“Es el tío”

tulliHasta 1976 Graciela Sebeca compartía la militancia barrial y universitaria en la Facultad de Arquitectura de La Plata con su pareja Jorge Mario Tulli. Ella declaró este martes en el juicio Armada Argentina – BNPB y él, desaparecido por los terroristas de Estado, la acompañó desde una foto aferrada a sus manos. Militaban. Pintaban paredes. Llevaban comida a la villa. “Nada que perjudicara a nadie”.

Graciela aseguró que en uno de los interrogatorios “creo escuchar la voz de mi tío, es el cuñado de mi papá. Pertenecía a marina y era del Servicio de Inteligencia. No puedo confirmar que así sea, escuché la voz y dije ‘Es el tío’. El no me hacía preguntas directas pero les decía lo que me tenían que preguntar. Conti es el apellido, Oscar Conti”.

“Mi hermano quedó en La Plata, yo el último contacto que tuve fue en junio o julio de 1976 donde estuve en las vacaciones de invierno y me comentó que quería irse a Buenos Aires, dejar de estudiar y empezar a trabajar porque estaba muy difícil. Se sentía perseguido”, relató a su turno Juan Carlos Tulli.

Graciela fue detenida junto a su hermana el 13 de marzo del ’76 en Ushuaia. Estaban en la casa de una vecina desde donde vieron llegar las camionetas de la marina. Buscaban a Jorge. Sus captores estaban convencidos que su hermana Gabriela era la compañera de Tulli y les tomó algún tiempo convencerse de lo contrario en la comisaría local. Finalmente Gabriela fue liberada y Graciela trasladada al día siguiente a la Base Espora.

“Pregunto por mi hermana y me dicen que se tiene que quedar. Que estaba incomunicada. Nueve y pico de la noche me llevan a mi domicilio, mi marido –Juan Carlos Monje- que estaba en la Base Naval de Ushuaia no había venido. Llamo a Puerto Rosales a mis padres, le comentó a mi mamá llorando lo que había pasado y me dice ‘Quedáte tranquila, ya sabemos, a nosotros nos allanaron la casa”, afirmó Gabriela.

A Graciela en Espora la esperaban un Fiat 600 y una capucha. A los golpes la tiraron en el asiento trasero. Luego de un viaje de poco más de una hora, la interrogaron sobre el paradero de su novio en una oficina y la encerraron en un camarote pequeño del buque ARA 9 de Julio.

La capucha hecha del paño de los uniformes navales solo se la desabrochaba en soledad. Cada día la guardia requisaba el camarote y la manoseaba. La violencia sexual se agravaba por la menstruación, la falta de higiene y la permanente vigilancia masculina en el baño o las duchas obligadas. La comida era incomible. No había cubiertos. Se escuchaban gritos, ráfagas de ametralladora. En ese campo de concentración pasó un mes y medio.

Un tal Altamirano le habló, le dijo que le convenía brindar información y le propuso hacer de correo: “Le mandé una carta a mi mamá y recibí respuesta”.

“La trataban muy mal cuando estaban en el 9 de Julio. Quería ir al baño y la manoseaban todos. Conoció al tío de ella bajo la capucha, lo reconoció por el anillo”. Él se portó muy mal porque habló cosas que no eran justas. Todavía vive en Punta Alta, pasa la gente y le dice que es un sinvergüenza. Él se mete adentro como si tuviera miedo”, declaró la madre de la testigo, Perla Ethel Méndez.

Graciela comentó al tribunal que en uno de los interrogatorios “creo escuchar la voz de mi tío, es el cuñado de mi papá. Pertenecía a marina y era del Servicio de Inteligencia. No puedo confirmar que así sea, escuché la voz y dije ‘Es el tío’. El no me hacía preguntas directas pero les decía lo que me tenían que preguntar. Conti es el apellido, Oscar Conti”. Al ser liberada, su padre fue a la casa de Conti. La respuesta del marino detrás de la puerta fue que no recibía subversivas.

Una noche la subieron a un camión de caja cerrada, rozaba las manos de una persona desconocida, en el absoluto silencio que exigía un guardia que cargaba y descargaba su arma. En el lugar de destino las ubicaron por mucho tiempo contra una pared. Retiraron a su acompañante y a ella la llevaron a una habitación.

Las condiciones mejoraron pero continuó el cautiverio. El capitán Freire a los veinte días le informó que podía sacarse la capucha. Graciela no se animaba a hacerlo. Fueron otros 45 días en los que pudo recibir la visita de su madre. Preguntaban por qué no podía irse y Freire contestaba que si lo hacían cualquier otra fuerza la podía detener. Cuando llegó el momento, el mismo capitán en su vehículo la llevó con su mamá hasta su casa.

Sus captores recomendaron que retorne a Ushuaia porque la persecución continuaría por cinco años y al “mínimo error” volvería al cautiverio. Su padre, personal civil de la Armada y de familia militar no dio opciones. Por las noches no podía dormir, en dos ocasiones intentó quitarse la vida con las pastillas que debían ayudarla.

“Espero que nunca más se repita la historia. Que todos aprendamos a ser mejores personas y dejar que cada uno crea en lo que quiere sin ser acusado de nada”, pidió al concluir su testimonio.

“Jamás supe nada de él”

“Mi hermano quedó en La Plata, yo el último contacto que tuve fue en junio o julio de 1976 donde estuve en las vacaciones de invierno y me comentó que quería irse a Buenos Aires, dejar de estudiar y empezar a trabajar porque estaba muy difícil. Se sentía perseguido”, relató Juan Carlos Tulli.

Agregó: “Las consecuencias fueron muy graves, hasta el día de hoy las sigo pagando. Mi madre fallece dos años antes sabiendo que mi hermano militaba en política, en la universidad. Mi hermano desaparece en diciembre del ’76. Mi padre de tristeza, por la falta de su pareja y de mi hermano, muere en el ’79/80 y a partir de ahí mi vida cambia por completo”.

“Mi padre era personal civil, cuando mi hermano desaparece, a él no le implica ningún peligro porque estaba bien conceptuado. Me hace entrar como empleado de la Base, le costó por el problema de Jorge pero mi aval era él. Cuando fallece me dicen ‘Te vas o te vamos’, no me olvido nunca esas palabras del capitán Marengo, jefe de Armas Navales. Yo con 18 o 20 años lo primero que hice fue renunciar”, manifestó.

Ante esa situación, sus intentos por conseguir un trabajo fracasaban uno tras otro: “Quise entrar en Gas del Estado, rendí bien los exámenes, no me tomaron por el problema de mi hermano. En la Cooperativa Eléctrica de Punta Alta lo mismo. Y en Polisur también. Entré a trabajar para Techint en las paradas de planta (…) me dijeron que el 51% de Polisur pertenece al Estado y el resto es privado, no te van a tomar por lo de tu hermano”.

“A partir de ahí lo mío fue muy difícil porque tuve que aprender por necesidad trabajos, me casé joven por necesidad, por falta de cariño, necesitaba mucha contención. Tuve dos hijas y las perdí porque me separé, todo a consecuencia de lo mismo. Dormí en el banco de una plaza,  tratando de subsistir, de recuperar a mis hijas que estaban muy lejos, y siempre con el rechazo de la gente porque Punta Alta es muy atípica”.

Juan Carlos dijo que en su ciudad “la mayoría de la gente son militares y los que no, son civiles cómplices de los militares. Mis familiares eran militares, estaban en desacuerdo conmigo por lo de mi hermano, simplemente un grupo muy chiquito de amigos estuvo conmigo y me dieron una mano, recién hace un par de años que empecé a salir a flote”.

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