“Todo fue un asco, una aberración”

hospLa ex telefonista del Hospital Municipal de Bahía Blanca, Aurora Estela Pierrestegui, declaró ayer en el juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado por parte de 25 represores de la Armada, el Ejército, la Prefectura y la Policía y el Servicio Penitenciario Bonaerenses.

“El hospital era un cuartel, había gente con ametralladoras, la morgue llena de cadáveres. Cuando alguien venía a averiguar y había que llevarlo a la morgue, el (militar) que estaba me llevaba con la ametralladora en la espalda. (…) La morgue siempre estaba llena y no eran de Bahía Blanca, eran jóvenes de afuera que entraban muertos. Yo tenía un bibliorato donde se registraban los pedidos de los médicos, ellos pedían la ambulancia para trasladar los cuerpos, yo tomaba datos de nombres del operativo, de la gente, eran NN todos”, afirmó.

Aurora fue recluida en el centro clandestino de detención, torturas y exterminio que funcionó en la Base de Infantería de Marina “Baterías” de Punta Alta. Durante la audiencia denunció los abusos sexuales cometidos por sus captores y mencionó a algunas víctimas de la causa que pudo reconocer en el campo de concentración.

Las audiencias continuarán los días 11 y 12 de noviembre a las 9 en Colón 80.

“Me secuestraron del Hospital Municipal, trabajaba en la mesa de entradas, era telefonista. Ya me venían diciendo por el conmutador que me iban a secuestrar y matar. Por eso pedí pasar a la tarde que era más tranquilo y, al tiempo, me volvieron a poner en mi horario”, dijo al comenzar su testimonio.

Durante toda esa mañana, uno de sus secuestradores estuvo entrando y saliendo del Hospital, esperó a que después del mediodía se fuera el personal y quedara funcionando solo la Guardia. Al rato entró otro, la agarraron y la subieron a un Falcon. “Me duermen con algo en un algodón o algo en la nariz, en ese momento se acercó una enfermera que preguntó a dónde me llevaban y porqué. No me acuerdo nada más”. En el auto iban dos adelante y uno atrás que, cuando se despertó, la estaba manoseando.

“Pasamos por un lugar donde había mucho álamo, olor a mar, gaviotas, risas de chicos y gente, pero lejos de ahí. Pasamos por un vado de agua hasta que llegamos. Me bajan, me llevan cerca de donde había parado el auto. Me sacan toda la ropa…”, alcanzó a decir cuando el juez José Triputti insistió en ofrecerle continuar el relato a solas ante el tribunal. Ella, con firmeza, eligió seguir así.

Luego de desnudarla, le tomaron fotografías y la interrogaron sobre nombres y direcciones. Le ataron las manos hasta casi dejarla sin circulación. Se durmió y despertó “con un dolor terrible porque estaba colgada”. La llevaron a otra sala para picanearla y continuar los abusos sexuales.

“Era un lugar donde había una música terrible, gente que se escuchaba que caminaba con cadenas, yo también tenía los grilletes en las piernas y las manos con esposas. En un momento alguien me acercó agua, nunca jamás me dijeron de higienizarme, nada, ahí estuve hasta que me llevaron a interrogarme otra vez”, dijo.

Reconoció en el campo de exterminio a Gerardo Carcedo. “Habíamos estado en un patio, se ve que era domingo, no había nadie, nos dieron de comer, había ravioles, había un solo cuidador que convidaba vino y cigarrillos. Pude hablar con Carcedo que preguntó qué Pierrestegui era. Él era amigo de mi esposo. Me pidió que hablara con el padre.  Le pregunté: ‘¿Dónde estoy?’. Me dijo: ‘En Baterías’. Todos pensábamos que íbamos a salir. Él estaba muy mal, lo habían torturado tanto que ya no podía ni orinar. Me dijo: ‘Hace dos días que no me dan agua’. (…) Chiche Carcedo les decía todo, inclusive levantaba la voz, él la peleó hasta último momento, hablaban de ideología, ustedes o nosotros”.

Estaba en cautiverio una chica apodada Yiya -quien también padeció a los violadores de uniforme- “creo que no era de Bahía, sé que era de cerca de Buenos Aires, La Plata o Mar del Plata”. También supo de Patricia Gastaldi, embarazada, y su esposo (Horacio Russin) y un hombre “relacionado con el Hotel Belgrano” que le dijo que no se quede con nada porque la podían volver a secuestrar como le había pasado a él. Había un chico judío, “lo maltrataban por eso, estaba con muchísimo dolor, como de una peritonitis”. Un matrimonio del sur, “no sé si eran psicólogos”. Diana Diez le pidió que avise a su familia si salía.

“Una noche hubo mucho movimiento, ruido de cadenas cuando los levantaban, cuando los sacaban. No sé si esto fue en diciembre, yo salí antes de las fiestas, no lo escuche más, ni a Carcedo ni al esposo de esta chica que estaba embarazada”, comentó Aurora. Eran muchas más las personas que no identificó, “sacaban a algunos y entraban otros”.

Al tiempo, cuando le fueron a cambiar las vendas, volvieron a abusarla y amenazarla con pegarle un tiro en la cabeza. “Todo fue un asco, todo fue una aberración”.

Los interrogadores eran “cultos” y “educados”, algunos hablaban varios idiomas o “habían estado en Norteamérica”. Se diferenciaban claramente de los custodios. Laucha, Rata, Tigre, Puma y otros apodos zoológicos eran intercambiados permanentemente entre los represores.

“No había comida, había porquerías, un caldo grasoso en un jarro de la marina, con pelos, hirviendo. Te ponían el jarro en la mano y había que sostenerlo como podías, yo no comía. Había una música muy alta, terriblemente alta, no se podía dormir. De vez en cuando teníamos la suerte de escuchar un disco clásico, si no era un disco común. Uno de los secuestrados decía: ‘Mirá, todos esos discos que están pasando me los robaron a mí’. Era permanente. Claro, eso tapaba los gritos de las torturas, las cadenas que arrastraban por el piso”, describió la testigo.

Una noche le devolvieron su ropa y le anunciaron que la iban a liberar. “Me dijeron que si llegaba a hablar me iban a matar, me cambiaron la gasa de los ojos, me los limpiaron, me pusieron la capucha y me llevaron. Me decían que si me preguntaban dijera que me secuestraron los judíos”.

Una morgue de cadáveres jóvenes

Si bien Aurora estaba afiliada al Partido Comunista, hacía mucho que no militaba. Por eso supone que el secuestro estuvo relacionado a la información que manejaba por su rol como telefonista del Hospital. “Me pedían nombres del Hospital, yo estaba en un lugar donde entraba todo tipo de información, el telefonista pasaba todas las comunicaciones, yo conocía todo el movimiento, también me preguntaban sobre eso”.

Dijo que a Luisa Barroso -amiga de su madre que había sido delegada del personal- la habían llevado junto con un chico que trabajaba en la morgue, de apellido Fernández. También secuestraron a Estela Ramírez. “Habían llevado un grupito del hospital”, agregó.

“Todo fue un avasallamiento. El hospital era un cuartel, había gente con ametralladoras, la morgue llena de cadáveres. Cuando alguien venía a averiguar y había que llevarlo a la morgue, el (militar) que estaba me llevaba con la ametralladora en la espalda. En una oportunidad fueron tres o cuatro personas, uno dijo que era médico, había un cuerpo, decían que era de Bombara. Hablé con el cirujano que estaba a cargo del hospital y se llevaron el cadáver”, comentó.

Destacó además que “la morgue siempre estaba llena y no eran de Bahía Blanca, eran jóvenes de afuera que entraban muertos. Yo tenía un bibliorato donde se registraban los pedidos de los médicos. Ellos pedían la ambulancia para trasladar los cuerpos, yo tomaba datos de nombres del operativo, de la gente. Eran todos NN”.

Ruido de cadenas

Aurora dijo al fiscal José Nebbia que las consecuencias de su cautiverio fueron muy duras: “No fue igual mi vida después de eso, yo me aislé, quedé sola, no tuve hijos. No volví a pintar. Leía muy poco, al primer tiempo me costaba terriblemente concentrarme. Un miedo terrible, e inclusive de noche. Inclusive, anoche. Anoche pasé una noche muy mala. Los veía, sentí un olor a éter o formol que me pasaba por la cara, estaba sola con la luz del pasillo prendida. Los sentía, los escuchaba. Muchas noches de mi vida las pasé así, con ruidos de cadenas”.

Tras su liberación volvió al Hospital y la destinaron al lavadero donde comenzó a enseñar a sus compañeras los derechos que tenían. Cuando intentaron ejercerlos, a Aurora la mandaron a la Guardia. “Nunca nadie me preguntó qué me pasó, cómo estaba, salvo alguna de las chicas y la monja del lavadero. Faltaba muchísimo, una vez estaba enferma, habían pasado dos años, no me mandaron el médico pero sí me dieron de baja”, comentó. En democracia reclamó su puesto al intendente radical Juan Carlos Cabirón pero no hubo caso.

“Mi generación, todos los desaparecidos, los que estuvimos presos, hemos vivido horas terribles, quiero que cuidemos la democracia porque si se va y los animales estos vuelven todo va a ser peor”, pidió al tribunal.

4 thoughts on ““Todo fue un asco, una aberración”

  1. tremendo solo leer lo poco de lo mucho ke sufrio cada detenido leer este testimonio de esta sovreviviente de fuego me estremece cada una de mis celulas se ke mi madre estuvo detenida en la cueva de donde salian los vuelos de la muerte eya no volvio nunca mas pero cada testimonio de cada sobreviviente es como escuchar las voces de todos los ke no pudieron escapar

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