“Tenía muchos deseos de declarar”

baceNoemí Ester Weimann cerró las declaraciones de la audiencia del 15 de octubre en el juicio por crímenes de lesa humanidad que se le imputan a 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Armada Argentina durante el genocidio.

Fue testigo del secuestro de su esposo Raúl Spadini, ex trabajador del Taller Aeronaval Central de la Base Comandante Espora, detenido en marzo de 1976 y sobreviviente del centro clandestino que funcionó en el buque ARA 9 de Julio.

“Él estaba esperando este momento”, manifestó Ester a casi cuarenta años de los hechos y luego de ocho años de instrucción. Así como la biología o la justicia lenta perpetúan la impunidad para centenares de criminales, impiden la justa reparación para lxs sobrevivientes. Raúl Spadini ya no declarará ante el tribunal, su delicada salud desmejoró y cinco días después de este testimonio falleció a los 85 años.

Las audiencias continuarán mañana martes, el miércoles y el jueves desde las 9 en la sede del rectorado de la UNS de Colón 80.

Weimann era empleada de la Municipalidad de Coronel Rosales y el día del golpe de Estado estaba con licencia por maternidad con un embarazo de siete meses y medio. “El 24 de marzo mi esposo fue a su lugar de trabajo, el TAC -Taller Aeronaval Central- que se encuentra a unos metros de Espora. Yo escuchaba por radio lo que ocurría en nuestro país, lo cual me mantenía bastante preocupada”.

Raúl no volvió a la hora en que debía y un rato después alguien golpeó a su puerta para avisarle que había sido detenido. “Me manifestó que le había dicho mi esposo de pasada que me fuera a casa de mis padres, que no me quedara sola. Tenía también una beba de un año y medio. Armé mi bolso y nos fuimos a casa de mis padres”.

Pidió a su padre que la acercara al Puesto 1 de la Base y que espere a unos metros: “Si pasa un tiempo prudencial y no regreso, actuá de otra manera”. Al ingresar notó un inusual movimiento de uniformados armados y preguntó por su esposo. “Esa persona me miró muy mal”, alcanzó a contar entre sollozos. “Me dijo, ‘Si no querés terminar como tu esposo, andáte de acá. ‘Muy amable, gracias’, le dije. Me di media vuelta, volví al auto, le dije a mi padre que no tuve ninguna respuesta”.

Los días pasaron sin novedades. “Una madrugada golpearon la puerta y era mi esposo. La alegría, los abrazos, el querer que contara y después darse cuenta que no estaba bien. Al otro día me fue contando cómo había sido su detención”.

Luego de su liberación, Spadini quiso acompañar a su esposa hasta Bahía Blanca donde debía hacerse los controles de rutina por su embarazo. Sin embargo en distintos sectores de la ruta había controles de la Armada pidiendo documentos. “Cuando lo presenté yo no hubo problemas, cuando mi esposo lo presentó, nos hicieron a un costado. Él le dijo que yo necesitaba atención médica y le dijeron no. ‘Puede volverse, usted no pasa'”.

Ante las complicaciones del embarazo, en abril, Ester decidió instalarse en casa de su cuñado en Bahía Blanca y su hija quedó con sus abuelxs en Punta Alta. “Pasó, tuve mi hija, mis problemas, pero pasó”, afirmó.

Lo que contó Spadini

“Esa mañana un jefe le dijo que tomara sus cosas y lo llamó a la guardia. Ya salió con la idea de que algo iba a pasar. Cuando llegó a la guardia le pidieron el bolso que tenía en sus manos, el documento, el reloj y lo subieron a un coche Falcon donde iban cuatro o cinco personas que no pudo individualizar, no eran conocidas para él. Le dijeron que no hiciera preguntas”, relató Weimann.

Viajaron hacia Punta Alta, entraron por Colón hasta el Puesto 1 de la Base Naval Puerto Belgrano. “Ni bien pasaron, lo encapucharon y lo llevaron al lugar donde está el Servicio de Inteligencia Naval”.

“Le hicieron sacar el cinto, estuvo hasta la noche con preguntas y preguntas no sé de qué tipo, pidiéndole información. Por un trayecto dentro de la Base, calcula que en un camión porque sentían el aire que le venía a la cabeza cuando subieron, no era él solo, eran unos cuantos, los trasladaron. Se dio cuenta de que estaba al lado del mar y de las escaleras con escalones muy chiquititos que tienen los buques, su pie entraba apenas”.

Viendo el esfuerzo que hacía la testigo por recordar el doloroso testimonio de su marido, el juez José Mario Triputti ofreció dejar los detalles para la propia víctima. Ante la imposibilidad de que Spadini pudiese cumplir ese deseo, Weimann siguió.

“Después se enteró que era el 9 de julio. Cuando ingresó estaba Carracedo. Sintieron la voz de Ferreti. Pasó ahí cuatro o cinco días y una noche lo llamaron, estaban llamando a varios, le dijeron que al otro día pasara a buscar la documentación que le habían retenido. Lo cargaron en una camioneta, le pusieron la capucha, era de noche, lo dejaron a una cuadra y media de donde yo estaba, le apuntaron y como cargada le dijeron: ‘No te asustes, no te vamos a hacer nada’. Y le dijeron que no mire porque si no le pasó nada antes le iba a pasar ahora”, declaró la testigo.

Spadini, quien ya había estado detenido en el remolcador Ona “por peronista” y por “llevar chicos a los torneos Evita”, decía que sus interrogadores le “querían sacar cosas pero no me van a sacar nada, me van a matar pero no me van a sacar nada”.

Consecuencias

“La más cercana fue el tema de mi embarazo y lo mal que estuve. Estuve con transfusiones durante tres meses en lo personal. Mi hija, que está en el recinto, es la beba que nació en mayo del ’76, no la pude amamantar, lentamente fui saliendo”, respondió al fiscal.

También se instaló el temor en la familia aunque “siempre tratando de contarle a nuestros hijos lo que le había ocurrido a su papá tanto en el ’55 como en el ’76. Como siempre lo supieron se manejaron como tal, sabiendo que sus padres nunca habían hecho nada raro, nada malo y que fue por tener un ideal. Lo único que le pedíamos era que tengan un ideal, equivocadas o no, y marcharan de frente por la vida”.

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