Marinos contra la deformación naval

Foto Perfil

Acosta: “Las fuerzas armadas prepararon el terreno”.

El ex suboficial Aníbal Acosta describió ayer cómo, desde principios de los ’70, la Armada formaba a los cadetes que luego intervendrían en los crímenes del terrorismo de Estado en el marco de la “lucha contra la subversión”. El testigo fue expulsado de la fuerza tras participar de la sublevación encabezada por Julio César Urien contra aquellas políticas represivas.

“Cuando uno salía a la calle con el uniforme de cadete veía que los civiles estaban con bronca, uno percibía la agresión, eso para algunos resultaba inquietante y hasta preguntaban por qué era así, los oficiales que tenían que defender a su patria tendrían que tener una buena relación con la sociedad civil y no ese odio”, dijo ante el tribunal oral que juzga a 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Marina.

El arquitecto Gonzalo Conte recordó la inspección judicial realizada en 2007 en las bases de Puerto Belgrano y Baterías. Afirmó que “los testimonios coinciden con las estructuras edilicias” y ratificó que las baterías pueden haber sido “instrumentadas o reformadas para recibir personas detenidas pero, básicamente, son espacios aptos a los fines de una situación de tipo carcelaria”.

También brindó su testimonio el prefecto (R) Enrique Alberto Fernández sobre el secuestro de su hermana Diana Miriam. Una nueva audiencia comenzará a las 9 en Colón 80 de Bahía Blanca. Pueden ingresar mayores de 18 años presentando sus DNI.

El profesor de la UBA y ex suboficial Aníbal Amílcar Acosta fue dado de baja de la Armada el 1 de julio de 1974 luego de cuestionar las políticas represivas de la fuerza e intentar enfrentarlas junto a otros marinos. Formó parte de la Promoción 100, trágicamente célebre por ser también la de Alfredo Astiz, Ricardo Cavallo y otros genocidas.

Acosta egresó en 1971 y hasta 1973 fue destinado al portaaviones 25 de Mayo. A pedido del fiscal José Nebbia relató que en la Escuela Naval la “formación fue profesional, incluso las formas más irregulares se daban en la guerra militar normal, en algunos casos se daban pruebas de tortura pero era por si uno caía prisionero sobre cualquier fuerza regular y se hacían pruebas de resistencia y carácter”.

Recién como guardiamarina se dio cuenta que las películas sobre la guerra de Argelia que les proyectaban tenían un objetivo claro. Mostraban “las formas que después se plantearon en Argentina, la guerra contra la subversión haciendo desaparecer a las personas”. Sus superiores interrogaban a los suboficiales sobre “qué actitud se tomaría si hubiese una manifestación cuando uno estuviera de guardia en un buque. Yo revelé que ese asunto no era de la marina, dije que yo me preparaba para luchar contra otros países y no tenía situación policial, me di cuenta que no les gustó. Otros suboficiales decían que les tirarían con ametralladoras y eso les parecía una respuesta correcta”.

“Estaba en tercer año, algunos conocidos oficiales, aparte de personas del Ejército, me habían contado la experiencia de compañeros que habían hecho cursos de inteligencia en la Escuela de las Américas y referencias de prácticas de tortura a presos en Brasil”, sumó. Otros oficiales proponían “una forma de guerra ya mucho más decidida” como la del Paraguay de Stroessner. “Tomaban diez o doce prisioneros y los tiraban de un avión y dejaban uno vivo, planteando que era una forma de que confesaran”.

Antes del viaje de instrucción los suboficiales tuvieron un encuentro con un cientista político de la Facultad de Derecho para conocer el lugar que iban a visitar. “Algunos camaradas plantearon discusiones como, por ejemplo, el caso de México que había sido invadida por Estados Unidos y el tema del colonialismo. (…) El jefe dijo ‘esta es la postura de la Armada, Estados Unidos no es un imperialismo y el que no lo cree se puede ir de baja”.

“Algunos nos dimos cuenta de lo que eso significaba. Cuando uno salía a la calle con el uniforme de cadete veía que los civiles estaban con bronca, uno percibía la agresión en la calle, eso para algunos resultaba inquietante y hasta preguntaban por qué era así, los oficiales que tenían que defender a su patria tendrían que tener una buena relación con la sociedad civil y no ese odio”, sostuvo Acosta.

El panorama descripto motivó las reuniones con camaradas como Julio César Urien para analizar “qué podía pasar más adelante”. Además de Aníbal y Julio solían participar Urien padre y “un sociólogo muy inteligente que se hacía pasar como un gran revolucionario”. Aquellos debates desembocarían en el levantamiento de un grupo de oficiales y suboficiales del batallón de Infantería de Marina de la Escuela de Mecánica el 17 de noviembre de 1972, ante el inminente regresó de Perón, para repudiar las políticas de la Armada.

“A mí me detienen (en Puerto Belgrano) en el mismo momento en que Urien se subleva. Me llevan al portaavión, ni siquiera sabía que Urien se había sublevado. Los servicios de inteligencia de la Armada tenían muy claro que yo había tenido reuniones con el papá de Julio”, contó y comentó que su búsqueda era la de los valores nacionales: “Me crucé con Julio que tenía el proyecto del padre de una Argentina independiente, estamos hablando de los años 68/70 que estaba en vigencia la guerra de Vietnam, pueblo pobre que se enfrentaba a Estados Unidos, con la intención de romper una dominación, el hecho pasó desapercibido hasta que cuando me llevan detenido me interroga un oficial de inteligencia con preguntas muy puntuales”.

Los Urien habían acordado llevar armas a la Juventud Peronista y se desencontraron. El encargado de coordinar la acción era “el sociólogo” que participaba de las reuniones. “Yo era un oficial de la Armada y ese hombre era de Inteligencia y ya estaba infiltrado en los grupos políticos. Este señor se llamaba Orueta y en Córdoba había escalado en la organización Montoneros y se había metido en una unidad básica y les decía que había que atacar a las comisarías cuando el resto no querían hacerlo, cada vez que iban los hacían pelota hasta que lo descubrieron”.

“Yo quiero plantear que los servicios de inteligencia estuvieron actuando desde mucho antes, se estuvo preparando el terreno. El ERP, los Montoneros, nunca representaron un peligro militar para las fuerzas armadas, por eso uno se pregunta por qué corno fue tan violenta la represión. Las fuerzas armadas estuvieron aprovechando y estimularon la guerrilla con posturas militaristas para poder reprimir”, finalizó Acosta.

Cabe destacar que nuevamente la exposición del testigo se vio interrumpida por las defensas, especialmente la oficial, que volvió a ser apercibida por el tribunal por la falta de “fundamentos normativos” de sus quejas.

Edificios que denuncian

Foto: BahíaGris

Baterías. Foto: BahíaGris

El arquitecto Gonzalo Conte, integrante de Memoria Abierta, se refirió a la inspección realizada el 19 de octubre de 2007 en las bases Puerto Belgrano y Baterías. La medida fue ordenada por el juez Eduardo Tentoni a instancias de los fiscales Hugo Cañón y Abel Córdoba y contó con la participación de casi una decena de sobrevivientes. Por lo menos tres espacios fueron reconocidos por los testigos como su lugar de “confinamiento o detención”.

El primero de ellos fue el edificio de Policía de Establecimientos Navales. “Recorrieron las formas de llegada previa al edificio, la entrada a la base, reconocieron las calles de acceso, el pavimento. Y ya allí, antes de acceder, hicieron una descripción con las circunstancias vividas por cada uno. Dentro del edificio (Edgardo) Carracedo, (Jorge) Izarra y (uno de los hermanos) Giorno contaron con detalles su llegada a lo que es la parte posterior, que es un patio que ahora está cubierto, donde esperaron el interrogatorio durante horas“.

(Héctor) Larrea dice haber sido llevado allí y otros testigos también recibieron apremios, describen la tortura con una máquina de electricidad. (…) Reconocieron varios desniveles y ambientes en donde fueron interrogados, incluso encontramos algunos tabiques marcados como demolidos, en la loza superior indicando esas particiones distintas”, agregó.

Si bien el Buque ARA 9 de Julio ya no se encontraba amarrado en las dársenas de Puerto Belgrano, Conte aseguró que los testigos pudieron mostrarle al juez el lugar donde estuvo y describir el “entorno inmediato, las dársenas y las grúas” que observaron desde el ojo de buey cuando pudieron quitarse las capuchas. Hubo otras inspecciones “con menos éxito” en hangares y galpones.

Por la misma base llegaron a otro de los campos de exterminio: “A unos diez kilómetros sobre la costa se desarrollan estas baterías antiaéreas de custodia, en aquella época de la historia militar de la costa”. Recorrieron la sexta y luego la tercera. “(Martha) Mantovani hizo un reconocimiento de los espacios que componen específicamente el lugar donde estaban situadas las baterías. Son edificaciones de corte murario importantes, con estructuras abovedadas y una secuencia de espacios cerrados y semicerrados, muy acustizados por el espesor de las paredes y conectados en su lado interior por una circulación que los hacía funcionales. Había otras edificaciones donde aparentemente podían haber sido alojados los que conducían estas detenciones y situaciones específicas”.

El arquitecto explicó que encontraron modificaciones y destacó que “en el pasillo conector, por detrás de estos espacios más grandes dispuestos en formato de peine, había un tabicado de ladrillo hueco que impedía la utilización de esa circulación en sentido transversal a estas naves. Vimos algunas adaptaciones”. Mantovani también identificó los “ganchos metálicos insertos en las paredes laterales” de los cuales la colgaban, tal como denunció días atrás.

“Este lugar tenía algunas adaptaciones en cuanto a instalaciones eléctricas pero no necesariamente de esa época. En los últimos años estas instalaciones fueron oficinas o depósitos y no es fácil saber qué es original y qué no. Sí diría la interrupción de estas circulaciones y los insertos metálicos que se nota que tenían muchos años en el lugar”, aclaró el experto.

Los espacios estaban distribuidos como naves separadas entre sí, de poco más de tres metros de ancho por cinco o seis de largo, encadenados con otros sitios conectores “más chicos y restringidos” y “con esta circulación que lo que hacía era conectar las naves”. “Lo que permitía es concentrar una cierta cantidad de personas por nave y esa circulación trasera podía vincular estos espacios sin necesidad de salir al exterior”.

Conte ratificó que las baterías pueden haber sido “instrumentadas o reformadas de tal manera que pudiese recibir personas detenidas pero básicamente son espacios aptos por sus características, su capacidad constructiva, su carácter de encierro, con muy pocas perforaciones y horadaciones o ventanas hacia el exterior, con acceso a compuertas en algunos casos originales de madera maciza, fuerte. A los fines de una situación de tipo carcelaria diría que sí, que podrían ser aptas”.

Como conclusión, el arquitecto afirmó que tanto la sede de la policía naval, como el buque 9 de Julio y las baterías “tenían condiciones suficientes como para disponerse a las distintas facetas que tenía el proceso de captura, de traslado, de espera a la situación de interrogatorios de diverso tipo o las situaciones de cautiverio más permanente, por uno, dos o tres meses como el buque o específicamente detenciones particulares que se desarrollaran más fuera de la luz en el caso de Baterías”. A su vez, insistió en que los testimonios coinciden con las estructuras edilicias.

El hermano prefecto

El ex prefecto Enrique Alberto Fernández brindó testimonio sobre el secuestro de su hermana Diana Miriam. A sus 30 años el testigo se desempeñaba en el área de logística de Prefectura a órdenes del prefecto Pedro Alberto Pila y del jefe de la fuerza Oscar José Francisco Rizzo.

Relató que “un día de 1976 me llamaron avisando que habían venido a buscar a mi hermana en Villa Rosas. Salí preocupado, llegué a la casa de mi padre y había dos blindados y soldados con armas largas. Me identifiqué ante un infante de marina y me apuntaron con las armas. Me presenté e ingresamos a mi casa con el oficial a cargo. Adentro estaba mi familia, luego del allanamiento se retiraron y yo me fui a la Prefectura”.

En la sede de la fuerza enfrentó al prefecto principal Rizzo y a Hernán Lorenzo Payba, capitán de navío de infantería de marina imputado y fallecido antes del inicio del juicio. “Lo traté de hijo de mil putas a Payba y lo increpé, me pidió disculpas y me dijo que no lo atacara. Rizzo me prometió que iba a interferir, yo me tenía que presentar con mi hermana. Fuimos hasta el Comando V Cuerpo del Ejército en Falcon y allí quedó detenida. Al otro día mi padre me avisó que podíamos irla a buscar”.

Fernández negó que su hermana haya sido maltratada, más allá del “stress propio de haber sido detenida” y comentó que habló con el acusado “Martínez Loydi sobre esta situación, le pregunté por mi futuro en Prefectura y me dijo que este hecho no afectaba mi carrera. (…) Mi hermana fue detenida por su ideología, por un novio que tenía. Estaba en la universidad y no hablábamos sobre ese tema”.

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