos.

Colofón

Hace poco más de dos meses, el 5 de junio del corriente año, se llevó a cabo en Guardia Piemontese (Calabria), emblemática población para la fe valdense, la VI Jornada de la Memoria[1] destinada a conmemorar los trágicos acontecimientos de que fuera testigo la Puerta de la Sangre, ocurridos cuatro siglos y medio antes. El principal orador del acto, junto a la Roccia di Val Pellice, monumento que recuerda a los valdenses de los valles alpinos en Calabria, poniendo el acento en la trágica historia de persecuciones de que fueran objeto, se refirió sin embargo con optimismo al futuro afirmando con energía que el objetivo es construir entre todos una “sociedad solidaria”.

   Si en Calabria, después de tantos siglos, se sigue manteniendo viva la llama sagrada de la Memoria, ¿cuándo en Jacinto Aráuz se hará un ejercicio colectivo semejante destinado a superar definitivamente hechos dramáticos de un pasado reciente que ensombrecen su breve historia?

 (Fin).

Fotos: Guillermo Quartucci, Junio de 2013

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