“No recordaba la cara de mi madre”

Foto: Facebook Alicia Partnoy.Al mediodía declaró Ruth, hija de Alicia Partnoy y Carlos Sanabria, como testigo de la represión contra su familia que comenzó cuando tenía dieciocho meses de edad. Lo hizo por videoconferencia desde la embajada argentina en Washington en el juicio contra siete genocidas del V cuerpo de Ejército imputados por crímenes de lesa humanidad cometidos en Bahía Blanca durante el terrorismo de Estado.

“La peor sensación fue no poder reconocer a mi madre, no recordaba su cara. Ella había sido torturada en el campo de concentración, eso es un gran trauma. No tenía comunicación porque los guardias no permitían que esas cartas llegaran, mi mamá me escribía cuentitos pero nunca me llegaron. Quería que yo tuviera buena moral y fuerza. Trataban de criminalizar el amor entre madre e hija. Estaba visible la marca de las lágrimas en esas cartas”, dijo la testigo un poco en español y otro tanto en inglés.

La intérprete que la asistió tradujo: “Tengo una foto de mi primer cumpleaños, mi madre lucía enferma y mi padre no podía sonreír, es la única foto en que estamos los tres juntos. Yo sabía que ellos sabían que sus vidas corrían peligro y era una cuestión de tiempo para que ellos fueran arrestados”. Ruth corrigió el término: “Secuestrados. O desaparecidos”.

También brindaron testimonio durante la mañana los hermanos y militantes de la Juventud Universitaria Peronista Enrique y Eduardo Macchi, detenidos en Bolívar y trasladados a La Escuelita; y Juan Ángel Arrieta y Antonio Zoccali por los secuestros de alumnos de la ENET 1. Por la tarde, aportaron poco desde la Cámara Federal platense el ex policía Sergio Laluk -interrogado sobre su vínculo con un oficial Fidalgo- y el médico policial Alberto Vitali sobre falsos enfrentamientos en la capital provincial. Este miércoles desde las 9 continúan las declaraciones en Colón 80.

Ruth Sanabria vive en Estados Unidos desde el 23 de enero de 1979 cuando su abuela la llevó a un aeropuerto luego de una visita a la cárcel donde la dictadura continuaba el cautiverio y las torturas contra su madre Alicia Partnoy.

“Un soldado me sacó de los brazos de mi abuela y me llevó a ver a mi mamá, subí a un avión a Estados Unidos. Por segunda vez me destruyeron mi familia, me sacaron de mi país y mi idioma. Mi abuela me decía ‘Tenés que acompañar a tu mamá’. Pero yo a ella no la conocía, era una persona extraña, si bien era mi madre. Eso lo hicieron a propósito, destruyeron la relación con mi madre”, declaró.

El 12 de enero de 1977 Ruth jugaba en el pasillo de su casa en Canadá 240 cuando escuchó golpes fuertes y vio algo brillante, como un metal. “Mi mamá me levanta y me lleva a la cama, yo estaba gritando y mi mamá gritaba muy alto. Escucho los gritos de los soldados y siento que se va mi madre, veo ojos, no reconozco, siento la separación de mi madre. Estoy sola”.

Alguien la dejó con una vecina hasta que la encontró su abuela Raquel. “Mi mamá me cuenta que si no hubiéramos vivido cerca de mis abuelos yo hoy sería una hija desaparecida. (…) Siento que me robaron el derecho a vivir en mi país, sin temor a la muerte y la desaparición, a mi idioma, me dejaron tantas heridas sicológicas que impactan todos los días”.

Comenzó a vivir con sus abuelxs con mucho temor, oscuridad, persianas cerradas y silencio en la casa. Acompañaba a su abuela cuando buscaban a Alicia en “muchas oficinas oficiales” donde rogaban por noticias. Recuerda el odio con que la trataban a Raquel y el esfuerzo que hacía por no dejar caer el ánimo. “Yo no entendía qué estaba pasando”.

“No podía decir quién era ni nada de mi mamá ni de mi papá. Perdí mi identidad, habían secuestrado a mi tío Coco, a Gustavo, mi tío segundo, y podían venir por nosotros. Yo buscaba a mi mamá, andaba por la casa buscando en los gabinetes de la cocina, creía que la había escondido yo misma y no me acordaba dónde. Mi único amigo era mi tío Daniel de 19 años”, contó.

Un policía que apareciera en los dibujitos animados o un ruido alto era suficiente para producirle ataques de pánico. “José Partnoy era uno de mis amigos. Yo siempre estaba sola en mi pieza, me comportaba muy bien pero él sabía que estaba traumatizada. Tengo una memoria muy clara haciéndome preguntas que yo no respondía, sentía que ni a mi propia familia podía decir, que tenía que ser muy madura y aguantar todo”.

No la llevaban al parque por temor aunque su abuelo Carlos le permitía jugar en el jardín y sentirse libre, conectarse con la naturaleza. “Un día apareció un pájaro, un cardenal, mi abuelo me dijo que eso significaba que mi mamá estaba bien”.

Dijo que en ese entonces no se jugaba, que sus abuelos peleaban porque se sentían culpables por no encontrar a su hija y su tío empezó a sentir crisis, miedos, paranoia.

Luego se enteraron que Alicia estaba en Devoto y su padre –Carlos Sanabria– en Rawson. Hacían colas por horas para las visitas. Las maltrataban. Un guardia hacía sentir criminal a Ruth, “me chequeaba, quería ver si tenía algo en mi cuerpo o en mi bombacha para mi mamá. Tenía tres o cuatro años, era violencia. Ese sentimiento existía en mi propia familia”.

Una vez se encontró con familiares de su papá y su tía abuela, que pensaba que eran subversivos, la castigó: “Comenzó a gritarme, acusaciones infundadas y horribles, no entendía porqué lo hacía. Mis primos estaban confundidos. Me castigó y me puso en un gallinero, trataba de darme alguna lección. Cuando mi abuela regresó se puso histérica. Tenía que ver con lo que era yo, que nosotros éramos malos, que no merecíamos vivir. Me aislaron desde esa parte de la familia”.

Con cinco años recomenzó su vida por tercera vez en el exilio. “Cuando llegamos a Estados Unidos mi padre nos estaba esperando, lo habían liberado en octubre, había periodistas de distintos medios. Mi madre y yo bajamos del avión, había muchos flashes, se hizo famoso el caso porque era una familia reunificada. Había muchos refugiados que fueron mi familia, Marta Ramos y Pablo González eran mis nuevos tíos”.

“Uno de los aspectos más difíciles del exilio es ser testigo de los traumas sicológicos. El matrimonio de mis padres se destruyó, mi mamá se enamoró de Antonio Leiva, quedé con mi padre seis meses”, aseguró.

Finalmente destacó que su mamá “nunca paró de luchar, se puso a hacer trabajo político, a dar testimonio, había interés en lo que pasaba con el Plan Cóndor, en Argentina y Chile, fue la misión de su vida” y agradeció a los fiscales y a la gente de Bahía Blanca que lucha por la justicia.

De Bolívar a La Escuelita

Las primeras declaraciones del martes fueron las de los hermanos Enrique y Eduardo Macchi, militantes de la Juventud Universitaria Peronista secuestrados en Bolívar y trasladados a La Escuelita de Bahía Blanca. Antes de llegar al centro clandestino del V Cuerpo de Ejército estuvieron detenidos ilegalmente por unos diez días en la comisaría de su pueblo donde fueron visitados por un cura.

Enrique, estudiante de ingeniería en su juventud, contó por videoconferencia desde Mendoza que en Bahía fue interrogado una vez “sin tortura física” y compartió cautiverio con unas diez personas. Recordó que una de ellas era Zulma o Graciela Izurieta y no pudo asegurar si su compañera de militancia estaba “gordita o embarazada”. En otro lugar de la casa firmó una declaración con los ojos vendados. Luego de su liberación fue convocado al servicio militar.

Su hermano fue capturado en su lugar de trabajo por policías de Pehuajó el 2 de enero de 1977 y contó que ambos fueron liberados el 25 de enero en la Ruta 33. Los represores los bajaron de una camioneta y les ordenaron esperar cinco minutos y caminar en sentido contrario a Bahía Blanca. Así llegaron a Tornquist desde donde pudieron comunicarse con sus padres.

En La Escuelita uno de los detenidos le pidió que al salir avise a sus padres aunque no pudo recordar su nombre. Sí mencionó a Zulma Izurieta a quien reconoció por la voz. Durante la tortura le pedían nombres de otros militantes. Eduardo recordó su militancia en una unidad básica del peronismo y su trato con el padre tercermundista Pepe Zamorano de Villa Nocito.

Sobre los pibes de la ENET

Juan Ángel Arrieta concurría a la escuela nocturna y compartía banco con Sergio Voitzuk, uno de los estudiantes de la ENET 1 secuestrados y torturados en La Escuelita, y relató cómo los militares durante la dictadura ingresaban a la escuela y los ponían con las manos en la nuca buscando activistas.

Mientras los represores ponían en fila a los alumnos con las manos en la nuca las autoridades del colegio “estaban ausentes”. La sentencia del tribunal oral en el primer debate oral ordenó comenzar una investigación contra el director de la ENET 1, Héctor Eusebio Herrero, porque los testimonios “permiten presuntamente inferir una conducta suspicaz y dudosa (…) en oportunidad del arbitrario accionar del Ejército al secuestrar a ciertos alumnos y al profesor Villalba, extremos que nos permiten inferir, apoyados en un principio de fundada sospecha y con el grado de probabilidad suficiente, la presunta intervención del sr. Herrero en dichos hechos”.

El testigo desconoció qué actitud tuvo en ese contexto el director del colegio ni supo si hicieron alguna diligencia. El papel de Herrero “fue pobre como el de muchos seguramente o estaba de acuerdo”. A los alumnos no les explicaron nada respecto de las intervenciones militares y los secuestros de integrantes de la comunidad educativa. Cuando le preguntaron si los padres no hicieron ningún planteo a la institución respondió que “era la época del no te metás”.

“Mi compañero de banco Sergio Voitzuk fue secuestrado, lo vi cuando salió y me contó lo que le había pasado. Tenía marcas. Nuestros padres nos decían que no había que meterse, Sergio estaba en el centro de estudiantes, mi familia se sorprendió y mis padres pensaron en llevarme al campo. Sergio me contó que lo sacaron de la casa a la madrugada, estaba con los ojos vendados, lo torturaron, lo colgaban de una cadena, lo metieron en un tambor con agua, lo picanearon. Hubo otros compañeros y profesores, algunos desaparecidos”.

Arrieta conocía al capitán Ibarra del Club de Equitación donde “era común que hubiera militares, a veces de civil pero mayormente con ropa militar, iba con soldados y su esposa y sus hijos”.

Sobre el mismo grupo de casos de la ENET, Antonio Zoccali testimonió que en diciembre del ’76 se encontraba en su casa con su esposa y sus hijos cuando apareció una camioneta del Ejército con varios oficiales armados que preguntaron por Renato -de 16 años- y lo secuestraron. Dentro de la vivienda había soldados por todos lados que habían entrado por el techo.

Durante la búsqueda, Zoccali escuchó que un grupo de jóvenes habían sido encontrados deambulando por el cementerio y que una patrulla del Ejército los había levantado. Por su trabajo en Entel Antonio conocía al “coronel Mancini” que confirmó que entre ellos estaba Renato y que habían sido llevados al Batallón de Comunicaciones.

Cuando lo vieron estaba irreconocible por las marcas de la picana. “Destruyeron muchas familias como nos pasó a nosotros, mi mujer al poco tiempo tuvo un tumor en la cabeza de tantos golpes que se había dado contra la pared. Mi hijo no quería hablar con nadie, estaba destrozado, nunca nadie se hizo cargo de lo que había pasado, nunca supe quiénes fueron los autores”.

Cuando preguntó en la escuela no sabían nada aunque relacionaban los secuestros con algunos “desmanes” que había habido días antes. Había otros padres en su misma situación pero no sabían porqué se habían llevado a sus hijos. Tampoco tuvieron respuesta en la iglesia Católica: “Había un capellán que decía que rezáramos pero no hizo nada”.

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