“Ojalá Raúl Metz hijo sepa cuál es su identidad”

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“Que puedan saber si era el matrimonio Metz quienes estaban allí. Están desaparecidos. Tienen una hija, Adriana, que busca a su hermano porque todos los testimonios indican que tuvo familia, que fue un varón, que le puso de nombre Raúl como el padre, y que nada se sabe de este bebé apropiado que hasta el día de hoy no sabe su identidad”, dijo en el Juicio Ejército III David Lugones, sobreviviente de La Escuelita de Neuquén.

Aseguró que un joven que deliraba y una mujer que recibía un trato menos violento podrían ser Raúl Eugenio Metz y su compañera embarazada Graciela Romero. El hijo de ambos nació en cautiverio en La Escuelita de Bahía Blanca entre la noche del 16 y la madrugada del 17 de abril de 1977.

Los cortes de luz impidieron realizar la audiencia del miércoles por la mañana. A la tarde, mientas se restablecía el servicio de internet de la UNS el tribunal comunicó que hizo lugar al pedido de desistimiento de más de veinte testigos, tal como había solicitado la Fiscalía. Los jueces aceptaron la petición de los represores Alejandro Lawless y Miguel Ángel Chiesa de no ser trasladados de Marcos Paz al “country” militar que prepara el gobierno nacional en Campo de Mayo adonde están siendo reunidos varios de los -cada vez menos- imputados detenidos.

El juicio se reanuda este martes desde las 15 en Colón 80 y el miércoles desde las 9. Mayores de 18 pueden ingresar con sus DNI.

El matadero de Neuquén

David Antonio Leopoldo Lugones fue detenido el 24 de marzo de 1976 y puesto a disposición del PEN. Estuvo en las cárceles de Neuquén y La Plata. “Soy el mayor Farías Barrera, vengo a trasladarte a la ciudad de Neuquén”, escuchó a fines de aquel año en una celda de una guarnición militar cercana al aeroparque porteño. Era el ex jefe del Departamento I Personal del Estado Mayor del Comando de Brigada de Infantería de Montaña VI.

Amenazado de muerte lo hicieron caminar como un turista más hacia el avión. “Fuimos a tomar una coca cola a una confitería y Farías Barrera me dice ‘vas a ver lo que te va a pasar en Neuquén, te va a agarrar la Federal y vas a cantar lo que sabés”.

Pasó la noche en una celda de castigo de la Unidad 9 y a la mañana se lo llevaron vendado y tapado con una manta en una camioneta del Ejército. Era 28 de diciembre, a pesar del calor sintió que lo ingresaban a un lugar fresco. Pudo confirmar luego que se trataba del centro clandestino de detención La Escuelita: “Parece una historia de Galeano, era el matadero al principio. Después también”.

“Me dicen que me desnude, me quedo con el calzoncillo, me habían puesto algodones y arriba la venda, me ponen en una cama y me engrillan los pies y las manos. En esa situación se hace un silencio y comienzo a sentir a mi izquierda a una persona que hablaba pero no se le entendía nada, era como que estaba delirando. Muevo la cabeza para escuchar mejor y alguien me golpea y me dice ‘acá no se escucha nada, no se mueve'”. Reconoció la voz de su amigo Oscar “el narigón” Ragni y escuchó a una mujer que pedía ir al baño. “No la trataban mal sino que iban diciéndole por dónde, la trataban mejor que lo usual”.

Lo interrogaron y picanearon en otro galpón y lo devolvieron al lugar. Nuevamente en la sala de torturas un represor le preguntó sobre sus creencias religiosas. Le dijo que era cristiano y su captor afirmó que tenía “una relación espiritual con mi padre”. Tiempo después su padre le diría que compartió un Cursillo de la Cristiandad con el integrante de la Inteligencia del Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña y ex jefe de la Policía de Neuquén, Oscar Reinhold.

De allí lo llevaron al Comando donde el mayor Farías Barrera le anunció que sería liberado cuando se le pasara la irritación de los ojos. El mismo represor lo llevó a su casa por la tarde. “Dos semana después me dice mi padre ‘llamó Farías que tenemos que ir a verlo al Comando’. Fuimos juntos, con mucho miedo”. El mayor le dijo que si fuera por él no lo hubiera liberado y que si contaba algo “iba a aparecer con un tiro en la cabeza”.

Lugones aseguró que el joven que deliraba y la mujer que recibía un trato menos violento podrían ser Raúl Eugenio Metz y su compañera embarazada Graciela Romero. El hijo de ambos nació en cautiverio en La Escuelita de Bahía Blanca entre la noche del 16 y la madrugada del 17 de abril de 1977.

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“Queremos saber dónde está el hijo de Gracielita y Raúl Metz. Hablen. Hablen después de todas las barbaridades que hicieron”, dijo a los represores la Madre de Plaza de Mayo Marcela García desde la platea del Aula Magna de la Universidad del Sur.

“Estoy acá por justicia”

María Cristina Leiva relató las circunstancias que rodearon al secuestro de su padre a fines de abril de 1976 y su cautiverio en el centro clandestino La Escuelita. “Lo detuvieron por una denuncia falsa de un policía interno del ferrocarril, mi padre fue un dirigente gremial reconocido a nivel nacional, un hombre que no me dejó ni una bicicleta porque fue un tipo decente, luchó por los obreros del galpón de máquinas para que tengan las condiciones de trabajo reglamentarias, la seguridad. Esa era su vida, por eso pagó, en el tiempo de Onganía siete meses de cárcel y después este secuestro y tortura psicológica”, afirmó.

A través de la esposa del integrante de los servicios de inteligencia Hugo del Valle la familia supo que Leiva estaba vivo. Por el shock que le provocó el secuestro de su padre, María Cristina perdió un embarazo de ocho meses.

El dirigente fue liberado cuatro semanas después -“muy deteriorado”- en cercanías de la termoeléctrica y contó a su hija que uno de sus interrogadores era el imputado Lucio Sierra. “Escuchaba las torturas, los gritos, que le decían a los chicos ‘si sabés correr te podés salvar de las ráfagas de las ametralladoras’ y también a un chico que le pedía a un cura que dios lo ayude y la respuesta fue: ‘¿Ahora te acordás de dios? Te hubieras acordado antes’. Con el tiempo nos enteramos que era el padre Vara”.

María Cristina comentó que Sierra le pidió disculpas por el secuestro de su padre: “Yo no tenía que perdonarle nada porque tenía que condenarle todo. Que le pida perdón a dios, porque ellos son muy creyentes, lástima que las doctrinas no las llevan adelante. Mataron a muchos inocentes, perdí muchos compañeros, perdí muchos chicos que nada tenían que ver como Rubén Sampini que fue secuestrado por ir a preguntar por un compañero y de la tortura le perforaron un pulmón”.

Hasta la vuelta de la democracia Leiva padeció un virtual arresto domiciliario con restricción de sus movimientos y relaciones que eran controladas por un prefecto de apellido Castillo.

“Siempre nos habló de conciliación, de paz, de justicia. Y de equidad. Decía: algún día vamos a tener un país donde todos tengamos los mismos derechos, donde todos tengamos las mismas oportunidades, porque los seres humanos nacemos libres no para ser sometidos. Tenemos una educación basada en eso. Por eso hoy estoy acá, no por venganza sino por justicia”, concluyó.

Preguntas sin respuestas

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Juan Isidro López dejó su Zapala natal junto a su padre para trabajar en el valle donde tiempo después sería cofundador del Sindicato de Luz y Fuerza de Rio Negro y Neuquén y militante peronista. Con más de noventa años respondió al llamado de la justicia con una inquietud recurrente: ¿por qué lo detuvieron ilegalmente en 1976? “Salí en libertad y no apareció nadie a explicarme qué hice, pero mal a alguien, haber atentado contra alguien, haber andado con un arma matando gente no”.

El testigo aseguró que fue Antonio Camarelli, comisario imputado en la causa, el que lo detuvo. “Participaba en manifestaciones políticas, me detuvieron a mí y estuve en la Comisaría de Cipolletti y luego me llevaron a Roca”. Por otra parte, indicó que Farías Barrera “en algún momento estuvo en las interrogaciones” y fue quien lo veía en el penal de Rawson donde estuvo detenido casi un año.

Julio Eduardo Pailos señaló también a Camarelli como uno de los responsables de su secuestro la tarde del 24 de marzo de 1976 en un operativo del Ejército y la Policía de Rio Negro. “Vivía con mi mamá, entraron abruptamente a mi casa, a las patadas, rompieron las puertas, todo, en ese momento iba Saturnino Martínez, Mamani, varios. Dentro de la camioneta ya se encontraba uno de mis hermanos, me llevan a la comisaría”

El chofer de una de las ambulancias del Hospital de Cipolletti dijo haber sido detenido “por peronista” y luego de permanecer tres meses en la dependencia policial fue trasladado a la UP9 de Neuquén. Su madre y sus cuñadas preguntaban a Camarelli porqué lo retenían y torturaban y el ahora imputado “negaba todo”.

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