“Las vamos a seguir reivindicando”

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Vecchi, Tronelli, Seguel y Mujica.

Víctimas del terrorismo de Estado secuestradas en Neuquén y trasladadas a los campos de concentración y torturas del V Cuerpo declararon la semana pasada en las audiencias del Juicio Ejército III.

Una de ellas fue Nora Rivera quien fue detenida ilegalmente junto a otras alumnas de la carrera de trabajo social de la Universidad del Comahue. “El tiempo en La Escuelita se volvió irreal, uno no sabía si era de día o de noche, si la iban a matar, si las compañeras estaban cerca, (…) uno se pregunta cuándo le toca en ese plan irracional”, afirmó.

Destacó la importancia de que los juicios “se realicen en el aula magna de la universidad, en el lugar de los actos importantes. Es como poder exorcizarla de un personaje tan nefasto como Remus Tetu que estuvo también en el Comahue. Quiero recordar a mis compañeras Cecilia Vecchi, Mirta Tronelli, Arlene Seguel, a todas las alumnas, a la profesora Susana Mujica, todas secuestradas en Neuquén y traídas a La Escuelita del V Cuerpo, todas desaparecidas y a todas las vamos a seguir reivindicando”.

Las próximas audiencias serán el martes 29 de noviembre desde las 15 y el miércoles 30 desde las 9 en Colón 80 de Bahía Blanca.

En 1976 Nora Rivera trabajaba en el área de Acción Social de la Municipalidad de Cinco Saltos y estudiaba en la Universidad del Comahue. “La carrera de Servicio Social en los años 70 estaba en revisión, ya cursarla era una forma de militancia (…) Mi vida era bastante normal y en junio empezaron las detenciones del Operativo Cutral Co”.

“Detuvieron a Cecilia Vecchi, a Mirta Tronelli, a mí, a Elida Sifuentes y a Gladys Sepúlveda. Me detiene el comisario Penchulef de la Comisaría de Cinco Saltos y me llevan a la U9 de Neuquén. Estuve desde el sábado hasta el martes, estaban Sifuentes, Sepúlveda, Jorge Asenjo y otras personas que no conocía. En la cárcel nos hacen firmar la libertad, nos entregan los documentos, salimos a un pasillo y estaba lleno del Ejército con perros, reflectores y soldados. Nos quitan los documentos y nos meten en un camión. Nos suben a un avión y nos dicen que nos llevan a Tucumán”, declaró.

En el lugar de destino las tiraron en el piso de un galpón de chapa grande donde estuvieron “bastante tiempo con la orden a un soldado de que si nos tocábamos la venda nos volaran la tapa de los sesos”. “Nos empezaron a separar, me ataron a un poste, después me llevaron a otro lugar a declarar, me sacaron la venda pero estaban detrás y no pude ver quiénes eran. Estaba en un catre y me dijeron que si no decía la verdad me iban a poner la picana, que yo ya sabía dónde, y me volvieron a vendar”.

La interrogaban mientras alguien escribía: “Si estudiaba en la universidad, si creía en dios, en la familia. Les dije que era peronista y que trabajaba en la alfabetización de adultos. No sé lo que pusieron porque la firmé vendada”.

En un camión la trasladaron a otro edificio “un poco menos frío” donde la ataron a una cucheta. Allí escuchó a las desaparecidas Tronelli y Mujica. “Entraban y sacaban gente, no sabíamos a quiénes, nos dieron de comer una vez un pedazo de pescado y una papa”.

Agregó que “un día sacaron a un grupo que iban a liberar, no sé por qué (…). En el trayecto me sacan las esposas y me dicen que no me puedo meter en lío con la policía, que no tengo que hablar. Digo cómo voy a hacer para volver a casa sin documentos. Uno dijo que me den dinero y después de un trecho el auto paró y me bajaron. Pensé que me iban a matar porque me sentaron en el piso, el auto arrancó y me indicaron que me sacara la venda. Me quedé un rato sentada con la venda puesta, me la saqué y vi que estaba en medio del campo sobre una ruta”.

Caminó hasta dar con un cartel que mostraba las distancias hasta Ascasubi, Buratovich, Viedma. No era el monte tucumano, “sabía que estaba cerca de Bahía Blanca y era como estar en mi casa”. “Llegué a un boliche de campo y era como un fantasma, me miraron como tal y pregunté cómo hacer porque no sabía dónde ir. Como era empleada provincial se me ocurrió que podía ir a Viedma y decirle a mi jefe que me pagara un pasaje a Cinco Saltos”.

Decidió pasar la noche frente al local hasta la llegada del próximo colectivo a Viedma, sin embargo se presentaron unos tipos que dijeron ser policías, le preguntaron qué hacía ahí, vieron su venda en el bolso y le ordenaron que los acompañara “hasta el lugar en que yo creía que había estado”.

La llevaron a la comisaría de Ascasubi donde se encontró con otros militantes liberados como Eduardo Paris quien luego, desde Médanos, llamó a su familia y viajaron juntos a Río Negro.

“El tiempo que estuve en lo que después supimos era La Escuelita con Gladys, Elida -que fueron a Floresta y a Devoto-, los militares me dijeron que si llegaban a comprobar que alguna de las cosas que había dicho eran mentira no me iban a llevar a ese lugar, me iban a tirar con una piedra en el cogote en el lago Pellegrini, en Cinco Saltos iban a matar a toda mi familia, y yo tenía a cargo a dos sobrinas que me dijeron que las iban a traer a ese lugar para que las usaran los soldados. Esos eran los métodos de los soldados argentinos, los que se decían guardianes de la patria”, declaró Rivera.

La testigo padeció así “varios años de miedo porque no sabía en qué momento se les iba a ocurrir que lo que había dicho no era verdad y podíamos estar en peligro de nuevo”. Al volver a su trabajo en Cinco Saltos, aunque  las autoridades sabían que había estado en manos del Ejército, le pidieron que justificara su inasistencia.

“Fui al comando, me atendió el entonces mayor Farías Barrera e hizo un certificado donde consta la detención incluyendo el centro clandestino. (…) Me tuve que ir a otro pueblo, dejé de estudiar y en el ’80 me terminaron echando por haber estado presa. Para mí era más seguro vivir encerrada, mi familia no sabía, no relaté lo que me pasó, mis sobrinas eran menores, esa era mi familia y no podía relatárselos, estuve en silencio hasta que volvió la democracia”.

Rivera detalló que “la elaboración de la experiencia es un proceso que tuvo diferentes etapas. Una fue el silencio, la otra fue la ayuda psicológica, pero la que modificó sustancialmente mi percepción de todo esto fue mi primera declaración en la Asamblea por los Derechos Humanos, ahí se empezó a visualizar otra posibilidad que no había considerado que era la de la justicia. Eso creo que es el gran reparador de todos los que estuvimos detenidos durante el proceso militar”.

“Además las personas que contribuyeron a que estemos todos acá, mi agradecimiento eterno a la Asamblea por los Derechos Humanos de Neuquén y Bahía Blanca, a Noemí Labrune, al dr. Cañón que nos ayudó a confiar en la justicia aún en Bahía Blanca”.

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