La historia reciente en primera persona

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Desde las 15 se retomarán las audiencias testimoniales del Juicio Ejército III en el cual son juzgados 34 genocidas de la región por los crímenes de lesa humanidad que padecieron más de cien víctimas. Será en Colón 80 y continuarán mañana a partir de las 9.

Días atrás, Francisco Tropeano relató al tribunal su cautiverio en La Escuelita y los interrogatorios del suboficial Santiago “el Tío” Cruciani y horas después dialogó con FM De la Calle en una entrevista en la cual repasó su declaración.

También fueron convocados durante las jornadas del 15 y 16 de noviembre Emilio Enrique Dacosta Acevedo, Jorge René Brizzio y Salvador Daniel Sánchez, sobrevivientes del principal centro clandestino de detención y torturas del Ejército en Bahía Blanca.

Durante la última sesión los jueces tuvieron una inesperada reacción frente a una testigo que cuestionó la demora de los juicios y la falta de controles sobre los imputados.

El dirigente agropecuario y militante comunista Francisco Tropeano fue detenido y encarcelado en Neuquén por nueve días. El Ejército quería “conversar” con él y para ello el comandante en jefe ordenó al mayor Marchetti que lo trajera a Bahía Blanca.

Venía como un pasajero más y escuchó que el militar “le solicitó al piloto que hablara a la Base de Espora a ver si me esperaban vehículos del Ejército, le dijeron negativo, empezó a ponerse nervioso. Cuando llegamos había sí un coche sin patente con tres personas, una de las cuales resultó ser Santiago Cruciani”.

“Me metieron en el auto, me dieron un golpe, me tiraron al piso, me pisaron y me pusieron una pistola en la cabeza. Este hombre iba dando las contraseñas para salir, parecía que me estuviera raptando de allí. Yo gritaba porque no podía respirar y este hombre me dijo ‘aunque te parezca mentira te estamos salvando la vida'”.

Fue llevado a La Escuelita. “Entré por lo que me pareció un portón de chapa que crujía, después de tres horas de interrogatorio en el auto, creo que andaba por caminos rurales de tierra, me recalcaba que estaba en sus manos, que mi vida no valía nada y que si no le decía la verdad me iban a comer los pescaditos”.

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Le preguntaban por qué había viajado a la Unión Soviética, respondía que había ido a la Universidad de los Pueblos, que estudiaba la economía agraria de otros países. “Era un dirigente del Movimiento Regional de Productores que cofundé en Neuquén que tenía mucha ascendencia social, me acusaba que había sido el impulsor de la toma de las rutas, cosa que es cierto”.

Le imputaban ser “el jefe de la subversión de la Patagonia”, tener vínculos con el Movimiento Manuel Rodríguez, le reprochaban traer armas de Chile, esconderlas en cavernas de Las Lajas y desde allí distribuirlas a la guerrilla argentina. “Seguramente fue lo que provocó que La Nueva Provincia haya puesto cuando me blanquearon que cayó el jefe de la Patagonia. Sostenían que había estado reunido con Santucho y Abal Medina en una casa en Chos Malal, que ellos sabían todo y que si lo negaba me iban a comer los pescaditos”.

Estuvo en algo parecido a un galpón, atado a una cama. “Pensé en la tortura lógicamente, escuchaba respiros, me daba cuenta que estaba con otras personas”. Una noche simularon un intenso tiroteo. Los represores gritaban que los Montoneros habían ido a rescatar a los detenidos. “Es que había ejecuciones en el lugar, no solamente la gente que moría por tortura”.

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Tras el revuelo lo tiraron detrás de una matera donde los guardias “conversaban hasta altas horas de la noche, algunos se pasaban de bebida, escuchaba relatos de mujeres sobre todo. Pero una noche escuché una apuesta entre dos: qué era más efectivo para sacar información a la gente ¿la picana eléctrica o el submarino? Se jugaron una botella de whisky y dijeron cómo probamos esto. Dijeron vamos a agarrar alguno que haya probado las dos cosas, vamos a buscar a Bustos, cuál de ellos, a René. Le preguntaron cuál de las dos cosas era peor y tuvo que elegir. Dijo la picana eléctrica. Entonces el de la picana dijo ahora vas a ver lo que es la picana eléctrica. Pobre Bustos”.

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Luego de casi cuarenta jornadas fue “blanqueado” en la cárcel de Villa Floresta junto a los tres hermanos Bustos, Benamo, Medina, Miramontes y Arias. Meses después fue llevado al penal de Rawson. El general Sexton anunció al obispo neuquino Jaime de Nevares que el cónclave había decidido la liberación del dirigente que se concretó una madrugada de fines del 77.

Persecución a la militancia barrial

Emilio Enrique Dacosta Acevedo llegó de Chile el 24 de mayo de 1974 y se radicó en el barrio 17 de Agosto de Bahía Blanca. En la sociedad de fomento del “Palihue Chico” compartió “los deberes de la militancia barrial” con integrantes de la Juventud Peronista, entre quienes se destacaban Zulma Matzkin y su pareja Alejandro Mónaco, la “Vasca” Zulma Izurieta y “Manolo” Tarchitzky. “Eran gente buena (…) amables, cordiales, nos contenían a todos”, afirmó.

Zulma y Graciela Izurieta

Zulma y Graciela Izurieta, militantes peronistas detenidas desaparecidas. Foto: Mónica Bauzá.

En 1976 Dacosta trabajaba haciendo zanjeos en calle Brickman del barrio Mapuche. “Estábamos a tres metros de profundidad y nos sacaron con otro compañero de apellido Jara y nos esposaron. Me llevaron a la Primera”.

“Había un pasillo largo y un montón de policías gritándome y dándome con los palos. Fui directamente masacrado, golpeado, roto de cabeza. En el barrio jugaban (al fútbol) policías también, yo era uno de los jugadores que a veces jugaba para ellos”.

Lo encerraron en un calabozo y en cada cambio de guardia lo golpeaban e interrogaban sobre Mónaco e Izurieta. “Me preguntaban por las armas y yo no sabía nada porque nunca había visto una”. En la misma comisaría fue picaneado. “En un momento faltó agua, entonces vino un policía y me orinó encima para que la corriente me diera más fuerte”.

Lo trasladaron a lo que luego identificó como La Escuelita donde continuaron las preguntas sobre el grupo de jóvenes militantes. Allí escuchó a una mujer embarazada y fue víctimas de varios simulacros de fusilamiento. Antes de liberarlo lo volvieron a interrogar y comentó que su padre adoptivo era integrante de la marina de Chile. “Si llega a ser mentira lo que nos estás diciendo te vamos a buscar y te vamos a matar”, lo amenazaron.

Lo dejaron en la entrada del Club de Golf. Los operativos militares continuaron en el barrio luego de su liberación y fue capturado otras dos veces. Dacosta aseguró que en una de esas ocasiones su vecina Noemí Castro lo denunció como extremista. “Yo no sé si será que lo que escuché, que ella también había denunciado a la familia Castillo, que aparecieron muertos junto con Zulma Matzkin”.

catriel 321

Juan Carlos Castillo, Francisco Fornasari, Matzkin y Tarchitzky fueron víctimas de un falso enfrentamiento con el Ejército en la vivienda de Catriel 321. El testigo recordó que al día siguiente, “cuando yo me fui a trabajar, pasamos por ahí y estaban las paredes llenas de sangre como si hubieran pedido auxilio”. “Me tuve que ir de Bahía por la persecución policial”.

Más testimonios de La Escuelita

Jorge René Brizzio trabajaba en Ferrocarriles Argentinos y estudiaba agrimensura en la UNS. El 4 de enero de 1977 regresaba de cobrar cuotas sociales de IREL cuando vio el operativo policial en su casa. Escuchó un par de tiros, guardó el dinero de la cobranza y salió con las manos en alto.

Lo llevaron a La Escuelita aunque creía que estaba en Grümbein confundido por un tren que pasaba por allí al mismo horario. “Se me castigaba con golpes en cualquier momento y sin sentido”, comentó al tribunal el ex militante de la Federación Juvenil Comunista.

Lo sacaron de ese lugar de “griteríos, golpes y torturas” y lo dejaron atado sobre un colchón en un sitio “más tranquilo” desde el cual percibió que había dos chicas. “Una hablaba mucho con el guardia, le permitía fumar, hablaba mucho del embarazo”.

Transcurrieron 21 días de cautiverio hasta que fue liberado frente al Club de Golf. Mientras estuvo secuestrado su madre recurrió al arzobispo católico Jorge Mayer quien le aseguró que “si no había aparecido hasta ahora no aparecerá nunca”.

Salvador Daniel Sánchez dio cuenta de la presencia de Zulma Izurieta en La Escuelita. “Hacia un lado había una persona con la que nunca pude hablar ni dijo nada y hacia el otro esta señorita que en un momento en que no había celador o guardia, se presentó y me dejó un mensaje”.

“Por ser tan joven -me dice- vos te vas a ir y quiero cuando te vayas pases por el campo donde están mis padres en Villalonga y le digas que yo estoy acá. Ella me ubica en el lugar, yo no conocía Villalonga. (…) Me contó que eran dos parejas que habían sido secuestradas en Córdoba unas dos semanas antes de que nos conociéramos en ese lugar”, recordó.

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