El turno de Heinrich y Loyola

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ACTUALIZACIÓNLa audiencia prevista para la mañana de este martes fue levantada por el Tribunal. Si bien todavía no hay confirmación, el horario de inicio sería entre las 15 y las 16. En ese marco, la Comisión de Apoyo a los Juicios pospone su convocatoria para las 15 en Colón 80.

Este martes desde las 9 comenzarán a escucharse testimonios de familiares y compañeros de militancia de los obreros gráficos de La Nueva Provincia, Enrique Heinrich y Miguel Ángel Loyola, secuestrados y asesinados en 1976 durante el terrorismo de Estado.

Será en el juicio contra 25 represores de la Armada, la Prefectura Naval, el Ejército, la Policía y el Servicio Penitenciario bonaerenses que se desarrolla en Colón 80. Desde las 8 la Comisión de Apoyo a los Juicio convoca a apoyar a lxs testigos. Participarán dirigentes gráficos de varias ciudades. FM De la Calle realizará una transmisión especial desde el lugar que se podrá escuchar por el 87.9 y por esta página.

Enrique era maquinista en la rotativa y secretario general del sindicato, mientras que Miguel Ángel trabajó como estereotipia y tesorero de la organización gremial. Fueron secuestrados el 30 de junio de 1976. Sus cuerpos maniatados, con signos de torturas y numerosos disparos, aparecieron el 4 de julio de ese año en la Cueva de los Leones.

“Nuestro compañero Manuel Jorge Molina, tercero en la lista del ‘personal a ralear’ de La Nueva Provincia según la inteligencia naval, mantuvo permanentemente la memoria de Enrique y Miguel Ángel y el reclamo del Juicio y Castigo a los culpables materiales e ideológicos. Con él y con las familias de los compañeros asesinados estaremos una vez más en la calle esperando además el procesamiento de Vicente Massot luego de la ampliación de su indagatoria el próximo 11 de noviembre”, aseguraron desde la Comisión de Apoyo.

Compartimos las reseñas de las declaraciones de Silvia Noemí Becerra y Ester Zimmermann sobre el secuestro de Rubén Jara y de Héctor Duck por su propio cautiverio.

El fichero de Jara

Silvia Noemí Becerra trabajaba en la empresa Organización Mercantil de Punta Alta (OMPA) que informes y cobranzas sobre los comercios de Punta Alta. La cartera de morosos de la firma de Rubén Adolfo Jara estaba compuesta en su mayoría por militares -“desde cabo principal en adelante”-.

La testigo relató que unos días después del golpe de Estado en 1976 lo fueron a buscar a su jefe. “Subió una persona y otro quedó parado en la escalera. Bajaron con Jara. Nos asomamos por la ventana y había un Falcon parado. Al que subió lo reconocí, era una persona que trabajaba en la policía”, aseguró en referencia al imputado ex policía bonaerense Víctor Oscar Fogelman.

“Después nos fuimos a casa, a la oficina entró gente a cerrarla. Militares revisaron todo  y cerraron la oficina. Eran de la Armada. ‘Ahh, qué lindo ficherito’ dijo uno de los represores”, agregó Becerra.

Luego de la liberación del ex presidente del consejo Escolar de Punta Alta “tuve noticias de él, pasaron unos cuantos meses, lo vi porque hablaba con su señora, cuando salió yo estaba en la casa de ellos. Llegó con dos pantalones puestos, contó que lo habían dejado, fue a un taller y se afeitó. Le decían que lo iban a matar, pensó que no salía. No podía creer haber llegado a su casa”.

“A él lo echaron de Punta Alta, salió del secuestro con esa condición. A mí me contó muy poco, estuvo en la Base Naval, era una especie de barco, tenía un ojo de buey pero tapado. (…) Se averiguó con el comandante de la Base, Coca tuvo contacto con él, por eso nos enteramos que estaba detenido. Era un “run run” que había gente detenida en la Base”, culminó y reconoció que a su entender el secuestro estuvo motivado por la existencia del fichero de militares morosos y por su militancia peronista.

Ester Zimmermann, primera esposa de Jara y madre de sus tres hijos, se enteró por uno de ellos que su marido había sido secuestrado. “Era pensar todos los días que lo íbamos a encontrar muerto al borde de un camino. (…) Si era culpable ellos sabían lo que tenían que hacer pero si era inocente que lo dejen libre”.

“Coca” se entrevistó con el almirante Vañek: “No decía nada, se limitaba a escuchar”. Sin embargo pudo establecer contacto por correo desde el lugar de cautiverio de Jara. “Las cartas las iba a retirar a la Base, al Puesto Nº1”.

Lo liberaron “irreconocible”, recordó su esposa, “despedía olor a grasa, aceite, buque taller, bajó 20 kilos, lo encapuchaban y oía ruidos de armas”. La orden fue abandonar Punta Alta y la zona y cerrar la oficina. “Vine a Bahía, hablé con el comandante gral. Vilas, le dije si podía quedarse en Bahía Blanca donde estaba mi madre y la de él. Dijo que sí y empezó a vivir con su madre y yo en Punta Alta. Se dispuso el cierre de la oficina y se quemaron los ficheron con los nombres de los clientes”.

Finalmente respondió que probablemente uno de los represores que la atendían cuando se acercaba a la Base a preguntar por Jara fuera el teniente de Inteligencia Carrizo y comentó que luego de su separación quemó todas las cartas que su marido le había enviado cuando estaba detenido. “Deje una por cosas del destino, le va a servir como referencia para que todo lo que dice se acredite, esa carta tiene fecha y firma”.

Detención en el puerto

“Yo trabajaba en el taller de locomotoras  en Ingeniero White. Además era delegado gremial, ejecutivo de la Unión Ferroviaria y central de reclamación gremial. Estuve en el Partido Socialista durante muchos años, luego de la ruptura forme parte del Partido Socialista de los Trabajadores (PTS), con Coral como referente”, se presentó Héctor Ramón Duck el lunes 29 de septiembre.

En los días de franco realizaba un trabajo paralelo de estibador en el puerto. De esta actividad derivó su secuestro. “El 27 de marzo llego al lugar donde hacía esta changa, había gente de la Prefectura, yo los conocía porque eran los que me daban los permisos. Estaban con una lista en la mano, cuando dije mi nombre se fijaron en los papeles y me llevaron”.

“Yo era un activista, era un tipo muy conocido. Realizaba tareas sociales, gremiales y políticas. En el barrio fundé la sala de fomento, participé en el Banco Credicoop, entre otras cosas. Pensaba en ese momento que la Prefectura, Marina o Ejército tenían todos mis datos, pero no. La DIPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires), eran ellos puntualmente los que tenían toda la información de lo que hacía. Esto lo corroboré años después”.

Duck fue secuestrado y llevado al Comando V Cuerpo de Ejército. “Yo lo conocía porque había hecho la colimba ahí. Me mandan a bañarme, me dan ropa de fajina, luego me tienen un rato hasta que me llevan al ‘picadero’, donde están los caballos. Luego, ya encapuchado me llevan hasta La Escuelita. Sé que era ese lugar porque me acomodan detrás del tanque de agua. Escuchaba el ruido del tambor y de los autos que pasaban”.

En el centro clandestino de detención, torturas y exterminio recordó que había mucha gente: “Había varios sindicalistas, Jorge Valemberg, presidente del Concejo Deliberante que luego lo asesinaron, Quiroga,  un tal Osores de SUPA, varios más”.

 “Estuve fácil tres días.  Luego me blanquean y me mandan a la cárcel de Bahía Blanca –donde estuve alrededor de ocho meses-. Tiempo después me sacan de la penitenciaria, me llevan hasta la Base Espora y de ahí en avión, creo que el Hércules, hasta la Unidad 9 de La Plata. Este ‘viaje’ lo hice esposado  junto a Jaime, recuerdo que para robarle un crucifijo de oro nos molieron a trompadas”.

Duck recuperó su  libertad en 1979. “Entre junio o julio salgo en libertad vigilada. Me tenía que presentar todos los días en la Comisaria 4º y en la Regional. Si no al Comando donde firmaba un cuaderno”.

“Santiago Cruciani me tenía que picanear”

“Cuando estaba tirado –en la sala de torturas- escuché su voz y la reconocí enseguida, su tono de fumador pedía mi nombre. Decía que quería al Turco, o sea, yo. Ellos comienzan a solicitarme, entraron en disputa por mí. Creo que me salvé por eso, no fui más ahí y salí con el traslado”, aseguró en referencia al torturador de La Escuelita Santiago “Tío” Cruciani.

Respecto a los interrogatorios manifestó que “eran durísimos, me preguntaban nombres de gente que no conocía. Me pegaban y no me escuchaban.  En Floresta fui interrogado dos veces, me hacían pregunta raras”.

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