Por la solidaridad de Trelew

trelewazoSergio Maida y su entonces esposa, Liliana Toimberman, declararon días atrás durante el juicio contra 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Base Naval de Puerto Belgrano, sobre sus secuestros ocurridos en noviembre de 1976 en la ciudad de Trelew.

Sergio integró el comité de solidaridad con los presos del penal de Rawson y fue apoderado del ex dirigente de FAR y Montoneros, Roberto Quieto. Luego de ser capturado, fue trasladado junto a Liliana hacia nuestra región. Si bien pensaron que habían sido recluidos en Sierra de la Ventana o Tandil, las referencias sobre el lugar, sus represores y otrxs detenidxs coincide con el centro clandestino de detención, torturas y exterminio que la Armada Argentina montó en la Base de Infantería de Marina “Baterías”.

El juicio continuará esta semana con audiencias los días miércoles y jueves desde las 9 en la sede del rectorado universitario de Colón 80.

maidaEl psicólogo Sergio Armando Maida integró, durante la dictadura de Alejandro Lanusse, la comisión de solidaridad con los presos políticos del penal de Rawson como apoderado de Roberto Quieto. Casi dos meses después de la fuga que fue masacre varios de los apoderados fueron detenidos en Trelew y trasladados a la cárcel de Villa Devoto. Fueron liberados por un movimiento popular que se conoció como el Trelewazo.

El 5 de noviembre de 1976 “invadieron” su domicilio y lo secuestraron junto a su esposa Liliana Toimberman. “Teníamos dos pequeñas hijas y una chica que nos ayudaba a cuidarlas. Nos subieron a un auto, recorrimos dentro de la ciudad” y “suponemos que nos llevaron a la base naval donde me mantuvieron acostado en el pasto con una atadura que iba del pescuezo a los puños y a los tobillos. Nos inyectaron algún tranquilizante o somnífero porque perdí la conciencia. Mi mujer no llegó a dormirse y vio que nos colocaban en un avión. Cuando recuperé la conciencia estaba en otro lugar colgado de una pared, con ropa interior”.

En Trelew, los represores requisaron la casa y, con los esmaltes que encontraron en el baño, pintaron en las paredes “palabras como Montoneros, Viva Perón, llegaron hasta pintar a una perrita dálmata que teníamos”. De allí se llevaron algunos de los discos que reproducirían en el centro clandestino.

Los interrogatorios del centro clandestino fueron “muchos” y particularmente duros durante la primera etapa del cautiverio. En la sala de torturas, “me ataron a un elástico de metal de los puños y los tobillos” y “me aplicaban electricidad por todo el cuerpo”.

Las preguntas giraban en torno a las actividades de la comisión de solidaridad con los presos de Trelew, sobre Roberto Quieto y Mario Amaya. “Estaban buscando informaciones pero también estaban sometiéndome a un procedimiento irracional y muy doloroso”.

El campo de exterminio

En “un espacio cerrado” dormían y permanecían parte del día separados e incomunicados por unos “muritos” que fueron construidos durante su cautiverio, “curiosamente había unas lonas, como si hubiesen montado una carpa dentro del lugar”. El vendaje consistía en algodones colocados sobre los ojos cerrados y cubiertos por una venda enrollada en la cabeza, “era muy difícil ver y abrir los ojos, así y todo en algún momento era posible levantar la venda para espiar'”.

Acostumbraban sacar a lxs detenidxs a un lugar externo donde había “unas vías angostas”. Allí lxs dejaban parados bajo el sol por horas, “siempre con los tobillos y muñecas esposadas con cadenas y candados”. Quienes caían desmayados por el calor y el cansancio eran pateados por los guardias.

“La organización operacional administrativa del espacio constaba de dos grupos claramente definibles, uno era el grupo de los cuidadores, aquellos que estaban prácticamente todo el tiempo, traían la comida y nos vigilaban durante todo el día, con diversos apodos. Y otro equipo que identifico con la inteligencia, más interesados en informaciones, y tenían una cultura más elaborada, conocían muy bien el funcionamiento de las organizaciones armadas y políticas y ejercían un mando sobre los otros que eran gente más simple”, recordó Maida.

Transcurrido un tiempo de cautiverio los integrantes del grupo de guardias cambiaron pero conservaron sus apodos. “García” era el que correspondía al jefe. “El segundo ‘García’, me dijo que era comisario de la Policía Federal, que de repente lo llamaron a la casa y le dijeron que tenía que cumplir una misión, que iba a estar un mes fuera de casa y no le podía decir a los familiares dónde se encontraba. Fue bastante gentil, el primero fue más agresivo, más sádico”.

“A cada apodo correspondía una función diferente, había uno que era “Tierno”, yo conocí a dos, se me ocurre que tenía que ver con la función y la actitud que debía tener hacia los detenidos, era el más tierno, el que se dirigía con aparentemente más afectividad. Me acuerdo que estaban: Tierno, Negro, Jimmy, Fidel que era el que hacía el papel de enfermero”, relató.

Por su parte, “los interrogadores eran los mismos y no tenían una convivencia tan constante en el lugar, por ejemplo, sábado y domingo no había tortura. Eran cuatro o cinco y el que los comandaba, vino tres o cuatro veces, tenía el apodo de ‘el General’.

En el centro clandestino lo apodaron Colorado a la par de su esposa Liliana identificada por el color de su pelo. Compartieron encierro con “el Viejo y la Vieja, un muchacho que lo llamaban Carcedo, creo que era de Bahía. Era el único que no era un apodo. Un muchacho apareció un tiempo, le decían Ruso, una chica que la llamaban Virgen, creo que era porque era muy ingenua y constantemente la burlaban. El Viejo en algún momento dijo que era de Bahía Blanca y no sé si trabajaba o era propietario del Hotel España o Español. Había más mujeres que hombres”.

Consultado por la existencia de abusos sexuales o violaciones, Maida mencionó que ellos le “decían que abusaban de mi mujer, también me dijeron que habían matado a mis hijas, yo reconocí que eran formas de tortura psicológicas, no sabía si era verdad o mentira. Después hablé con mi mujer al respecto y creo que no fue abusada”.

Gestiones por su liberación

Adel Vilas.

Adel Vilas.

Maida tenía un tío médico que atendía en Goya, Corrientes, a varios represores y a sus familiares. Entre ellos el general Edmundo René Ojeda, ex jefe de la Policía Federal y el segundo comandante del V Cuerpo de Ejército, Adel Vilas. Una vez producidos los secuestros de Sergio y Liliana, el tío consultó a Ojeda en Buenos Aires y este lo mandó a hablar con Vilas. El genocida se asustó pensando que la visita estaba relaciona con la salud de su madre y luego se comprometió a averiguar sobre la pareja. Unos días después le informó que los había localizado, que “su sobrina iba a ser liberada” pero la situación de Sergio era “más complicada”.

“Yo había sido apoderado de Roberto Quieto, Quieto era uno de los jefes de FAR y después segundo jefe de los Montoneros, una persona profundamente odiada por las fuerzas armadas, yo fui brutalmente torturado por mi relación con él. Se imaginarían que Quieto había elegido como apoderado a alguien de su misma fuerza política, lo que no es verdad porque habían sido designados aleatoriamente. (…) Creo que la elección de los apoderados a secuestrar fue por el grado de importancia de nuestros presos”, aclaró y recordó que el mismo día de su secuestro, desaparecieron a Elvio Ángel Bel, quien asistía al líder del ERP Mario Roberto Santucho.

“En determinado momento vino el apodado ‘el General’ -alias que el testigo le adjudica a Vilas-  que tenía cierto acento correntino, y me vino con una historia que me pareció extraña porque Liliana es judía y era muy agredida por eso, ‘te vamos a hacer jabón’, ‘te vamos a fusilar’, realmente con un prejuicio evidente contra los judíos. Me dice: ‘Quería hablar con vos, que sepas que no somos nazis con Z, somos nacionalistas con C, no tenemos nada contra los judíos y si tengo un familiar enfermo que necesita un médico elijo uno judío porque son los mejores. Yo no entendía nada. Me dijo que iban a liberar a Liliana pero que ella dijo que sin mí no iba a salir”, aseguró Maida.

Una noche le ordenaron a ‘Fidel’ que les ponga unas inyecciones, los metieron en un auto encapuchados y “bastantes kilómetros” después pararon el auto y los dejaron tirados en el piso. “Dijeron que contásemos hasta cien y que estábamos libres, yo estaba esperando el tiro”. Un camionero los acercó hasta San Antonio Oeste. Tiempo después salieron del país junto a sus hijas con destino a San Pablo.

“Acabó con mi vida”

La entonces esposa de Maida, Hilda Liliana Toimberman, recordó la noche del secuestro en su casa de Trelew. “Estaba por salir hacia el diario -era correctora-, poco antes de las 22, cuando abrí la puerta di de cara con cuatro autos ocupando la calle. Había un auto de la policía provincial”. Cerró la puerta y dijo: “Sergio, ¿tenés documentos? Vino la policía”. En la vivienda estaban sus hijas y la niñera. “Me quedé toda la noche con las nenas y la perrita y al otro día nos vino a buscar el hermano de él”, recordó a su turno María Virgen Quintaman.

Liliana aseguró que llegó a la Base Almirante Zar sin dormirse del todo. La inyectaron nuevamente y se despertó en un avión militar. “Pregunté, ¿dónde estoy? Y una persona me dijo ‘No te muevas porque si te movés para la izquierda o la derecha te caes al mar”.

“Fui constantemente sometida a interrogatorios bajo tortura de picana eléctrica. Me acostaban en una cama de hierro, me ataban con cadenas y trapos los pies y los brazos, me pasaban la picana tanto dentro de la vagina como en diferentes partes del cuerpo. Me dijeron que no me iban a dejar criar más hijos, que me iban a hacer jabón como hacía Hitler con los judíos en los campos de concentración. Yo trataba de explicar que no era guerrillera, que no tenía ninguna militancia, que nunca había pisado ni conocía la prisión de Rawson”, relató.

Coincidió con Maida en la mención de sus compañerxs de cautiverio: “Carcedo, la Gorda, la Vieja, el Viejo -trabajaba en un hotel de Bahía Blanca-. Una vez trajeron a un muchacho que se llamaba Ruso que al poco tiempo de llegar tenía apendicitis, lloraba del dolor, contaba que la mujer había tenido un bebé, al día siguiente desapareció. Había una persona que se llamaba Virgen, por los gritos recuerdo que la torturaban muchísimo”.

Entre los guardias rememoró a “Jimmy”, “Tierno”, “el Negro”, “Carlitos”, “García”, “el médico Fidel” y “el General”. “Algunos se hacían los buenos, otros eran los malos. Una vez, uno de los buenos se me acercó y me dijo que se sentía muy atraído por mí, que me sacara la máscara para que lo viera. La primera recomendación que me habían hecho cuando llegamos era que no nos podíamos sacar la capucha porque nos mataban. Yo me negué, me pide que lo imagine físicamente, riéndose me dijo: ‘Yo jamás podría tener barba y bigotes porque no está permitido’. Me hizo una propuesta. Si yo me levantaba la venda, me ayudaba a escapar juntos. No acepté y desde ese momento me dijo que todos sus ratos libres los iba a pasar al lado mío. Me contaba sus sueños, incluso uno donde soñó que secuestraban a su hermano. Me contaba las misiones que tenía, ‘Esta noche no voy a estar, tengo que ir a secuestrar personas'”.

Permanecía atada y con una cadena alrededor del tobillo.  “Afuera había unas vías de una trocha bien angosta como para llevar carros, o tal vez un ferrocarril pequeño. La sentía cuando pasábamos caminando por el lugar”. Para bañarse la llevaban “de vez en cuando a un lugar muy oscuro, chico y era el único momento en el que nos podíamos sacar la venda, no se veía nada, creo que era de metal o de hierro por dentro, me daban una toalla mojada y ropa de gente que habían matado, nunca acepté”.

“Me habían dado la función de lavar los platos, percibía así cuantas personas había y también sabía cuando habían matado a alguien o se lo habían llevado porque disminuía el número de platos. Muchas noches nos sacaban a un lugar, era al aire libre, había simulacros de fusilamientos constantemente, escuchaba los tiros y varias veces cayeron cuerpos al lado mío, tenía seguridad que la próxima era yo. Una noche a dos muchachos les ofrecieron vino, nunca había pasado antes, me llamó la atención. Imaginé cosas, al día siguiente cuando fui a lavar había dos platos menos”, denunció.

Avanzado su cautiverio la llevaron ante un grupo de represores para mostrarle fotografías e interrogarla sobre política. Le anunciaron que uno de ellos no iba a hablar porque podría reconocerlo por la voz. “Habían hecho un juicio entre ellos, me habían declarado inocente y me dejarían salir en libertad pero Sergio continuaría ahí. Les dije que había entrado con Sergio y solo saldría con Sergio, que mi vida no iría a tener sentido si salía de ese lugar y abandonar a mi marido sabiendo que era inocente”. Más adelante, ‘el General’ le dijo que ambos serían liberados.

El guardia que se había obsesionado con ella le advirtió que sabía dónde encontrarla  y que “esté dónde esté y sea cuándo sea él iba a buscarme para quedarse conmigo”. Aquella amenaza “fue determinante para venirnos a Brasil”, dijo por videoconferencia.

Preguntada por las consecuencias padecidas desde aquel cautiverio, Liliana afirmó que “acabó con mi vida en todo sentido, dejé mi país, mis amigos, mi familia. Mis hijas crecieron con otra lengua y con problemas psicológicos (…) yo tomo antidepresivos, tuve un intento de suicidio. Sergio Maida, por el cual yo di mi vida y me quedé en el lugar de secuestro… Se destruyó mi familia, nos separamos. Lo atribuyo a estos hechos porque Sergio cambió mucho, quedó absolutamente traumatizado y agresivo”.

“Quería agradecerle fundamentalmente por su manera, tranquila, cálida, que me permitió expresarme. Creo que si en su lugar hubiera estado otra persona, que no me hubiera abierto un canal que me hubiera permitido expresarme no hubiera podido, le agradezco mucho y tuve la suerte de que sea usted”, dijo al finalizar en alusión a la atención del fiscal José Nebbia.

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