Corren, limpian, barren y declaran

colimbasEn las últimas audiencias del juicio contra 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Armada, nuevamente se escucharon voces de conscriptos testigos y víctimas de los crímenes de lesa humanidad que se cometían en las unidades militares.

Gustavo Monforte se acercó a la justicia por su cuenta para saldar “una deuda con la sociedad” y detalló aspectos del funcionamiento del Batallón de Comunicaciones 181, la confección de listados de personas a secuestrar, operativos en los que participó y la presencia de militantes detenidos en centros clandestinos del Ejército.

Además, declararon Edgardo Rubén Gabin -cautivo en las bases navales de Mar del Plata y Puerto Belgrano- y Oscar Aníbal Arrache y Daniel Miguel Lagos adiestrados en el “combate contra la subversión” en Baterías.

El juicio continúa mañana martes 21 y el miércoles 22 desde las 9 en Colón 80 de Bahía Blanca.

Gustavo Florencio Monforte se sintió durante cuarenta años en deuda con la sociedad. Podía dar testimonio sobre crímenes de lesa humanidad aunque no supo cómo hacerlo hasta que vio la publicidad que convoca a declarar a los ex colimbas.

En 1976 fue destinado a la oficina de Operaciones del Batallón de Comunicaciones 181 para hacer el servicio militar. Mencionó como sus superiores al capitán Emilio Freyre; al imputado Alejandro Lawless, jefe de la Compañía de Comunicaciones; y como responsables de la unidad militar al fallecido impune Argentino Tauber y al condenado a perpetua Jorge Mansueto Swendsen.

Recibió unos quince días de adiestramiento en técnicas de combate en localidades, cómo entrar a un edificio, cómo arrojar granadas por una ventana -“en fin, contrainsurgencia”- y luego del golpe de Estado lo derivaron. “Freyre me eligió porque era dibujante y mecanógrafo, fui a Operaciones de Inteligencia. Realizaba los planos de todo el regimiento, se confeccionaba todas las mañanas la orden de reconocimiento” que desde allí se enviaban a otras compañías y a la sede del Comando V Cuerpo.

También se encargaban del armado de “listados de personas buscadas para los operativos de ruta o de caminos interiores, nos pasaban un listado de personas por orden alfabético, los confeccionábamos en cuatro copias, llevaban tapas de cartulina amarillas. Había distinta documentación clasificada en confidencial secreta, secreta, reservada”.

“Después de un tiempo, todos los libros secuestrados de la UNS durante un allanamiento, con sellos e identificación de la universidad, fueron a parar a la oficina de Inteligencia. Eran como quinientos libros. Hablando con (el teniente primero) Brunello me dice que se analizaban en esa oficina y luego se quemaba”, declaró. Además, aseguró que mientras Freyre fue interventor de LU7, desde su oficina diagramaban “toda la programación”.

Operativos en la región

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“A Lawless lo veíamos seguido en la Compañía de Comunicaciones, iba a los operativos. Me acuerdo su cara, sus gestos”, dijo Monforte.

Monforte intervino en varios operativos realizados en la Subzona 51. Uno de ellos fue en una chacra de Algarrobo donde vio a tres personas encapuchadas con fundas de sábana. Eran dos mayores y una de unos 35 años con sangre a la altura de la cara. Estaban esposados con alambres de fardo. Antes que su grupo había llegado la compañía de combate Mayor Keller. El teniente coronel Tauber se había trasladado en helicóptero. “Nos comentan soldados de combate, indignados, que al joven lo había golpeado el cabo enfermero Rueda con un palo en la cara, luego de estar atado”.

“Nos comisionaron a dos soldados de mayoría para cargar la biblioteca de la casa, muy profusa de libros en hebreo, había del Partido Comunista, se vieron dos libretas del PC. Cargamos en una camioneta de la gente de la chacra todos los libros y Tauber quiso que le separáramos para él una colección de Lenin con tapas de cuero blanca. El subteniente Etchart de la Compañía de Comunicaciones también se llevó objetos a modo de botín, llevaba una llave inglesa y unos anteojos clipper, salió de la casa con ellos”, detalló.

Otras intervenciones militares fueron en Coronel Dorrego, Mayor Buratovich y Tres Arroyos. En este último lugar, como integrante de la compañía de Telecomunicaciones vio desde su puesto de guardia cómo “subía gente de civil a camiones del Ejército que luego fueron llevadas al gimnasio del Batallón”. En el invierno del 76 fue parte de un cordón de seguridad en el centro bahiense: “había helado y gente de los edificios, los vecinos, nos llevaban mate cocido y se solidarizaban con los soldados”.

En otra ocasión, “Emilio Freyre me comisiona para dibujar un plano de lo que yo sospechaba que era un operativo, me encarga que vaya al casino de oficiales y que hiciera en el pizarrón un plano a escala de varias manzanas, una casa marcada, un microcine, con bandera de organizaciones guerrilleras y revistas. Y la casa marcada estaba enfrente al centro de rehabilitación IREL. Nunca supe si en realidad era un operativo”.

En estos despliegues intervenían todas las compañías y no había ningún tipo de preparación previa, “alguien decía busquen armas, municiones y libros, las órdenes eran escasas”. Las arengas sobre el inminente ataque de la guerrilla se escuchaban “todo el tiempo”.

Secuestradxs en el Batallón

Monforte no solo vio detenidos en el Batallón sino que pudo hablar con algunos de ellos. Eran jóvenes “en condiciones muy deplorables” los que se encontró entre los últimos días del 76 y los primeros del 77, “eran chicos de 16 o 17 años” que estaban “en calzoncillos provistos por el Estado, blancos, grandes, como única ropa, descalzos, el torso desnudo y con lastimaduras a simple vista”.

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Acceso al Batallón 181.

“Tenemos hambre, me dicen. Conseguí unos panes y se los tiré por la reja. En una segunda vez les acerqué papel y lápiz y la tercera fui a correr a la pista de combate y a ellos les habían permitido salir. Estaban caminando dentro de la guardia de prevención que estaba pegado a los calabozos. Los vi de cuerpo entero, serían seis o siete, eran muy jóvenes. Había un solo soldado”, relató Monforte y agregó: “Me detuve a charlar, a hacer preguntas. Nadie quería hablar. ¿Y? ¿Qué les paso? Nos secuestró la guerrilla y nos torturaron. Eran señales evidentes de tortura, lastimaduras en manos, piernas, tobillos, tenían las lesiones de aureolas azules de tortura y como a su vez rastros de curaciones posteriores, estaban muy, muy delgados. Uno de ellos tenía una lesión en una mano, le faltaba una falange en un meñique”.

Le hablaron del Camino de la Carrindanga y pensó en el SICOFE: “Un centro de tortura que si bien se mencionaba nadie lo sabía con certeza. Ese camino era la parte de atrás de La Escuelita, en ese momento no había que decir nada porque había gente torturada ahí. Cuando empecé a ir de guardia, en el medio del SICOFE, a 200 metros había una construcción antigua que después supe que era La Escuelita. Desde el puesto de guardia alcancé a ver una carpa blanca, en negro tenía escrito RIM 26, nunca supe qué era hasta que después, con los años, pasé por delante del Regimiento de Infantería de Montaña de Junín. En otra de las guardias veo una casilla rodante de chapa”.

También pudo ver la construcción de cerca y reconocer que tenía “postigos, rejas, puertas de maderas, un jagüel, arboles añosos al lado, pintada, descascarada, por debajo de la pintura blanca había una pintura rosa”.

En mejores condiciones vio a las tres decenas de detenidos en el gimnasio del Batallón. Retuvo el nombre de uno de ellos porque sacó del cesto de basura “una declaración de Derechos Humanos abollada y un lapicito con un apellido que decía Peñalba”, una de las personas secuestradas en Tres Arroyos.

Como soldado de Operaciones disponía llaves de algunas oficinas del Batallón. En una oportunidad se metió donde no debía y espió cómo subían “Tauber con dos personas más que traían de los brazos a una mujer embarazada y que entran a la oficina del teniente coronel”. En vez de salir, pasó por oficinas interconectadas hasta llegar a una lindante con la del jefe. “Había murmullo, se hablaba muy bajo. Pude escuchar que esa mujer lloraba. De entrada supe cómo se llamaba esa mujer, porque pasó por mis manos la declaración de que había ingresado o algún papel. Me grabé ese nombre por cuarenta años, esa mujer embarazada que estuvo ese día era Estrella Tu o Durata“.

Un colimba bajo control

Edgardo Rubén Gabin fue secuestrado y mantenido en cautiverio en el Faro de la Escuela de Infantería de Marina y la Base Naval de Mar del Plata, luego en Buenos Aires hasta ser trasladado en tren al Buque 9 de Julio en Puerto Belgrano a principios de mayo de 1977.

Crucero ARA 9 de Julio

Crucero ARA 9 de Julio

“Cuando entré había una luz potente, me hicieron bajar una escalerita y me pusieron en un calabozo. Estuve alrededor de treinta días, estaba todo el día la luz prendida, no sabíamos cuando era de día ni de noche”, sostuvo y describió una vasija con agua que usaba de inodoro cuando los guardias no tenían ganas de llevarlo al baño, las ratas que le caminaban por encima, la comida que traían encapuchados y las señales en las paredes “de que había habido militantes, cosas así como ‘Volveremos'”.

Luego de varios interrogatorios lo pasaron a un calabozo del cuartel donde estuvo un par de semanas sin capucha. “A la noche me llevaban al comedor de los conscriptos a mirar televisión. Me dieron para dormir un galpón del cuartel y ropa de marinería. Yo desencajaba totalmente porque tenía 25 años y los conscriptos 18. Cuando me sacaron la capucha no hablé más de ningún tema”.

Hasta su liberación hizo “vida de colimba”, incluso, lo dejaban ir a Mar del Plata bajo custodia. En febrero de 1978 “me liberaron, me dieron la libreta, firmada como que había sido desertor”. La orden fue no reaparecer por Batán ni por el puerto donde era activista social y delegado de fábricas,  sin embargo, “no deje de militar nunca”.

Finalmente dio cuenta de los informes en los que la DIPBA registró la persecución en su contra por parte del Servicio de Inteligencia Naval en diciembre de 1977, mientras Gabin “vestía ropa de marinería” era considerado un “delincuente subversivo”. Entre quienes firmaban los documentos represivos figuraba el imputado ex jefe de Contrainteligencia y de la Policía Establecimientos Navales de Puerto Belgrano, Leandro Marcelo Maloberti.

Adiestramiento permanente

El ex colimba Oscar Aníbal Arrache fue trasladado desde La Plata a la Base Baterías en abril del 76 y recibió adiestramiento en combate en localidad y combate terrestre. Destacó las arengas de la alegada lucha contra la subversión por parte de sus superiores y dijo haber participado en dos o tres operativos haciendo guardia en la calle. “Nos cargaban en los camiones y salíamos, cuando llegábamos nos indicaban qué había que hacer. Una vez vi una sola persona detenida, supuestamente indocumentada”.

En la compañía Bravo de la misma base naval, Daniel Miguel Lagos estuvo “permanentemente en instrucción para el combate contra la subversión” durante la conscripción. Participó en un operativo en un hotel bahiense y en otro en Zárate Campana con allanamientos y controles de ruta durante los cuales se detuvieron “muchas personas”. “Uno no podía preguntar, nadie le decía nada. Uno después se da cuenta de cómo le lavan la cabeza y lo único que quiere es salir y buscar a ese enemigo, ¿no?”, dijo al tribunal.

Más testigos

 El teniente de fragata (R) Ricardo Luis Hirsch trabajó en el Batallón en Baterías antes de ser dado de baja en 1974. Afirmó que fue “un gran honor” formarse en la Armada aunque el objetivo de “defender los intereses de la Nación ante un ataque exterior” se desvirtuó a partir de 1968.

En 1972, Hirsch fue parte de un ejercicio de desembarco en Puerto Madryn donde realizaron allanamientos nocturnos junto a la policía. “Las personas eran sacadas en forma intempestiva de la cama sea niño, mayor, adolescente. Muy parecido a lo que nos mostraban en ‘La Batalla de Argelia’ en la Escuela Naval”.

“En 1974 me dieron de baja por defender los intereses de la democracia y las instituciones en una sublevación que se hizo en la Escuela de Mecánica. Fui detenido, estaba de guardia, pero como me oponía a ese tipo de represión no era bien visto en la Armada”, comentó.

Por su parte, el médico legista Mariano Castex fue consultado sobre los “informes con perfiles e impactos dibujados sobre las víctimas” que trabajó a mediados de los ochenta a instancias de la querellante Mirta Mantaras. Se trata en esta ocasión de Laura Susana Martinelli, Cristina Coussement, Adolfo Lorenzo, Alberto Ricardo Garralda y José Luis Peralta.

El experto reconoció su firma en los documentos y aclaró que “el objetivo de los exámenes era verificar en qué situación estaban cuando se producían los impactos de bala, si era factible que hubieran tenido armas en la mano, si habían estado en un enfrentamiento o si habían sido fusilados”.

2 thoughts on “Corren, limpian, barren y declaran

  1. Me gustaría saber, el por que de que los procesados en la causa armada de Bahía Blanca, no fueron incluidos los Prefectos Generales Luis Maria De Bardeci, Julio Cesar Ojeda, y el Suboficial Mayor Brandan, quienes dieron sus primeros pasos en esta ciudad, e intervinieron/participaron de forma activa, en la sección inteligencia de la Prefectura de Zona Mar Argentino Norte, y Prefectura Bahía Blanca. Ellos también operaron en conjunto con el Comando 181 del Ejercito Argentino. Muchas gracias.
    http://www.infodelitosblog.wordpress.com

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  2. Pingback: Por violadores | Juicio Armada Argentina - BNPB

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