Testimonios del genocidio

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El ex guardia de La Escuelita Cabezón al finalizar la audiencia.

Cuando corremos descalzas con mi hermana melliza hasta la vereda y vemos a mi abuela arrodillada, llorando, desesperada, en el medio de la calle. Esa imagen no la puedo olvidar más. Pude ver cómo el camión se alejaba. Luego nos aferramos a las piernas de mi abuela y veo en la cara una angustia tan, tan grande. Y una desesperación. Y veo sangre que corre también, recuerdo que le sangraban las encías. Eso me impresionó muchísimo, porque le sangraba por la boca y gritaba y suplicaba por la vida de sus hijos“.

Habla Anahí Medina Bustos desde el consulado de Suecia por videoconferencia. Tenía casi cinco años: “Esta noche, el 23 de marzo, un día antes del golpe, fue el comienzo de una pesadilla interminable, de muchísimos años. Fue el comienzo de la incertidumbre, de no saber dónde estaban, dónde se los habían llevado. No se sabía dónde acudir, a quién preguntar. La gente tenía miedo. Todos tenían miedo. Empezó la desesperación, la pobreza, la exclusión”.

Comenzaron las declaraciones testimoniales en el segundo juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos desde el V Cuerpo de Ejército durante la dictadura. El relato de Anahí, dos mujeres contaron lo bueno que es el represor Gandolfo, un hombre cuestionó al tribunal, un secuestro injusto por “infiltración ideológica en la UNS”  y una carta abrepuertas del obispo Mayer. Murió el imputado Miguel Antonio Villegas, la semana pasada había sido apartado del juicio. Hoy continúan las declaraciones en Colón 80 desde las 9, entran mayores de 18 con DNI.

Florcitas azules

Anahí Medina Bustos abrió la jornada de testimonios relatando un megaoperativo que los genocidas del V Cuerpo de Ejército desplegaron contra su familia la noche anterior al golpe. En ese momento se encontraba con su melliza Ayeray de casi cinco años en casa de su abuela porque su padre Mario Medina, ex diputado del Frejuli, y su madre debían viajar a La Plata la mañana siguiente.

“Mucho ruido, gente que corría, un despliegue muy grande de gente con botas, armas muy grandes, eso nos impresionó muchísimo, teníamos puestos unos camisoncitos con florcitas azules”, describió y agregó que “una persona con uniforme, con botas muy pesadas, nos pega una patada a mi hermana y a mí y nos tiran debajo de una mesa. Estábamos aterrorizadas las dos de la mano, eso no lo olvide nunca”.

“Veo como arrastran por la calle a tres de mis tíos y hay manchas de sangre en la calle, los meten en un camión grande, abierto en la parte de atrás. Lo que más recuerdo es la cara de terror de mi abuela arrodillada en el medio de la calle”, recordó en presente.

Habló de la exclusión social y la marginación que padecieron durante años: “Era mala palabra decir nuestro apellido. Éramos tratados como leprosos. Amigos y gente conocida que tenía miedo inclusive de saludarnos. Eso como niño dejó una marca muy profunda en nosotras, sentimos esa exclusión, esa discriminación en nuestro propio país. Fue como un exilio en nuestro propio país. Y no terminó ahí. Ellos volvieron”.

“Ellos venían durante las noches, tiroteaban, amenazaban. Los tiroteos no me los olvido porque teníamos que correr y escondernos debajo de las camitas para que las balas no nos lleguen. Se tomó la decisión de cerrar la ventana del frente de la casa con cemento como protección. Fueron distintos acontecimientos que nos iban marcando la niñez”.

Luego comentó las visitas a las cárceles para ver a su papá, cómo en Rawson le hablaban con un vidrio mediante y las revisaban como criminales y “nos metían manos por todos lados”. “Mi mamá después que salió del campo de concentración quedó muy mal física y psíquicamente, quedó inhabilitada para hacer cualquier trabajo y dejó de hablar. Eso quería decirles, con mi hermana pensábamos que mi mamá era muda porque dejó de hablar por muchísimo tiempo”.

Dijo que nunca se las educó con rencor, que no les hablaban del tema para no herirlas, “para que tengamos una infancia lo más feliz posible. Mi abuela era una mujer extremadamente positiva, con sentido del humor, se levantó cada mañana cantando y nos decía ‘A levantarse, la vida es hermosa, hay que vivirla, tienen que disfrutarla’. Se levantaba con nosotras a hacer mate antes de ir a la escuela y ella se encargaba de que nuestros días fueran felices. Tanto ella, como mi mamá como pudo y mi tía”.

Un sol para Gandolfo

gandolfoEl dr. Gerardo Ibáñez defiende al represor Ricardo Gandolfo y eligió convocar a dos amigas que resaltaron su perfil solidario y generoso para contrarrestar su pasado terrorista en el Operativo Independencia, el Comando V Cuerpo de Ejército y como jefe de compañía en el Batallón de Comunicaciones 181.

Celina Castro lo conoce hace treinta años, siempre lo vio “dispuesto a hacer el bien” y relató la experiencia que compartieron en la Fundación Elpis para “darle trabajo sustentable a los jóvenes” y cómo lo interesó para experimentar con “con terapias basadas en los beneficios del agua de mar para tratar de mitigar la desnutrición infantil”.

Mirta Susana Smoris, preside la Fundación Camino Abierto que atiende a chicos con “riesgo social” y recurrió a Gandolfo hace un par de décadas reclamando su solidaridad. “Se llevaba chicos de vacaciones con su familia, apoyaba con ideas, económicamente y moralmente”, por ejemplo cuando le dejó “debajo de un adorno dinero para pagar la luz y el teléfono”.

Al militar se lo acusa por su participación en el secuestro de Hugo Barzola el 20 de julio de 1976 en  19 de Mayo al 1400 de Bahía Blanca. Gandolfo condujo a su víctima encapuchada y apuntándole con una pistola la cabeza a dependencias del Comando V Cuerpo de Ejército donde pasó 52 días de cautiverio y torturas.

Tenso de entrada

Como testigo del cautiverio del ex rector de la Universidad Nacional del Sur, Víctor Benamo,  declaró Mariano Barcia quien fue secuestrado por fuerzas militares y dijo haber estado en cautiverio en un calabozo ubicado a la entrada del Comando V Cuerpo de Ejército, luego en un lugar amplio con varias camas cercano al lugar donde ensayaba una orquesta militar cuyos integrantes vigilaban a los detenidos.

Barcia presentó su curriculum a la policía para ingresar como perito fotógrafo en 1974, si bien nunca fue contratado oficialmente, a pedido de un comisario de la Regional Quinta, “cubrí la parte fotográfica de todas las muertes de la ciudad de Bahía Blanca. Casi todas, del 74 al 76”.

Después de unos minutos, el juez Martín Bava intentó restringir el testimonio al caso Benamo y generó un entredicho entre la Fiscalía que recordó que “Barcia es víctima”. “Es una lástima, podrían ustedes que son parte de la justicia escuchar”, aseguró el testigo. La dra. Mirta Mantaras opinó que hay que conocer al testigo “para que sepamos quién está hablando” esperanzada en que pueda “ilustrar sobre una cosa relacionada con ese contexto anterior al ’76”. “Si esto fuera el primer juicio de este tribunal le diría que sí”, contestó Bava.

Al retomar su relato afirmó que fue secuestrado por hablar de más durante un peritaje en Yrigoyen al 200 donde había dos mujeres asesinadas. Estaba el ejército de civil, tomó fotos, un periodista preguntó qué pasó, él contó y opinó que las víctimas “no fueron muertas en ese lugar”.

Allanaron su casa y lo subieron a un camión en abril de 1976: “Creo que hemos estado en un lugar muy reservado de esta Bahía Blanca, en la Curia. Ahí subieron otros chicos y otras chicas que no sé su nombre ni nada por el estilo, pero sentí que uno de ellos dijo ‘Este cura hijo de puta nos entregó’”.

Más adelante Barcia tuvo otro cruce con el juez Triputti que cuestionó su afirmación respecto a que se hayan traído cadáveres congelados desde La Pampa y lo apuró en su relato para llegar a Benamo. Y eso fue luego del traslado a Villa Floresta junto a otros detenidos: “Ahí aparece Benamo solo, traído por el V Cuerpo de Ejército en muy mal estado de salud”. Por problemas en sus pulmones concurría habitualmente a la enfermería del penal donde veía al abogado que le contaba que había estado cautivo en un lugar donde fue atado y colgado. Barcia fue liberado el mismo día en que Benamo era trasladado a Rawson.

Sobre el final pidió que se le envíe copia de su declaración a su domicilio y volvió a cuestionar al tribunal por no escuchar su historia personal. Lo cortó firmemente Jorge Ferro: “Le voy a desvirtuar ese marco de sospechas que usted está esgrimiendo aquí contra los jueces, los fiscales y todos. Usted declaró el 4 de octubre de 2011 ante el dr. Córdoba con la actuación de la prosecretaria letrada Araceli Haydee Hernández”. “Lo tengo acá”, retrucó el testigo. “Entonces mal puede decir que nunca se le tomó declaración, que nunca nadie le hizo caso”. Se levantaron las voces, Barcia le dijo al juez que “hable todo lo que quiera”, Ferro advirtió que el testigo “no le va a imponer nada al tribunal que no esté dentro de la ley” y Triputti llamó al oficial de seguridad. “No necesitaba sacarme con la fuerza pública”, gritó al salir el fotógrafo y pidió respeto.

Revancha civil

Estela Maris Ramírez fue preceptora del Hogar del Niño desde 1968. Cinco años después junto al Sindicato de Trabajadores Municipales pidieron la intervención de la entidad por abuso de autoridad. En 1974 quedó a cargo de la dirección. Su hijo un día mantuvo una conversación sobre drogasen un recreo del Colegio Nacional. La charla llegó a oídos del padre de una compañera y este lo denunció ante la Policía Federal.

Eran tiempos del comisario Alais cuando fue a ver a su hijo y Estela quedó detenida. Diez días después el juez Guillermo Madueño y su secretaria Gloria Girotti le tomaron declaración y la mandaron a la cárcel de Villa Floresta con una causa por infiltración ideológica marxista en el Departamento de Economía de la UNS. “Yo la universidad nunca la había pisado, soy trabajadora social”.

“Cuando me sacan una vez del calabozo al baño veo que estaba la directora de Acción Social en la Federal. Se ve que esta gente pidió referencias y en revancha de la intervención del hogar en el ’73 pienso que se ha declarado en mi contra. Estuve un año, unos meses en Floresta y terminé en Devoto. Esa es la historia de mi detención que creo injusta”, dijo Ramírez.

Luego otra discusión entre el juez Bava y el fiscal Miguel Palazzani para remitir el interrogatorio al caso Benamo y el cierre: “Lo veía en las visitas, estábamos todos en un solo lugar. No lo conocía de antes, estábamos todos bastante mal”, recordó sobre el dirigente peronista.

Carta de Mayer

vlcsnap-2013-07-23-10h40m08s245Por la tarde declaró desde el juzgado federal de Bariloche Eduardo Bagur sobre el secuestro de su cuñada Susana Margarita Martínez y su esposo Ricardo Gaitán. Aseguró que una vez enterado de las capturas ilegales fue a preguntar al V Cuerpo de Ejército donde había “un montón de gente” en su misma situación y le pidieron que vuelva en treinta días. “Por la cantidad de desaparecidos que había en Bahía que aparecían muertos nos pareció un disparate”.

Recurrió al ex presidente del Colegio de Ingenieros José Garay quien le gestionó un encuentro con el arzobispo Jorge Mayer. Una vez en la Curia “en algún momento preguntó si yo podía poner la mano en el fuego por mi cuñada Margarita. Le contesté no solamente la mano sino el cuerpo”. El cura se levantó y escribió una carta de referencia para el V Cuerpo.

“Fuimos nuevamente al Comando V y con esa carta nos abrieron las puertas, nos atendió un coronel y luego un mayor, así se trataban. El mayor, dijo el coronel, es el que se va a ocupar de este tema. Estuvimos cuatro o cinco horas, volvió el mayor y dijo ‘no tengo ninguna noticia ni a favor ni en contra pero vuelvan a las 48 horas’. Volvimos, esperamos un rato largo y apareció el mayor con una sonrisa y dijo que tenía buenas noticias. ‘Aparecieron y no los podíamos ubicar porque estaban en cárceles comunes, estábamos buscándolos en cárceles especiales’.

Estaban en Villa Floresta, donde recién pudieron verlos una semana después con tiempo suficiente para recuperarse de las condiciones de cautiverio. Gaitán salió y Martínez continuó un mes detenida. Para Bagur la carta del jerarca católico de aceitado trato con los genocidas fue determinante.

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