El legado intacto

eraldoSobre la desaparición de Norberto “Bocha” Eraldo declararon ayer sus hermanos Carlos y Alejandro y su mamá Florentina Rodríguez. También se refirieron al secuestro de su padre Eduardo. “Bocha” fue capturado ilegalmente en dos ocasiones y el último dato que su familia tiene de él es su paso por el mismo centro clandestino de la Base de Infantería de Marina Baterías en el que estuvo su papá.

Los Eraldo militaron en la Juventud Peronista de Punta Alta y por eso fueron perseguidos por la Armada Argentina, algunos de cuyos integrantes son juzgados en Bahía Blanca junto a miembros del Ejército, la Prefectura, y la Policía y el Servicio Penitenciario bonaerenses. Hoy declararon sobre estos hechos Juana María Reginato, Héctor Osvaldo González y Nuncio Víctor Meo.

“Que mi viejo sepa que el legado está intacto, que seguimos parados acá, quedamos pocos Eraldo pero somos fuertes y vamos a seguir adelante porque para atrás no hay camino nunca”, dijo Carlos ante el tribunal.

Las audiencias continuarán los próximos 25 y 26 de noviembre desde las 9 en Colón 80.

Familia militante

Norberto, Carlos y Alejandro, los hijos de Eduardo Eraldo y Florentina Rodríguez, nacieron en el Hospital Naval de Puerto Belgrano donde el padre era personal civil. A principios de la década del ’70 y con el impulso de Bocha, el mayor de los hermanos, todos comenzaron a militar la campaña presidencial del Frejuli que consagraría a Héctor Cámpora.

Trabajaban desde una unidad básica de la Juventud Peronista en Punta Alta y otra en Villa del Mar aunque la propia casa era escenario permanente de reuniones y discusiones políticas. “Mi hermano era una persona muy sensible, con un sentido de justicia social muy incorporado y los tiempos que estábamos viviendo generaban un ámbito de apertura para participar y tratar de modificar esta inequidad social que existía”, declaró Carlos.

Uno de los proyectos políticos que impulsaban era dirigir los aportes de los trabajadores de la Armada a un hospital civil, porque el de la Base Naval “daba prioridad a los militares” con una “inequidad clara y consistente”.

Cuando Bocha empezó a estudiar Economía en la Universidad del Sur y su padre fue trasladado a la Base Comandante Espora -donde fue delegado gremial-, los Eraldo se instalaron en Bahía Blanca. Aquí Carlos continuó la militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios asumida en su ciudad natal junto a “muchos compañeros que ya no están”, como Nancy Cereijo, Andrés Lofvall y Carlos Ilacqua. Alejandro tenía cinco años y acompañaba a la familia que concesionaba el restaurant y el bar del Hotel Belgrano.

Norberto solía comprar suéteres en una fábrica de Mar del Plata para revenderlos en Bahía. “Estaba muy entusiasmado con su noviazgo, tenía intenciones de casarse y formar una familia”, comentó Carlos. De uno de esos viajes Bocha no regresó. El chofer del colectivo informó que un retén de infantes de marina lo había secuestrado.

Cautiverio en 9 de Julio

Eso fue a principios de abril de 1976 y la liberación ocurriría unos 25 días después. Eduardo hizo averiguaciones ante superiores militares y confirmó que Norberto estaba detenido en el Crucero ARA 9 de Julio, anclado en Puerto Belgrano. “Cuando estaba en el buque nos escribíamos diariamente, me entregaban a mí en el destacamento de policía de la Base la correspondencia y yo llevaba las nuestras para él, todavía tengo las cartas”, manifestó Florentina.

“Recuerdo como si fuera hoy el día que lo vi a Bocha en la puerta del Colegio Nacional, le salté al cuello y nos abrazamos después de ese tiempo de cautiverio y como que volvía la alegría a la casa y todo iba a poder retomar el rumbo normal de la familia. Lamentablemente nos dimos cuenta que hasta ahí era lo más liviano. Lo peor nos iba a pasar mucho después”, recordó Carlos. Durante los meses siguientes Bocha le fue contando detalles de su estadía forzada en el centro clandestino que los marinos montaron en el buque 9 de Julio.

Un día Bocha lo citó “solemnemente” en una plaza cercana a su casa. “Mirá Carlos, tenés que desengancharte, no podés seguir con la militancia en este nivel, la cosa viene difícil, se llevaron a Mengano, lo que me pasó a mí. Mamá sufre mucho, cuando no llegás se pone a llorar”, le dijo su hermano mayor. Carlos tenía claro que “queríamos un país distinto, tratamos de vivir en ese momento una sociedad distinta” y lo que más le dolía era “dejar a mis compañeros en banda”.

A fines de agosto, volvían caminando desde el hotel Florentina, Carlos y Alejandro, cuando a metros de su casa un grupo de uniformados les obligó a tirarse en un baldío. “Nuestra angustia era que el operativo fuera en casa. Salimos rápidamente y estaba mi hermano que vio por la mirilla de la ventana que habían roto la puerta de una casa con un hacha y que se llevaron a una chica que nunca supimos quién era”, relató Carlos. Alejandro recordó su mirada de niño: “Era muy oscuro, gran parte de mi vida tuve pesadillas con ese terreno porque para mí era como un túnel. Estaba muy asustado. Carlos me decía que lo que había presenciado era una suerte de teatro de cowboys e indios como para que me lo tomara de otra forma”.

Desaparecido

A la noche siguiente los milicos golpearon la puerta de los Eraldo. Carlos les abrió antes que la tiren abajo, mientras su papá y Bocha trababan de escapan por los techos y resguardar a Alejandro. “Eran cuatro o cinco personas, algunos con pasamontañas y otros con medias en la cabeza, tapaban las armas con trapos o ropa, uno me pega un golpe, me agarra de los pelos y me hace subir la escalera en dos segundos”, contó Carlos.

Alejandro agregó: “Tengo la imagen de Carlos en una cama llorando y pidiendo que no se lleven a Bocha, yo estaba petrificado, los vi asustados a mis padres. La sensación que uno tiene es la vulnerabilidad de la familia. Uno piensa en ese entonces que papá es el Superman que te va a ayudar y recuerdo que en ese momento era tan vulnerable como cualquiera de los que estábamos ahí”.

“Cuando se lo llevaban me despedí de él y me dijo: ‘Mamá, no te hagas problemas que son los mismos de antes, seguro me van a interrogar y después vuelvo’. Pero nunca más volvió”, relató Florentina. Los vecinos contaron que los represores decían que eran de “Coordinación Federal” y que al llamar a la policía les ordenaron meterse adentro porque se trataba de un operativo militar.

De madrugada tomaron un café frente a la Plaza Rivadavia y luego fueron al departamento de Nancy Cereijo.”A Nancy la secuestraron más adelante y la mataron, la hicieron aparecer como si fuera un enfrentamiento… Por mucho tiempo pensé qué cagada habíamos hecho, que por ahí a Nancy la podían haber marcado ese día, nos podían haber seguido. Después su hermana mayor me dijo que ella tenía su militancia y que no era por una negligencia mía”, declaró Carlos.

Las consultas en dependencias policiales, en el V Cuerpo de Ejército, las Bases Espora y Puerto Belgrano y los habeas corpus en la justicia tuvieron siempre resultados negativos. “Teníamos miedo de averiguar mucho porque podía molestar y eso generar alguna represalia para quienes estaban secuestrados”, aclaró Carlos.

Y su papá también

Alrededor del 10 de octubre fue secuestrado Eduardo. “Yo hice la denuncia en la comisaría primera y un tal Rizzo, que era de Informaciones pero no me acuerdo si era de Espora, se contactó conmigo y me dijo que era mejor que fuéramos a retirar la denuncia. Me acompañó y la retiró él”, aseguró Florentina.

Comentó que “veía que a la noche alguien nos seguía, se imagina que tenía miedo porque tenía uno de 18 y uno de 5 y me fui a Espora a quejarme, a decirles qué pasaba, porqué nos seguían. Creo que era el teniente Doñati que me dijo ‘váyase tranquila que somos nosotros que los estamos cuidando, cosa que no me creí”.

Un par de meses después lo largaron: “Cuando vimos a mi viejo, otra de las imágenes que no me voy a olvidar nunca, estaba muy mal. Sumamente flaco, los ojos parecían que se le iban a salir de la cara, una franja blanca del vendaje, y marcas en las manos y en los pies. Me abrazó y me dijo: ‘Carlitos cuidáte porque son unas bestias que si te agarran te van a destrozar'”.

“Me llamaba la atención que no lo veía a mi padre, no sabía, pero noté cierta ausencia. Lo vuelvo a ver, no sé exactamente dónde pero muy desmejorado. Él se vestía bien, siempre muy prolijo, y la primera impresión fue verlo muy flaco y con el traje grande o deshilachado o de alguna forma que me llamó la atención. En ese momento me levantó y me abrazó”, declaró Alejandro.

Con el tiempo Eduardo relató “las barbaridades que sufrió” mientras le mostraban “fotos, fotos y más fotos” y que incluyeron el menú completo de torturas que ofrecían los campos de exterminio occidentales y cristianos. “En una oportunidad escuchó a unos guardias que decían ‘al hijo de este lo tuvimos antes acá’, el otro decía ‘no hablés fuerte que el viejo te va a sacar el número de TIN”, aportó Carlos.

Patricia Gastaldi fue secuestrada embarazada y estuvo en cautiverio al lado de Eduardo, sus represores les llamaban “la tierna” y “el viejo”. También estaba el esposo de Patricia, Horacio Russin. “En un momento llega a ver por debajo de la venda que uno de los guardias le dice a Patricia ‘vení a darle un beso a tu novio’ y la lleva medio a los empujones. Él contó que no se animó a mirar mucho más por miedo a la reprimenda”. Con el tiempo pudieron encontrarse y “ella le dijo: ‘La verdad, nunca me dejaron besarlo, me tiraban del pelo la cabeza para atrás'”.

Eduardo identificó las casamatas de Baterías como el lugar donde funcionaba el centro clandestino donde además compartió cautiverio con Diana Diez, Néstor Grill, Gerardo Carcedo, “una chica gorda” de la que se burlaban y “un matrimonio del sur” al que torturaban especulando con el destino de sus hijas.

Cuando se presentó a trabajar en la Base Espora, Eduardo dijo a las autoridades que “tenía que decir que estaba de vacaciones” pero que ellos conocían el motivo de su ausencia. Sin embargo, lo cesantearon, le sacaron el TIN y lo echaron. “Mandaron a su cuñado, el esposo de la hermana de mi mamá, para que lo acompañe hasta la puerta”.

Exilio interno

“Teníamos la concesión del Hotel Belgrano, seguimos un tiempito trabajando ahí, no sabíamos dónde meternos porque la plata no alcanzaba. A veces nos quedábamos en el City Hotel o en el alfombrado del mismo hotel, fuimos buscando pensiones hasta que conseguimos una que nos aceptó”, sostuvo Florentina.

Si bien mantenían la esperanza de una segunda liberación de Bocha, el mal estado de salud de Eduardo y la necesidad de buscar trabajo obligaron a la familia a comenzar un recorrido donde las necesidades económicas y la persecución política no dejaban de complicar las cosas.

Pasaron un tiempo en Villalonga y trabajaron en una quinta en San Miguel. Allí Alejandro se sintió un poco mejor porque, a pesar de las carencias, “volvía a tener un poco más de luz”. “Había llegado un cajón de herramientas de mi padre con algunos juguetes, fue la primera alegría que tuve porque me devolvió un poco a la cotidianidad de una vida normal”, dijo.

Carlos consiguió un trabajo temporario y cuando estaban por efectivizarlo resurgieron los “antecedentes” familiares. “Lo que más me dolía era tener que decirle a mi papá lo que había pasado. No lo podía creer, le dije: ‘Rajemos de acá porque estos tipos tienen todos mis datos”. Cambiaron de pensión, llegaron a un conventillo “fantástico” con baño privado.

“Reconstruir económicamente la familia no fue cosa fácil. Nos pudimos levantar de nuevo porque teníamos un pasado y una educación. Si uno nace pobre y no tiene todo esto que tuvimos no sé si es posible. La igualdad de oportunidades es un mito sin, aunque sea, la educación”, opinó.

¿Cuántos hermanos tenés?

Florentina concurrió a las primeras reuniones de las Madres de Plaza de Mayo en la Iglesia de la Santa Cruz hasta que Carmen Abal Medina le dijo que tenga cuidado con un muchacho que decía buscar a sus hermanos del cual sospechaban que era un infiltrado. “Evidentemente era Alfredo Astiz”, concluyó Carlos sobre aquel cobarde que marcó a las Madres que luego desaparecerían los genocidas pretendiendo cortar de raíz el pilar de la resistencia.

Su mamá comentó que “el recuerdo que tengo de mi hijo Bocha es que todo lo que hacía lo hacía porque tenía mucha sensibilidad ante las desgracias de los demás y trataba siempre de ayudarlos en lo que podía”.

“Una pregunta difícil era: ¿Cuántos hermanos tenés? Era decirle que había uno y que el otro no estaba más o que estaba muerto. Era como negar a mi hermano. Me costó mucho soportarlo”, dijo Alejandro al tribunal y agregó que “lo que más me dolió a mí fue no poder hablar, el mandato de callarse y no saber qué responder durante gran parte de la vida, fue muy duro. Tuve que aprender a callarme la boca, que rezar no necesariamente hace milagros, a llorar en los rincones para no me vieran y mi madre no se aflija. Y muchas de esas cosas siguen vigentes y espero que cambien”.

Carlos afirmó que “acá tendría que haber estado mi papá que murió hace diez años. Hubiera estado muy gustoso de contarles el calvario que pasó y que se hiciera justicia, no tanto con él y las terribles torturas a las que lo sometieron, sino por ver a la cara a quienes torturaron, mataron y desaparecieron a su hijo que tanto quiso y ver que de una vez por todas se está haciendo justicia”.

“Que mi viejo sepa que el legado está intacto, que seguimos parados acá, quedamos pocos Eraldo pero somos fuertes y vamos a seguir adelante porque para atrás no hay camino nunca. Por mi viejo, que ojalá esté contento, que le sigo cuidando a mi vieja y a mi hermano y cumpliendo la promesa que le hice siempre”, terminó y provocó el aplauso del público entre el que se distinguían un grupo de estudiantes puntaltenses, familiares e integrantes de Movejupa.

3 thoughts on “El legado intacto

  1. Querido Carlos, querida familia. Si bien durante tantos años hemos compartido alegrías y sinsabores, este relato me ha emocionado hasta las lágrimas. Siempre, aunque sin manifestarlo, me imaginaba lo que padecieron; pero pienso esto supera todo lo imaginable. Sabes que siempre te consideré un hijo mas y en este momento quisiera estrecharte con un fuerte abrazo

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