“Vinieron a buscar a mi hermana”

Catalina Ginder y rubén Santucho fueron secuestrados en La Plata junto a su hija Mónica de 14 años.

Catalina Ginder y Rubén Santucho fueron asesinados en La Plata. En el operativo, fue secuestrada su hija Mónica, de 14 años.

Miguel Ginder y Julio César Pazzi declararon la semana pasada en el juicio por crímenes de lesa humanidad imputados a 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Armada Argentina durante el terrorismo de Estado.

Ginder aseguró que fue secuestrado para ser interrogado sobre el paradero de su hermana Catalina quien militaba en Montoneros junto a su esposo, Rubén Santucho. Ambos fueron asesinados y desaparecidos meses después en La Plata. Pazzi, ex ayudante de carpintería en la Base Puerto Belgrano, dio cuenta del cautiverio de Miguel en las dependencias navales y describió su propia detención.

Las audiencias testimoniales continuarán los días 11 y 12 de noviembre en Colón 80 de Bahía Blanca.

Miguel Ginder fue secuestrado en su domicilio de Ingeniero White junto a su padre. “El 3 de agosto de 1976 irrumpen militares en mi casa, eran de la Armada por sus uniformes, destrozan todo, roban y nos llevan encapuchados y esposados”, dijo al tribunal.

El testigo reconoció que fue llevado a Prefectura. “Nosotros trabajábamos en el puerto y nos conocíamos bien a todos. Después de un par de días me llevan a la comisaría de la Base”. Ese “traslado” lo hace a bordo de una ambulancia con un “ancla”, sin su padre que días antes sufrió un infarto en la sede de la fuerza de seguridad naval.

Ginder no tiene dudas sobre el motivo de su secuestro: “Me fueron a buscar para ver si estaba mi hermana”. Catalina Ginder y su esposo, Rubén Santucho, fueron asesinados y desaparecidos en La Plata. “Ella era militante peronista y luego montonera”, afirmó Miguel. “También tengo una sobrina, Mónica Graciela Santucho, sus restos fueron encontrados y es la nieta recuperada 99”.

“En el calabozo de la Base sufrí todo tipo de cosas. Me torturaron, realizaban simulacros de fusilamiento. Fueron muchos maltratos físicos pero más psicológicos, los tipos no me dejaban dormir, me despertaban y me preguntaban por mi hermana, mis vecinos, hasta por el verdulero”, comentó Ginder al recordar sus 75 días de cautiverio.

Recordó que sus secuestradores “hablaban entre ellos, había uno que prenunciaba la ‘eye’. Al que vi fue a un tal Molina, era de cara del diablo, este tipo me dijo: ‘Acá no pasó nada, anda y portáte bien”. Ginder recuperó su libertad el 3 de noviembre de 1976, se sintió desplazado por su grupo social, “no tenía ganas ni de salir a la calle. Iba del laburo a mi casa”.

“15 días antes de liberarme me mandan a duchar y me dan ropa de fajina. En los momentos nocturnos de mi secuestro hice una especie de amistad con un policía que era de la Base, su nombre era Carrera o Cabrera, no recuerdo bien. Un día, ya afuera, voy con mi viejo a La Nueva Provincia a comprar diarios viejos para la pescadería, en ese mismo lugar estaba este tipo de seguridad”, relató.

Luego de estos hechos, la familia Ginder fue “visitada” en un par de ocasiones. Miguel contó que “vinieron más veces, no de forma violenta pero sí de prepo. Eso sí, siguieron robando. Por lo general de mañana, cuando estaba mi vieja sola”.

Compañero de cautiverio

“Me detienen en un operativo el 17 de agosto de 1976, en una confitería. Fue realizado por la Armada o Infantería”, aseguró Julio César Pazzi por videoconferencia. En aquella época vivía en Punta Alta y conocía el movimiento de la Base donde trabajaba en la Base como ayudante de carpintería.

Fue llevado encapuchado hasta el Puesto 1 de Puerto Belgrano y encerrado en un calabozo. Por las noches podía intercambiar algunos comentarios con otros detenidos, por ejemplo, Miguel Ginder, quien le comentó que suponía que su detención estaba motivada por la militancia política de sus familiares. También le dijo que por las noches era sacado del calabozo y llevado a reconocer lugares.

Dos o tres días después fue golpeado e interrogado por uniformados. Le preguntaban por sus amigos, su familia, sus actividades, los lugares a los que concurría. “A los diez días, aparece un uniformado a decirme que dijera todo lo que sabía porque si no iban a hacerme un Consejo de Guerra y la pena era de cuatro a diez años”.

Su familia pudo visitarlo, comprobar y denunciar las condiciones de su detención. “No me habían dejado bañarme ni higienizarme desde que había entrado al calabozo. (Por las quejas) me sacaron la comida, solo mate cocido. Me permitían ir al baño muy de vez en cuando, tenía una lata donde hacía necesidades”.

La liberación fue a principios de octubre: “Un día apareció un guardia cárcel, me dijo que me vaya. Salí caminando del calabozo, pasé la guardia. Me estaba esperando un familiar”. Confirmó que Ginder siguió detenido un mes y medio más.

“Cuando me liberan, dejo de trabajar. Nadie me dijo nada, nadie me echó. Yo me fui por el miedo. Perdí el trabajo en la carpintería. Estuve un año y pico para resolver la situación. Tuve mucho rechazo en mi casa. Se sintieron defraudados por lo que había pasado. Se cortó el diálogo con mi padre. Hasta que me fui a La Plata y ahí recuperé el diálogo. Nadie me llamó para ver qué pasaba conmigo, si volvía a trabajar. Quedé en la calle”, culminó.

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