“Fue La Nueva Provincia”

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Foto: Lina Etchesuri.

“No le pedí explicaciones (a Massot), estaba tan segura de que no me iba a recibir porque hasta el diario sacó cuatro letras. Fallecimiento de dos obreros de LNP. Aparecieron muertos en la Cueva de los Leones. Listo, chau”, declaró María Cristina Taylor, viuda de Miguel Ángel Loyola, ante el Tribunal Oral que juzga a 25 represores por crímenes de lesa humanidad.

La testigo afirmó que apenas aparecido el cuerpo acribillado del obrero gráfico y dirigente gremial dijo: “Esta fue La Nueva Provincia. Ahí me salió todo de mí, se ve que él no me contó todo, parte de las situaciones, de cualquier manera estar encerrado en una habitación con los matones detrás no es normal. Que el Ejército los llamara para prevenir no era normal. Otra cosa, cuando estábamos en el hospital a mi cuñado se le escapó o lo quiso decir: ‘Yo los conozco a todos, son todos tenientes recién recibidos de los que vinieron ahora, los mandan a hacer estos trabajos’. Yo identifiqué al Laucha (Corres), lo sigo viendo”.

El tesorero del Sindicato de Artes Gráficas fue secuestrado, al igual que el secretario general Enrique Heinrich, el 30 de junio de 1976 tras varios años de enfrentamiento con la familia Massot por reclamar mejores condiciones salariales y laborales en los medios del Grupo La Nueva Provincia. Estuvieron cuatro días desaparecidos y sus cuerpos fueron encontrados en la Cueva de los Leones. El juicio continuará los días 28, 29 y 30 de octubre a las 9 en Colón 80.

El último almuerzo

“Todo comienza el 30 de junio. Mi esposo Miguel Ángel, Chiche, había llegado a la madrugada del trabajo de La Nueva Provincia. Se acostó y a las seis y cuarto me levanté yo que tenía que ir al Hotel Muñiz”, arrancó Cristina. A mediodía, él la esperaba con la comida. “Estaba de paso mi hermana que había tenido un bebé hacía 15 días. A la tarde la tenían que venir a buscar del campo. Había sido un almuerzo entre los tres. Esa fue la última vez que vi a mi esposo”.

Ella lavaba los platos y él secaba, “chichoneábamos con el nombre del bebé, veíamos que venía un embarazo”. Miguel Ángel la invitó al cine cuando saliera del sindicato. Como estaba descompuesta quedaron en confirmar más tarde. Ocho y media, Cristina salió del trabajo y no lo encontró: “Tenía la costumbre de llamarme y esa tarde no lo había hecho”. Comenzó a caminar hacia su casa.

Mientras tanto

A las seis y media de la tarde lxs cuñadxs de Cristina, Elsa Loyola y su marido Eduardo Reyes, habían ido a despedir a su hermana y conocer a su bebé. Luego llegó el matrimonio Buceta, la mujer estaba con un embarazo avanzado.

“De pronto se abrió la puerta y apareció toda esta gente que vi después. A mi hermana y a la señora en estado de gravidez las llevaron a una habitación y las encerraron y a los demás los ataron con corbatas, cintos, sogas”, describió.

En Viamonte y Colón una persona con pinta de milico se acercó a Cristina y le puso una revista pornográfica en la cara. “Como para que yo lo mirara, que mostrara la cara. Salí corriendo insultándolo, no pensé que fuera ninguna táctica de nadie sino que era una degenerado”.

En la puerta de su casa la encañonaron. “A esa persona la reconozco como el Laucha Corres. El mismo aspecto, nada más que lo vi después en una foto de mucho mayor. Tenía un saco claro de color tiza, le miré bien el rostro, bigotes finitos, era un muchacho joven, 23 o 24 años. Tenía guantes blancos”, contó la testigo y aclaró que pensó que se trataba de ladrones.

“Somos amigos de Miguel Ángel, me dice el Laucha. ¿Y me están apuntando?”. Le envolvieron la cabeza con su propio chal aunque pudo ver sobre la mesa ametralladoras, dos esposas, dinero -“que sería el poco que había en casa”-, y un par de anteojos de su hermana. Vio al resto atados a las sillas. “Esto es algo para Chiche”, pensó.

Lloró, gritó, preguntó por Miguel Ángel, le tiraron de los pelos. “Mi cuñado -que era militar- me dice ‘No grites Cristina’. Ella trabajaba de tesorera en el Comando y él tenía el cargo de sargento o algo así. Me decía: ‘No grites que es peor’. Yo preguntaba por Chiche y me decía: ‘Ya va a venir, lo están esperando'”.

“Acá tenés a tu Chiche”, le dijeron al rato. “Me lo sentaron al lado, lo toqué, le pregunté qué pasa. Nada, no te aflijas, ya va a pasar todo. Grité y me volvieron a tirar el pelo, Chiche les dice: ‘No la maltraten por favor que está embarazada’. Escucharon música, un partido, había un entrepiso con un tocadisco y escucharon música brasilera, comieron, había mitad de un jamón y no quedó nada, tomaron, pasó la noche”.

Luego les inyectaron algo en los brazos y a partir de allí no recuerda nada más. Despertaron alrededor de las ocho y comenzaron a gritar y pedir socorro hasta desatarse. La mesa, de madera muy gruesa, tenía las patas abiertas. “Ahí nos dimos cuenta que se lo habían llevado a Miguel Ángel y se ve que había cinchado”.

Llegó la policía y las trasladador al Hospital Municipal. Una hora y media después, como no recibían atención, se fueron. “Me enteré que un médico que iba al Comando dijo en el libro del hospital que habían entrado cinco personas en estado de intoxicación de gas”.

“Ahí empezó la odisea”

“Me quedé sola en la casa y salí a buscar a mi marido. Dónde podía llegar a estar. No tenía la menor idea. Decían que mi cuñado había consultado en el Comando. Revisamos los hospitales. Se me ocurrió ir a verlo a monseñor Mayer, me acompañó el hermano de Heinrich, Carlitos, que hace poco se pegó un tiro. Mayer me dijo que los buenos estaban para ir al cielo y seguramente mi esposo era uno de ellos. Fueron palabras que no sirvieron para nada, me dice que no podía intervenir en el caso”, afirmó Cristina.

Con una administrativa del sindicato recorrieron la ciudad: “La cuestión es que pasaron casi cuatro días, eso fue un miércoles porque el jueves 1 era el aniversario de Perón. El domingo de esa semana nos van a avisar detectives privados que habían encontrado en la Cueva de los Leones dos cuerpos que aparentemente serían los chicos. Tanto Heinrich como Loyola. Se ve que estaban esperando que Heinrich saliera de su trabajo de madrugada, con él a cuestas, hubo una denuncia en el Comando de que en un Falcon estaban subiendo a una persona de prepo”.

“Ahora no va a poder hacer nada, en todo caso cuando termine el gobierno militar haga juicio. No se arriesgue, usted tiene un embarazo encima”, le dijo el comisario. Su cuñado militar reconoció el cuerpo. Ella le preguntó por las manchas que tenía y Reyes le dijo que eran de la picana eléctrica. “En el velorio estaba mi mamá sentada al lado mío y me dice: ‘Cristina, ¿viste ese hombre?’. Justo iba de espalda. ‘Entró, miró a Chiche, se sonrió y se fue’. Era una persona trajeada, sospecho que habrá sido uno de La Nueva Provincia, si no fue Federico (Massot)”.

 “Ni sabían que iban a terminar así”

La esposa de Loyola comentó que Miguel Ángel “me había dicho que había sufrido encierros en habitaciones de La Nueva Provincia, amenazado por los guardaespaldas. Mientras salía el diario. No sé si fue en dos oportunidades. Cuando terminó de salir el diario los mandaron cada cual a su casa. ‘Vos sabés que toda la noche Federico nos tuvo encerrados en una habitación’, me dijo. Fue Massot, por supuesto”.

“Federico andaba con los matones y molestaba permanentemente sobre situaciones, que no salía el diario, que se dejaran de jorobar, que les iba a ir mal. Eran los guardaespaldas que pernoctaban dentro del diario, estaban armados, matones a sueldo, gente que amenazaba con un arma”, amplió.

Además, Cristina supo que “tuvieron una citación en el Ejército, que fueron varios compañeros, en el Comando. Les avisaban que bajaran la mano porque los pleitos eran muy grandes con LNP, había salido una ley nueva del 4×1, todos los diarios lo hacían menos LNP. El diario estaba semanas sin salir y los pleitos eran por eso. Los chicos, Heinrich y mi esposo, uno era secretario y el otro tesorero, era un acuerdo entre los compañeros que eso se tenía que cumplir y ellos exponían su vida. Pero creo que ni ellos sabían que iban a terminar así. Nadie se lo imagino. Y yo menos, bastante joven, muy inocentona, criada en el campo, creía que la maldad no existía”.

Recordó que después de aquel conflicto Chiche le pidió que se fueran al sur, primero él y luego la vendría a buscar. “Esto habrá sido diez o quince días antes de que lo mataran. Quería ir a trabajar a un diario, casi tenía el puesto. Yo le decía que estaba embarazada, cómo me arreglo solita, mis padres vivían en una estancia en Buratovich, y entonces… Dios mío, si hubiese sabido que todo esto iba a pasar, claro que lo iba a dejar ir. Lo que menos me dijo que estaba amenazado de muerte, el embarazo tiró y no se fue nada”.

“Apenas sucedió esto lo primero que dije fue: ‘Esta fue La Nueva Provincia’. Ahí me salió todo de mí, se ve que él no me contó todo, parte de las situaciones, de cualquier manera estar encerrado en una habitación con los matones detrás no es normal. Que el Ejército los llamara para prevenir no era normal. Otra cosa, cuando estábamos en el hospital a mi cuñado se le escapó o lo quiso decir o no sé: ‘Yo los conozco a todos, son todos tenientes recién recibidos de los que vinieron ahora, los mandan a hacer estos trabajos’. Yo identifiqué al Laucha, lo sigo viendo”.

Ángel y demonios

Después del entierro de Miguel Ángel, Cristina confirmó su embarazo y comenzó a sentirse perseguida sabiendo que “a muchas mujeres le sacaban los hijos a patadas del vientre”. Con varias complicaciones su hija nació sietemesina: “Un ángel que hoy me sirve a veces de guía a pesar de ser menor que yo”.

Un par de meses más tarde quiso hacerle una misa a su esposo. “Iba todo el tiempo a las iglesias a llorar, siempre. Fui a Misericordia, en calle Zapiola. Sabrán que el que me recibió y con el cual me confesé como la mejor… Con el padre Vara. Hoy me digo cómo se habrá reído de mí ese hombre. Yo con todo mi llanto, mi angustia, mi dolor, explicándole con detalle todo lo que había pasado y después me entero cosas de él que no correspondían… Ya fue. Hice la misa… Lo supe con los años, le puedo asegurar que le dije todo con detalles, ahora digo, caramba, que coincidencia la vida”.

En el mismo sentido recordó dos ocasiones en que trabajando en la Taberna Vaska tuvo que atender a la familia Massot. “En principio no los conocía, después me enteré por medio de la tarjeta con la que pagaban. Veneno a la boca me viene, recuerdo todo eso que he hecho en ese momento tan difícil y ponerme a prueba dios en esas cosas. Agradezco haber sido prudente y haber podido criar a mi hija. Cuando tenía nueve años me volví a casar y tuve cuatro hijos más”.

 “La lucha, siempre una mochila en la espalda tremenda de saber si la ley de los hombres podía hacer algo de esta situación. Que hayan destruido a dos familias. Mataban a gente joven, estudiantes, digo yo, no hay nada que lo pare. Me puse incrédula y llegué a pensar que solamente la ley divina iba a poder solucionar esto, que en su parte lo hizo, porque desaparecieron del mundo gente que hacía mucho daño, yéndose solos. Ahora les pido con todo el corazón, señores jueces, que se haga justicia y que dios me ayude a creer en ustedes. Y muchas gracias a toda la gente que nos vino a acompañar”.

 “Era un tema muy especial”

Elsa Lidia Loyola, hermana de Miguel Ángel, relató que el 30 de junio de 1976 tenían previsto ir al cine con su hermano y su cuñada y por eso se acercaron a la casa de calle Moreno. Una vez allí fue a la cocina a llamar por teléfono a Miguel para pedirle que se apure.

“Cuando vuelvo a la sala a comentar que iba a demorar, encuentro a mi esposo maniatado, sentado, amordazado. Automáticamente, no alcanzo a ver a la persona, pero me sujetan. Me atan, me tapan la boca con una mordaza y los brazos hacia atrás en una silla”, aseguró.

Así compartieron varias horas con su esposo, la hermana de su cuñada y otro matrimonio “al que no había visto nunca”. También habían sido recluidos Cristina y Miguel Ángel. “En algún momento sobre la misma ropa que estábamos vestidos, sentí un pinchazo del lado izquierdo y no sentí más nada, quedé dormida. Hasta que reaccioné, me desperté atada, casi la madrugada, cinco o seis de la mañana”.

“Recién el domingo tuvimos noticias de que había aparecido. Mi esposo fue a reconocer el cadáver. Me dijo que estaba golpeado, no me dio detalles. La cara estaba destruida”, relató.

Su marido era militar y ella trabajaba en el V Cuerpo de Ejército. Él se encargó de hacer los trámites necesarios para “justificar de alguna forma porqué no había ido a trabajar”.

 “No tengo idea quién pudo haber sido (…) Siempre espere que algún día la justicia determine quiénes eran, yo no pude investigar directamente”, respondió al juez Jorge Ferro. “Me refiero a, mínimamente como curiosidad de hermana, si preguntó en el V Cuerpo”, se explicó el magistrado. “Yo no. El que se encargó fue mi esposo, no me comentaba. Ese era un tema muy especial, muy doloroso. Cómo iba a averiguar. Se intentó en ese momento ver uno o dos abogados y en esa época se iban, ni nos querían escuchar, fue muy especial esa época”.

“Cuando hablábamos de La Nueva Provincia y de que los que lo secuestraron a Miguel Ángel eran del Ejército ellos no decían nada, me cortaron el rostro. Creo que ellos ocultan algo, creo que una esposa con los años, a esta altura tiene que haber sabido algo de su esposo”, dijo a su turno Cristina Taylor sobre Elsa Loyola y su marido Rubén Reyes.

Y agregó: “Ella está muy enojada con nosotros por estos juicios, lo ve como que estamos removiendo cosas que no se deben remover. Ella, mi cuñado falleció. Ella está alejada de nosotros y molesta, a pesar de que es el hermano. Está enojada con ustedes…”. “¿Con nosotros?”, preguntó el juez Ferro mirando a sus pares con una sonrisa.

“Eran jeeps del ejército”

El contador jubilado Belloni era vecino de la familia Loyola en 1976  y mantenía un trato de “buen día, buenas tardes” con el obrero gráfico aunque sabía que trabajaba en La Nueva Provincia

Manifestó que aquella noche luego de la cena el perro comenzó a ladrar advirtiendo la presencia de gente afuera. “Cuando salgo de mi casa, anteriormente había un coche que no conocía parado con el motor frente a la entrada, después viene un pasillo y atrás abro la puerta y era un jeep de los guerreros”. Un tipo le preguntó quién era y lo mandó para adentro encandilándolo con las luces del auto: “Vi que había otro coche más, pensé que eran jeeps del Ejército. Al encender los faros medio me encegueció y vi que la ropa que usaban era una vestimenta militar”.

Media hora después escuchó “un chillido de chicos, gritos de desesperación y angustia” en la casa vecina. Llamó a alguna fuerza de seguridad, salió -ya los vehículos no estaban- y vio la puerta abierta. “De ahí salían los gritos, vi a la señora de este señor que trabajaba en LNP, habían roto una mesa. Hice lo que pude, desaté ahí, no prendía el gas, no tenían. Fui a casa a hacer un café, se los llevé, apareció gente y me retiré”, afirmó.

Cuando aparecieron los cuerpos de los trabajadores, Belloni acompañó a la madre al velatorio. “Estaba en un cajón cerrado y volví a casa”, culminó.

2 thoughts on ““Fue La Nueva Provincia”

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