Un represor en la familia

El ex comisario Palmieri preside la sociedad de fomento de Argerich.

El ex comisario Palmieri preside la sociedad de fomento de Argerich.

Silvia y Héctor Larrea trabajaban en dependencias del Departamento de Agronomía de la Universidad Nacional del Sur en Argerich, partido de Villarino, cuando fueron secuestrados y llevados a un centro clandestino de detención, torturas y exterminio por varios días.

Declararon la semana pasada en el juicio que investiga crímenes de lesa humanidad cometidos en jurisdicción de la Armada Argentina durante el terrorismo de Estado. También lo hicieron Celia, hermana de las víctimas, y Pablo, el hijo de Héctor que compartió los recuerdos de la noche del secuestro ocurrido cuando tenía solo tres años.

Mientras se recuperaba de las consecuencias físicas que le dejaron las torturas durante el cautiverio, un policía se presentó en la casa de Héctor para hacerle firmar una declaración falsa. “Tiene dos opciones, o firma o le reviento una bala en la cabeza porque usted es montonero y yo me gano un galardón”, dijo el represor. El testigo dudó en dar el nombre y explicó: “El problema es que está metido en la familia mía… Le digo, el señor se llama Horacio Palmieri, comisario. Está juntado con mi hermana”. Estaba previsto que el acusado declare como testigo pero su presentación se descartó para investigar su responsabilidad penal.

Las audiencias del juicio continúan hoy y mañana desde las 9 en Colón 80.

“Me sacaron las ganas de vivir por un tiempo”

Silvia Haydé Larrea en 1976 daba clases de inglés y trabajaba en los establecimientos rurales de la Universidad del Sur en el partido de Villarino. No tenía militancia orgánica pero compartía las simpatías familiares por el peronismo. “Me interesaba la política, trabajaba con un grupo que pintaba murales en Médanos en sus momentos libres”. Por fuera de su tarea en el Departamento de Agronomía visitaba las chacras de la zona junto a grupos de estudiantes para asesorar sobre la administración de los emprendimientos, sus cultivos y formas de vida.

Una noche posterior a la muerte de Perón, Silvia viajaba hacia Bahía Blanca para ver la película Nazareno Cruz y el Lobo y pensaba volver a tiempo para no perderse la pelea de Nicolino Locche. Iba despacio cuando a la altura del puesto fitosanitario cruzó “un Fiat 600 que iba muy ligero, lo alumbré, se tiraron a la banquina y sentí tres disparos”.

Frenó en El Cholo y esperó que pase el otro auto para ver la patente. El coche paró y bajó un tipo de civil y otro con un gamutón. Eran los oficiales de la Policía Bonaerense de Médanos Tuarmina y Frank “el panadero”, más atrás se quedó el cabo Bustos. Al día siguiente, a pesar de las negativas de su familia, los denunció y “les dieron un mes de pena administrativa”.

En su pueblo decían que era montonera. “Uno veía los autos que manejaban los hermanos Bustos, los veíamos parados con tiros, yo tenía el auto con tres balas, y la gente en un pueblo chico… notaba que iban a ver mi auto a ver si estaba baleado o no. No sé si eso creó un ambiente, junto a las pasantías, me vestía de forma particular porque la universidad nos daba un saco verde, usaba borceguíes”.

El 24 de septiembre de 1976 terminó de dar clases, se cambió y fue para la iglesia donde se casaba su hermana Celia. A la noche volvió en su auto, pasó sin cuidado frente a los reflectores que alumbraban la estación y escuchó al perro ladrar raro cuando llegó. “Cuando voy a prender la luz vi salir de la cocina gente armada y me agarraron”, contó. En una habitación le cambiaron la pollera por un pantalón y le preguntaron por qué tenía un rifle y una pistola de tiro al blanco. Le taparon la boca con cinta adhesiva y le hicieron aspirar éter.

Encapuchada la llevaron en su propio vehículo a un lugar dónde escuchó a su hermano. “Uno dijo: ‘Bueno, al que habla le das un tiro en la cabeza y se terminó. Ahí empezó el espanto”. Los tipos la revisaron “porque las montoneras como vos tienen una pastilla en la vagina y cuando se ven en mal momento se envenenan. Sentía que me estaban todos mirando, era horrible”.

La obligaron a acostarse en el suelo con una lata como almohada. Dijeron: “Somos cinco tipos, vas a tener relación con todos y vas a decir que sos feliz. Yo dije ‘Estos tipos me van a tocar lo que quieran del cuerpo pero el alma no, supe separar perfectamente el espíritu del cuerpo, sentí por primera vez en mi vida que uno podía hacer una extracción del cuerpo”. Uno se le presentó como “el Cristiano” y le prometió ayuda si le pasaba algo. Silvia le relató lo de los cinco tipos: “Eso no me lo cuentes porque a lo mejor fui yo”, fue la respuesta.

Al tiempo, otro represor la interrogó “de forma muy cordial y amable” sobre su vida, la universidad y algunos de sus compañeros de trabajo. Ella comentó sobre un torno que había regalado la base naval. “‘Ah, acá en Puerto Belgrano’, dijo él. Por eso estoy convencida que estaba ahí, además las gaviotas, se sentía olor a mar”.

“Me llevaron a otro lugar, me hicieron sacar la ropa, llovía y hacía frío, y me colgaron de pies y manos, me mojaron el pecho y me pasaban como una bolita con electricidad que me hacía temblar”. Luego del interrogatorio la cambiaron de sala y le encadenaron los pies. Se acercó el alias ‘el Jefe’ y le dijo que “tenía que lidiar con gente buena, que no me tenía que mezclar con gente de la policía ni los zurdos, Ferrejans (del Departamento de Agronomía) era de la Tendencia en esa época, gente buena como tu hermano. Me pareció ridículo porque si a mi hermano lo tenían detenido cómo me decían eso”.

La madrugada siguiente la liberaron en la entrada de Cabildo. “Les pedí la capucha de recuerdo, yo decía el día de mañana cuando todos estos tipos se vayan la voy a mostrar”, dijo un rato antes de reconocer en la audiencia aquel objeto aportado como prueba.

“Tenía terror, pasé quince días sin dar clase, parecía que me seguían, que todos me miraban. Sentí la muerte muy cerca y después pensé demasiado en lo que es la vida y la muerte, me parecía que ninguna cosa valía la pena recién empezada, me sacaron las ganas de vivir por un tiempo”, recordó y agregó que sus tías “muy católicas” pidieron ayuda a monseñor Jorge Mayer quien las rechazó porque “ya le había pasado con otros y lo habían hecho quedar mal”.

“Quiero saber por qué me secuestraron”

Héctor Larrea, ex administrador del campo de la UNS en Argerich, volvió del casamiento de su hermana Celia, junto a su esposa, su suegra y su hijo de tres años. Encontraron la casa oscura y cuando ingresaron fueron reducidos por el grupo de uniformados con capuchas y armas largas. Golpeado y encadenado lo trajeron a Bahía Blanca.

La primera parada fue ante tres camiones “con un ruido ensordecedor fuertemente custodiados”. Unos minutos después siguieron hacia otro destino.

“Me hicieron pasar un pasillo, a la derecha había como una pieza grande, me metieron a empujones, trompadas y patadas, me sacaron la capucha y me vendaron los ojos. Me ataron a un árbol con las manos atrás y las cadenas en los pies. Como venía de la fiesta donde había tomado un poco de más no me hizo tanto dolor, lo fui sobrellevando, me dejaron solo y cada tanto venía uno y me pegaba”, declaró.

La tortura era permanente, le preguntaban si conocía al jefe montonero Mario Firmenich y qué relación tenía con “otro muchacho que después apareció muerto”. “En una cama, me tiraron los pies para adelante y las manos para atrás, no sé si daban vuelta una rueda o palanca y levantaban unos pinchos que me daban en la espalda y en las piernas”.

Otra vez le prometieron “un día especial”, le dijeron que pida lo que quisiese, ante la insistencia, Héctor eligió asado con vino y algún cigarrillo. “¿Sabés por qué te damos todo?”, preguntó un represor. Y siguió: “Porque después que comás y fumés te vamos a matar”. Antes le habían dicho que la noche anterior habían matado a su esposa, su hijo y su suegra en Argerich.

“Yo rezaba todo el santo día, le pedía a Jesús que me asistiera. Me pusieron frente a una pared y un tipo decía ‘apunten, tiren’ e hicieron una ráfaga, no me pegó ningún tiro pero me salpicó la cara, todos pedazos de revoque. El jefe los insultó y simuló otro fusilamiento con su pistola”, detalló y agregó que días después fue liberado cerca de El Divisorio.

“Estoy pasando el papelón de llorar por contar lo que sufrí, quiero que me digan, usted debe saber, ¿por qué me secuestraron? (…) Hace 38 años y es como que lo pasé ayer. Esta gente no tiene perdón, son asesinos”, finalizó Héctor.

El cuñado represor

La defensa pública pidió que se le muestre a Héctor Larrea una declaración de octubre de 1976 supuestamente realizada en la comisaría de Médanos tras su liberación. “Yo no fui a la comisaría, cuando salí, que estuve en cama varios días, el policía estuvo en casa y llevó la declaración y yo la firmé. Tal es así que al policía que fue le digo que llevaba la cosa hecha, yo no la leí. Le digo: ¿Cómo voy a firmar si no dije nada? ‘No, nosotros sabemos bien lo que pasó. Tiene dos opciones, o firma o le reviento una bala en la cabeza porque usted  es montonero y yo me gano un galardón'”, explicó.

-¿Recuerda cómo se llama esa persona que le hizo firmar?, preguntó el juez José Triputti.

-Sí, pero no lo voy a decir.

Ante la insistencia del tribunal, Larrea aseguró que “el problema es que está en la actualidad en la familia. Está metido en la familia mía… Le digo, el señor se llama Horacio Palmieri, comisario. Está juntado con mi hermana”.

A su turno, su hermana Silvia mencionó que su relación con el comisario “no es el Síndrome de Estocolmo” porque “lo conocía de antes”. Sostuvo que Palmieri hizo averiguaciones ante el Servicio de Inteligencia y la policía bahiense. También hizo gestiones, entre otros, ante el “capitán Guiñazú de la marina” y el comisario Noel. Palmieri “había sido nombrado para ocupar el Servicio de Inteligencia. Resulta que un tal comisario Rosas, mando una carta al general Camps diciéndole que Palmieri tenía relaciones con una montonera y le anularon el traslado”.

“Tenemos distintas maneras de pensar, muchas veces yo hablo de terrorismo de Estado y él habla de otra cosa. Él me dice que de alguna manera yo lo salvé porque de haber ido al Servicio de Inteligencia hubiera estado en un problema”, dijo Silvia, sin embargo, el problema se lo generó él mismo al hacer firmar a Héctor bajo amenaza de muerte la falsa declaración policial. Tras haber conocido el hecho y luego de un cuarto intermedio, el tribunal que se aprestaba a recibirle declaración como testigo lo dejó de lado para iniciar las investigaciones correspondientes sobre el pasado del comisario.

Niño testigo

Héctor Pablo Larrea tenía tres años y meses cuando fue testigo del secuestro de su padre y “lamentablemente” tiene “recuerdos propios”.

Declaró que al volver del casamiento de su tía Celia a su casa en Argerich “bajé con mi abuela, fui de la mano, hasta la puerta de entrada. Fue ella quien insertó la llave y sacó el cerrado y fui yo quien empujó la puerta y, al terminar de abrirla, se encontraba una persona que me señaló con su dedo índice en clara señal de que mantuviera silencio. Mi abuela preguntó qué pasaba, le dije que había un señor detrás de la puerta. El señor abrió, se dejó ver ante el resto, le dijo a mi abuela que se tranquilizara, que era un procedimiento de rutina y nos acompañó hasta un sector de la casa”.

A Pablo le “sorprendió que tuviera un arma larga en sus manos, no entendía que era lo que pasaba. Al tiempo se acercó esta persona que estaba detrás de la puerta y le dijo a mi mamá que contáramos hasta cien y luego nos podíamos levantar y que de no hacerlo nos iba a matar a los tres. Asentimos, esperamos, empezamos a contar, sentíamos el ruido de muchos vehículos saliendo del lugar”.

Al cuidador del lugar José Eloisegui lo habían atado en una habitación. En la cocina la mitad de la mesa estaba cubierta por “una montaña” de alimentos y en la otra “había un mazo de naipes y algunos porotos”.

En un momento Pablo se durmió y al despertar comprobó que “estaba todo desordenado, habían tirado todo, había cosas tiradas en el patio, todo revuelto. Mi abuela, una persona que gustaba mucho de las plantas y las flores, habían cortado todo”. Luego se acercaron algunos familiares para salir a buscar a Héctor y Silvia y él pasó la mayor parte del tiempo con su abuela.

“Al otro día me invade un terror de que vuelvan en cualquier momento, me costaba conciliar el sueño, a poco de esto nos mudamos de esta casa que era dentro del casco de la estancia de la UNS para irnos al pueblo donde teníamos una casita en el barrio. Era muy difícil porque no lograba sacarme de la cabeza que iban a volver, empecé a imaginar estrategias para esconderme y como tampoco era mucho el lugar donde vivíamos implementaba algunas cosas como ponerme entre el colchón y el elástico como una forma que si entraban de vuelta no vieran que estaba acostado, o resguardarme detrás de un ropero. Eso duró mucho tiempo”, describió.

Otras consecuencias fueron los “sueños recurrentes durante años”, las pesadillas de su papá. Tiempo después “mi padre recibe un sobre con un cuchillo que le habían robado esa noche, lo que deja latente que la presencia de los secuestradores era vívida”. Así fue tratando de “no olvidar pero ir solucionando las cosas”, soportando a la vez “comentarios de vecinos que le decían a mi papá qué bueno sería que vuelvan los militares al gobierno”.

Sus padres cambiaron, Héctor “es una persona por demás alegre, se la pasaba haciendo bromas, cuando volvió ya no era tal, lloraba mucho, conmigo siempre tuvo el afecto que tiene hasta el momento, una relación muy estrecha” y su mamá siempre se preocupó por él pero su cuerpo padeció esta historia generando una rara enfermedad que padeció durante 16 años. “Si estoy acá es porque me gustaría que esto nunca más vuelva a suceder. Que mi hijo ni nadie pase las cosas que yo pasé, la infancia de un niño tiene que ser feliz y espero que eso sea para todos”, finalizó.

2 thoughts on “Un represor en la familia

  1. Pingback: Marinos contra la deformación naval | Juicio Armada Argentina - BNPB

  2. Pingback: Para no volver a silenciarlas | Juicio Armada Argentina - BNPB

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s