“La vida siempre tuvo la última palabra”

russin

“No pudieron destruirme. A pesar del dolor inmenso de haberme quitado todo en una etapa de la vida y de haberme hecho un daño irreparable, pude salir adelante (…) en mi historia, la Vida siempre ha tenido la última palabra”, concluyó ante el tribunal y un puñado de genocidas la asistente social Patricia Gastaldi al dar testimonio sobre su cautiverio y el de su marido desaparecido, Horacio Russin.

Se conocieron en marzo de 1974 mientras compartían la militancia en grupos de “una iglesia comprometida en la opción por los pobres, el trabajo por la justicia, en transformar la sociedad” que “nos llevó a comprometernos cada uno por su lado en la militancia política, en la Juventud Peronista”. Él trabajaba en la Pequeña Obra y ella en Cáritas haciendo “atención directa a los más pobres”. Fueron secuestrados y recluidos en el centro clandestino de “Baterías”.

Patricia y su hijo Matías Russin, declararon ayer en el juicio por crímenes de lesa humanidad imputados a 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Armada Argentina durante el terrorismo de Estado. La próxima audiencia será el 9 de diciembre a las 9 en Colón 80.

Camino al horror

La noche del 1 de octubre Patricia y Horacio volvieron de cenar y entraron al edificio de Donado 96 sin preocuparse por el grupo de muchachos que los observaba en el palier. A la madrugada fueron despertados por los golpes contra la puerta. Eran cinco o seis hombres disfrazados que se identificaron como integrantes de Coordinación Federal.  Los encapucharon y se llevaron primero a él y, al rato, a ella: “A partir de allí, yo perdí contacto con Horacio”.

Luego de un largo trayecto en auto ingresaron por un camino de tierra y “me hacen bajar a los empujones por un declive muy abrupto, me meten en un lugar muy iluminado, cuando entro y me recibe alguien, me pega un golpe en el estómago y otro en la espalda y me dice: ‘Te estábamos esperando zurda’”.

La tortura comenzó con la desnudez y los abusos sexuales mediante manoseos, comentarios y risas sobre su cuerpo. “Me vuelven a vestir, me sacan la capucha y me ponen una venda en los ojos. Me llevan a otra habitación, donde siento que estoy sola, me acuestan en una camilla y meten un perro”. Le preguntaban si conocía a la Vasca (Graciela) Izurieta y (Francisco) Fornasari. A lo lejos se escuchaba “como una fiesta, una celebración de algo”,   cuando preguntó, le dijeron que habían liberado a un matrimonio.  Ya en libertad supo que eran Nora Barba y su marido.

En otra habitación, donde había más gente y sentía “gritos y llantos”, reconoció la voz de Horacio. “Era una construcción muy vieja, con olor a humedad.  Había otra pieza que oficiaba como enfermería, había un pasillo que comunicaba las piezas, y en ese pasillo estaban instalados los inodoros, no había baños. Había una galería que se llovía. Estábamos esposados. Siempre acostados y algunas veces nos sentaban en la galería a comer. Había gaviotas, árboles y mucha humedad. Un día sentí gente que estaba en el mar, chicos que gritaban y chapoteaban. También sentí una carrera de autos cerca. Cuando salí le conté a mi papá y me dijo que en ese momento se había corrido una que pasaba por la ruta de Punta Alta”.

Patricia mencionó un mangrullo y piletas y unas vías de trocha muy angosta en el patio. Eduardo Eraldo, otro de los cautivos, decía que estaban en Baterías. Eraldo lloraba mucho por su hijo Bocha, secuestrado dos veces, “el llanto de uno era el llanto de todos”. Gerardo Carcedo, “entró con una chica”. Había una mujer que trabajó en el Hospital Municipal y un matrimonio de Trelew.

Salvo fiesta de guardar

Algunos de los guardias eran Laucha, Viejo, Pájaro, “este último era muy violento, siempre con un rebenque”. “Había una música, un tocadiscos, que estaba puesto durante todo el día y toda la noche, era tal el sadismo que nos hacían escuchar Libre de Nino Bravo”. Los interrogadores llegaban todos los días, salvo los domingos “que era fiesta de guardar, era el día del señor”.

“Llegaban a la mañana temprano y empezaba la locura ahí adentro”. Patricia era obligada a presenciar la tortura a Horacio y viceversa. “Me hacían presenciar el llanto, el dolor, el gemido. Me pedían que lo ablandara. Que Horacio tenía que hablar porque sabía mucho. Quiero decir que estaba sufriendo mucho, pero su fortaleza espiritual era tan grande que siempre tuvo la convicción de que tenía que proteger a los compañeros de afuera y nunca dio el nombre de nadie”.

Cuando fue secuestrada, Patricia estaba haciendo el duelo de un hijo de meses fallecido por muerte súbita. Esto fue aprovechado por los torturadores para burlarse de ella y decirle que “lo había dejado morir”.

No comía porque todo le producía vómitos. Lo único que digería era el dulce de membrillo, por eso, “cada vez que había, no sé cómo se arreglaban, se lo pasaban por las esposas, los grilletes, y me daban el dulce a mí. La solidaridad entre nosotros era muy fuerte, nos protegíamos como podíamos”.

Insistió en que estaba embarazada y la llevaron ante un médico. “Me acuesta en una camilla y me hace tacto. Me dijo que estaba embarazada y después se le salto la chaveta. Me dijo: ‘¿Cómo te vas a arreglar zurda para tener que parir a tu hijo con las esposas en las manos, la capucha y los grilletes en los pies?’”.

“Un día tranquilo, un domingo, apareció alguien que nunca había aparecido en el lugar. Preguntó quién era Patricia Gastaldi, se sentó al lado mío  y me dijo que era sacerdote, que lo habían llamado porque yo rezaba todo el día y habían percibido que era una mujer de fe. Yo estaba con todos, ese sacerdote vio a todos los compañeros en las condiciones en que estaban. Me dijo que tuviera resignación, y me dijo una frase del Evangelio: ‘Padre, aparta de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya’. Son las palabras que dijo Jesús antes de morir”, explicó.

Durante los 46 días de cautiverio y ante el temor de que “se llevaran a uno y el otro no lo supiera” se comunicaban tosiendo. La confusión era otra de las herramientas permanentes de los represores.

“Nos acostaban a dormir y a la hora nos levantaban a las patadas diciendo que teníamos que almorzar. Terminábamos de almorzar y nos decían que teníamos que dormir porque ya era de noche. Recuerdo que cuando nos sacaban al patio, un torturador que llamaban Rubio me llevó a caminar y me dijo que me iban a liberar pero que antes tenía que ablandar a Horacio porque tenía mucha información y que, si no, la iba a pasar muy mal”, declaró.

Patricia manifestó que “Cacho era el jefe, olía a tabaco rubio y era el único que daba las órdenes. Me dijo que tenía que dejar a los pobres, el trabajo en la iglesia y la política, si no me iban a matar. El día que me iban a liberar lo vi a Horacio y le dije que estaba embarazada. Me dijo que a él lo iban a matar, que cuidara de nuestro hijo. A la noche me llevaron a un lugar, me pusieron una inyección que me adormeció, me subieron a un auto y pararon en la ruta y me dijeron que me iban a fusilar. Que me ponga de rodillas y que diga las últimas palabras, yo empecé a rezar. Dijeron ‘Apunten, tiren…’, y nadie tiró. Dijeron que había sido una broma”.

La abandonaron en la ruta y le advirtieron que las luces que se veían eran de Bahía Blanca. Caminó como pudo hasta frenar un camión y pedir ayuda. Estaba en las afueras de San Cayetano. Desde una estación de servicio en Energía pudo contactarse con una tía y esperar que la fueran a buscar.

“En la casa de Horacio transité el embarazo de Matías. El día del parto estaba asustada porque pensé que me iban a volver a secuestrar. No podía ir sola ni al baño. Me acompañaban a la vereda. Me llevaban y traían a muchos lados. Tenía miedo de dormir sola”, recordó.

Volvió a trabajar al Registro Civil donde le iniciaron un sumario por las 46 “faltas injustificadas”. La echaron y le prohibieron trabajar por cinco años en la administración pública. “Trabajé en una escuela de Cerri y tenía que meterme en las casas de los chicos pobres porque no iban a la escuela. Un conocido de mi papá le dijo que deje de trabajar ahí porque me estaban vigilando y sabían lo que hacía,  le dijeron que me iban a matar si seguí a ahí”.

A pesar de todo pudo rehacer su vida, volver a enamorarse y tener dos hijos más. En 1995 conoció el rostro de Eduardo Eraldo, su compañero de cautiverio, con quien habló del secuestro “que durante mucho tiempo había tenido enterrado”.

“En 1996 mi marido se había ido a trabajar a Uruguay, llego a mi casa, había un mensaje en el contestador del teléfono. Prendo y decía: ‘Subversiva, hija de puta, no sé si me conocés la voz, pero ya sabés quién soy y sabés que la vas a pasar muy mal’. Llame al hijo de Eduardo, Carlos, y estuve con mis dos hijos en su casa”. Los llamados y amenazas se repitieron, “hicieron lo posible por destruirme pero no lo lograron, en mi historia la vida siempre ha tenido la última palabra”.

Finalmente denunció que en 1978, el suboficial de inteligencia del Ejército Santiago Cruciani, quien se había infiltrado en la parroquia Nuestra Señora del Carmen bajo el alias de Mario Mancini, la vio embarazada al salir de su secuestro y “me acariciaba la panza y me decía ‘Matías va a nacer bien, no te preocupes’. Él era el que daba la información sobre dónde estábamos secuestrados, era el que le había dicho a (monseñor Jorge) Navarro que nos tenía la marina. (…) Para la Pascua de 1977 le dijo a Navarro: ‘No busquen más a Horacio, no hay nada más para hacer por él’”.

“Exijo saber qué hicieron con mi papá”

Matías Russin recordó que fue “muy duro” saber a los diez años que su papá no había muerto de una enfermedad al corazón. “No tuve mucha gente con la que poder hablar, con mis compañeros de escuela era difícil, me sentía bastante solo más allá de mi mamá”. Pudo apoyarse en un amigo, Ramón Rivera, hijo de un militante secuestrado y asesinado por el Ejército.

“Tuve mucho miedo, tenía pánico de quedarme sin mi vieja, muchas veces sentía cuando se iba a laburar que no volvía más. Con el trabajo del psicólogo lo pude superar. Hasta por lo menos la adolescencia mía, fue muy duro sentir que mi papá era como algo que no había existido en mi experiencia de vida concreta”, aseguró.

Durante la adolescencia su mamá le relató sus propios padecimientos. “Eso también fue algo que me marcó mucho porque estaba conmigo mi mamá y había padecido las atrocidades que cometieron los genocidas que tengo acá atrás. Había leído el libro Nunca Más donde se relatan experiencias en primera persona de los padecimientos en los centros clandestinos, fue bastante shockeante pensar que mi padre y mi madre habían pasado por esas situaciones”. En 1997 comenzó a militar en la agrupación H.I.J.O.S.

“Les exijo a los genocidas saber qué hicieron con el cuerpo de mi papá porque necesito una tumba para hacer el duelo, llevar una flor, saber que sus restos están ahí”, reclamó y celebró “la vida y militancia de mi papá y su compromiso por el otro”.

Finalmente, reivindicó “la lucha histórica e inclaudicable de los organismos de derechos humanos” y “la firme convicción política del ex presidente Néstor Kirchner” y advirtió que “los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos están presentes en nuestras memorias, nuestros corazones y en nuestras prácticas políticas cotidianas”.

3 thoughts on ““La vida siempre tuvo la última palabra”

  1. Pingback: Armada: más testimonios | Juicio Armada Argentina - BNPB

  2. Pingback: Mujer en Baterías | Juicio Armada Argentina - BNPB

  3. Pingback: Para no volver a silenciarlas | Juicio Armada Argentina - BNPB

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s