La lista de La Nueva Provincia

azucena“Había escuchas a La Nueva Provincia y mi padre nos advirtió de un listado de personas, un listado en el que recuerdo que mi nombre estaba”, dijo Azucena Racosta ayer por la tarde ante el tribunal oral que juzga a 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Base Naval Puerto Belgrano.  Agregó que “muchos compañeros y compañeras estamos vivos porque nos advirtieron que La Nueva Provincia pasaba nombres para que fueran eliminados”.

La testigo fue propuesta por la defensa oficial y relató las persecuciones de la Triple A contra la Tendencia Revolucionaria de la Juventud Peronista en la que militaba y su encuentro fortuito con Martha Mantovani, sobreviviente del centro clandestino Baterías, torturada e interrogada frente a una foto suya.

“Se hace insoportable la idea de pensar que a alguien la abusaron, la torturaron, la maltrataron con una foto de uno cuando además ni siquiera ella me conocía. Siempre pensé las cosas que le deben haber hecho a Martha para haberme encontrado tiempo después y haberme reconocido. Cómo se le había grabado mi rostro”, aseguró.

 Hoy continúan las declaraciones testimoniales desde las 9 en Colón 80.

La periodista y docente universitaria Azucena Beatriz Racosta fue ofrecida como testigo de la defensa luego de ser mencionada en la audiencia del 26 de noviembre. Los abogados oficiales se miraron sorprendidos cuando el fiscal les dejó el interrogatorio en sus manos porque: “no recuerdo haberlo pedido, sinceramente no…”. El dr. José Triputti aclaró que la convocatoria refería a la desaparición de Jorge Eleodoro Del Río y, mientras deliberaba con sus pares de tribunal Martín Bava y Jorge Ferro, el juez sustituto Marcos Aguerrido levantaba las cejas ante la mirada de la mujer sentada en el centro del escenario.

Azucena conoció a Jorge del Río durante los primeros setentas. Si bien pertenecían a distintas agrupaciones, antes de las elecciones del 73 -“irónicamente”- todos los sectores peronistas se reunían en el edificio de la CGT de Mitre y Rodríguez: “Allí nos conocimos muchos grupos, muchos jóvenes, Jorge venía de Tacuara”. Ella militaba en la Tendencia Revolucionaria de la JP.

La última vez que lo vio fue en 1975, en la parada de colectivos al salir de su trabajo en el local de Cecil Modas de calle Chiclana. “Lo estábamos pasando mal, muy perseguidos por la Triple A, habíamos sufrido muchísimas amenazas y atentados y mi padre me venía a buscar al trabajo. Me custodiaba de enfrente, esperaba que tomara el colectivo. Vivíamos en Villa Miramar, éramos gente humilde”, recordó. Jorge era empleado en una casa de ropa de hombres. “Estoy muy preocupado, nos van a matar”, dijo aquella vez antes de seguir camino hacia la casa que compartía con su esposa en Pasaje Esnaola, en la cortada con Corrientes.

Tiempo después Azucena conocería a Martha Mantovani y Diana Diez, ex detenidas en el campo de concentración de Baterías quienes le contaron que “habían escuchado la voz de Jorge y la de Carcedo que era otro compañero concejal de Bahía Blanca, de sobrenombre Chiche. Y eso es lo último que supe de Jorge Eleodoro del Río”.

Al volver la democracia Mirta Mantaras y Horacio Jouliá, abogado y ex marido de Azucena, buscaban testigos sobre el accionar del V Cuerpo de Ejército para aportar a los juicios contra los represores. Azucena contactó a Rubén del Río: “No sabía nada de su hermano, le dije si quería que se investigue su muerte y le conté lo que había dicho Martha. Él me dijo que no había visto más a la Rusa, la esposa de Jorge, y no sabía nada de su sobrina. Que sus papás habían muerto y él quería darle la parte de la herencia de su hermano a su hija”.

Priorizar la vida

Azucena repasó algunos de los atentados perpetrados por la Triple A contra su grupo político entre 1974 y 1975: una bomba en la librería Martín Fierro de calle Alsina, otra en el estudio jurídico del abogado Néstor Francisco Bueno -“uno de nuestros referentes”- en Sarmiento y Mitre y un tiroteo en Donado y Brown que sufrió ella misma junto al estudiante de filosofía Adrián Tucci. Su padre creía que “había que enfrentar a esa gente y no estaba de acuerdo con que se fueran”, sin embargo, eligieron alejarse de la ciudad “porque no podíamos responder semejantes atentados y priorizamos la vida”.

Cada tanto entraban y salían de Bahía Blanca porque la represión continuaba. Néstor Bueno fue detenido en 1975 y cuando lo liberaron tuvo un brote psicótico. “No había resistido la detención y lo llevamos con nosotros a Buenos Aires. Muere en una compensación en el Hospital Borda y queremos que se investigue porque consideramos que lo asesinaron”.

“Éramos muy jóvenes cuando nos tuvimos que ir. Éramos pibes de los barrios, yo era de Villa Miramar. Amábamos la idea de cambiar al mundo y amábamos la idea de la justicia social, pero no sabíamos que correr a una embajada podía salvarnos la vida, nuestro exilio fue bastante descontrolado, dramático”, afirmó.

Un hermano en La Escuelita

Con la muerte del padre en junio del 75 la familia quedó “desamparada”. Su hermano Norberto Héctor Racosta, Beto, fue secuestrado en una quinta de su padre en Villa Bordeu donde trabajaba como obrero ladrillero. Un operativo del Ejército del que participaron unos veinte soldados también se llevó al yerno del esposo de su madre. Por los datos que comentó al ser liberado, sospechan que estuvo en La Escuelita.

“Sufrió simulacros de fusilamiento y lo llamativo era que se los hacían con la foto de una chica que no era yo y decía que se habían equivocado de mujer y eso le daba fuerza para decir que no me conocía, pero él pensaba que me estaban buscando a mí”, aseguró.

Su madre fue al Ejército y le dijeron que no estaba y que no había habido ningún operativo. Tampoco tuvo noticias en la policía. “Mi madre es una mujer que fue costurera toda la vida, laburante, mujer de barrio, no sabía cómo hacer para ir a buscar, pero era la hermana de un empresario bastante importante de la ciudad que tenía contactos y mucha relación con el obispo (Jorge) Mayer y también era presidente del aeroclub donde era amigo de unos médicos del Ejército, (Jorge) Streich y… Con esos contactos logró que lo liberaran”.

A principios del 78 la familia Racosta salió a buscar a Azucena “porque a mi madre le habían dicho que me iban a traer muerta. Ella no podía entender que estábamos en una situación tan peligrosa, creía que al lado de ella iba a estar mejor. Yo volví pero sabía que nos iban a buscar y encontrar”.

Yo a vos te conozco

“Yo había hecho teatro, había sido alumna de la Escuela de Teatro de Bahía Blanca, cuando volví supe que la habían cerrado por razones políticas en el 77 y que algunos profesores como Alfredo Castagnet habían creado teatros independientes como Teatro Estudio o Vilma Valero que había creado Arlequín”, sostuvo.

Castagnet la cobijó en una casa antigua de Castelli 50 que compartía con su hermana y su cuñado. “Era un tal Ferrari que no sé si era secretario de redacción de La Nueva Provincia y (Alfredo) me decía: ‘acá no te van a venir a buscar porque no van a soportar tanto escándalo'”.

Allí llegó un día una mujer unos veinte años mayor que ella. “Se paró al lado mío y en vez de darme un beso me dio la mano y me dijo: ‘Yo te conozco’. En ese momento me dio miedo porque siempre estaba pensando que me iban a buscar y matar. Confié en Alfredo que me había dicho que me quede tranquila. Después supe que ella había estado secuestrada y que la habían liberado”.

“Hasta ahí no sabía por qué me conocía, tiempo después la vida nos siguió reuniendo por el teatro, amigos en común, empecé a saber que había estado secuestrada en la base, que era delegada de telefónicos y, pasado bastante tiempo, supe alguna de las cosas que le habían hecho. Me llamaban la atención las marcas de los tobillos y las muñecas, ella no era de hablar mucho”, agregó. Así conoció a Martha Mantovani.

Pensé que estabas muerta

Finalizada la dictadura, buscando testimonios contra los militares, le propusieron a Martha “echar luz sobre este infierno”. Se mostró descreída pero accedió. “Una semana antes tuvo una especie de crisis de ansiedad, de angustia. Creo que estuvo como dos o tres días en un hospital. Cuando fuimos le pidió a los abogados que antes de declarar quería hablar conmigo. Ella no quería que yo me entere lo que había pasado y las cosas que le habían hecho en un lugar donde le mostraban una foto donde yo estaba”, relató.

Desanudó la garganta y siguió: “Creo que soportar la tortura, los abusos sexuales, todo tipo de humillaciones que puede sufrir un hombre y sobre todo el pudor que tenemos todas las mujeres… Yo viví muchísimos años con la idea de que no sé lo que es la tortura porque pude esconderme, salir, exiliarme y nunca me tomaron. Pero se hace insoportable la idea de pensar que a alguien la abusaron, la torturaron, la maltrataron con una foto de uno cuando además ni siquiera ella me conocía. Siempre pensé las cosas que le deben haber hecho a Martha para haberme encontrado tiempo después y haberme reconocido. Cómo se le había grabado mi rostro. Hasta la ropa que tenía puesta”.

La foto la mostraba a Azucena con Eduardo Gómez, compañero de trabajo de Martha y delegado del gremio de telefónicos que había tenido un accidente. Su tarea militante era asistirlo. Bajaban las escalinatas del cine Plaza cuando los servicios de inteligencia los fotografiaron. “Eso hizo que (con Martha) tuviéramos una relación hasta el día de hoy. Siempre yo pensando cómo curarle las heridas a esa mujer y ella pensaba que yo estaba muerta. Cuando me reconoció me dijo: Yo pensé que vos estabas muerta'”.

Nombres para eliminar

Martha y Azucena suponen que el secuestro de la primera se debió al acceso a la información que se podía tener desde la empresa telefónica en la que trabajaba. “Se podían realizar comunicaciones sin ser detectadas, como cuando uno llamaba a la telefónica y le pedía al operador que lo comunique con otro lugar. Si había compañeros que trabajaban allí podían hacer que se comunicaran sin ser detectados y se podían escuchar conversaciones”.

Eduardo Gómez era técnico y estaba en un área de conexiones telefónicas. La testigo no puede asegurar que él haya realizado escuchas “directamente” pero sí que se hacían. “Sé que mi padre recibía esa información y que esa información permitió que mucha gente salvara su vida. En las organizaciones cada uno cumple su rol y yo no tenía esa información”.

“Había escuchas a La Nueva Provincia y mi padre nos advirtió de un listado de personas, un listado en el que recuerdo que mi nombre estaba. Recuerdo otros como el de Haydé Pérez, tengo muy grabado el de Eber Tapatá. Pero sí sé que muchos compañeros y compañeras estamos vivos porque nos advirtieron que La Nueva Provincia pasaba nombres para que fueran eliminados”, remarcó.

“¿Esas listas las hacía LNP?”, preguntó el juez Ferro. Azucena detalló: “Lo que yo sé era que mi padre nos pasaba algunos nombres, advertía que eran nombres que podían venir de determinadas escuchas que se hacían a La Nueva Provincia. Como que esta tecnología permitía escuchar las llamadas”.

El fiscal Nebbia preguntó si estaban los obreros gráficos Enrique Heinrich y Miguel Loyola en la lista. “En ese tiempo sabíamos que Heinrich y Loyola estaban complicados y sí, creo que ellos sabían”, dijo la testigo. El juez Bava pidió precisión: ¿sí, no, no lo sé? “Le tengo que contestar entonces que no lo sé”, agregó.

El padre de Azucena era hornero ladrillero, había sido camionero y militaba en la unidad básica de Villa Miramar. “Tenía relación con todos estos grupos que les comento. (…) Era un hombre muy preciso, jamás me iba a decir una cosa así, yo era su hija y él era una persona que cuando comenzó la persecución de la Triple A hacia nosotros se preocupó y ocupó mucho. Cuando murió quedamos desamparados haciendo lo que podíamos. No creo que me hubiera inventado nada, era muy serio, muy reservado”, comentó la testigo y supuso que la información podría provenir de “algunos delegados de telefónica”.

Racosta padre era “un hombre de bastante temperamento y en esos meses se enfrentaba asiduamente a las Tres A porque no podía entender ni soportar que ese grupo armado hiciera lo que hacía con nosotros. Cuando digo nosotros, hablo de los más jóvenes de la organización. Mi papá decía ‘los pibes’, habíamos comenzado a militar muy chicos y uno de los casos que más conmovió a mi padre fue una especie de secuestro que le hicieron a Pocho Vigil”.

En ese contexto el hombre tuvo un problema de vesícula, fue internado en Maternidad del Sur y operado por el dr. Osvaldo Otero. “Pero hay un episodio que le tapan la cara con una almohada, sufre un atentado, intentaron matarlo. Le dijo a mi tía: ‘no se le hace esto a un hombre vencido’. Muere a los pocos días”. “¿Y lo dejaron ahí? ¿No estaba en riesgo la vida de su padre?”, acusó Bava. “Estábamos todos en riesgo”, respondió la testigo.

Foto: Agepeba.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s