Dos jornadas con testimonios del terror paraestatal

Foto: UNS.

Este jueves y viernes desde las 9 continuarán las declaraciones testimoniales del juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos por la Triple A. Las audiencias serán en Colón 80, sin presencia de público y con transmisión en vivo por el canal de youtube de la UNS.

El debate comenzó en marzo y fue suspendido por el aislamiento obligatorio. El 3 de julio se reanudó con la presentación de José Luis Santagada, Daniel Esquivel, Juan Díaz y Marta Bustos.

Les ex militantes comunistas y peronistas bahienses relataron la presencia impune y criminal de la banda paraestatal que respondía al diputado nacional y secretario de la CGT, Rodolfo Ponce, y al interventor de la UNS, Remus Tetu. Aquí se reseñan sus testimonios.

“Fue aterrador”

José Luis Santagada era estudiante de ingeniería electricista y militaba en la Juventud Comunista. Recordó que desde 1973 aparecieron “movimientos de presión venidos de grupos armados” que actuaban contra asambleas y concentraciones. “Pertenecían a sindicatos como URGARA donde estaba (Rodolfo) Ponce o a la UOM donde estaba (Albertano) Quiroga”.

“En el 74 hacen pie en la Tecnológica y logran tomar posesión de la dirección. El movimiento estudiantil desde la UNS fue en una manifestación a acompañar a los estudiantes. Cuando llegamos, era tal la situación de esta gente armada, incluso con metralletas, que tuvimos que volvernos”.

“Sabíamos que ahí se reunían y que estaban asesorados por el abogado Montezanti que trabajaba para ambos sindicatos. Él se reunía allí con esta gente y planificaban sus actividades”, declaró.

Tras la toma de la UTN, el movimiento estudiantil se dirigió en busca de apoyo al Concejo Deliberante. Santagada afirmó que más de 200 manifestantes fueron atacados a balazos desde el interior del Mercado Municipal. “Las marcas de las balas todavía deben estar en las cortinas metálicas de la vereda de enfrente. Nos tiraban desde el puentecito, había que tirarse al piso”.

Relató que la intervención de Remus Tetu en la UNS atacó “a fondo los claustros, cerró carreras, quitó contenidos, unió departamentos y, por supuesto, produjo despidos. Llegaron a ser 200 profesores y alrededor de 60 no docentes. Algunos fueron reincorporados luego, tanto es así que creo lo hicieron a propósito para tenerlos cerca y después los mataron como a Bombara, Del Rio y Prieto”.

Foto: UNS.

El 1 de abril de 1975 realizaron una asamblea en el aula 72 C para intentar recuperar el comedor universitario. Resolvieron que los dirigentes David “Watu” Cilleruelo y Daniel Riganti planteen sus demandas al rector.

“Al otro día estuve con Watu hasta las 9 menos cuarto de la mañana, repartiendo en la entrada del hall central un volantillo invitando a concentrarnos para pedir la apertura del comedor universitario. Me fui porque trabajaba en un negocio de electricidad. 9:30 caen desesperados mi novia y un compañero a avisarme que lo habían matado”, dijo.

Santagada recordó que llegaron al Hospital Municipal cuando ingresaban a Cilleruelo “en una camilla inolvidable, el cuerpo cubierto con una sábana, la desesperación de los compañeros, lo acompañamos hasta un lugar que sería la morgue”.

El crimen de David “fue aterrador, aparte de haber ocurrido en la universidad, éramos amigos, un muchacho jovial, tocaba la guitarra, participábamos en actividades”. Los asesinos fueron “los dos Argibay” y otra persona. Ese día andaban en un Falcon verde con techo vinílico blanco. Solían usar también dos Ramblers, uno “Ambassador marroncito claro”.

El testigo agregó que luego decidieron hacer un juicio político a Tetu. Se convocaron en el ex Hotel del Sur. “Marchamos y, nuevamente, no se pudo realizar porque cuando llegamos a la primera cuadra de Colón estaban los grupos armados esperando. Se produjo un desbande en cantidad, corrimos, la policía cercó toda la plaza, fue una situación muy difícil, pudimos ir escapando de a poco, se produjeron muchas detenciones”.

Respecto de la patota, contratada por Tetu como personal de seguridad de la UNS, Santagada sostuvo que irrumpían armados en las clases reclamando información sobre alumnos y profesores y que muchas veces “estábamos en los pasillos y había que correrse porque entraban de a tres con armas en el hombro. Era aterrador el día a día, venían agrandados, eran hombres altos y con la impunidad y las armas parecían más grandes todavía”.

Nombró a Sañudo, Chisu, “Curzio y Aceituno de White”, “Dodero de Urgara, Argibay padre e hijo, Facceli creo que es”, Juan Carlos Lambini, “el Chacho Pérez de Urgara que era chofer de Ponce”.

Tiempo después, Santagada fue detenido en su casa por un grupo armado y de civil, el cual lo trasladó a dependencias del V Cuerpo de Ejército. Durante varias horas, fue interrogado por el mayor Sierra, el agente de Inteligencia Hugo del Valle y otro hombre.

Por último, Santagada contó que durante muchos años fue responsable del equipo de electricidad del edificio de La Nueva Provincia. “Conocí a la gente de seguridad, conocí el polígono que tenían, estaba en el subsuelo, ya no existe. Tenía unos treinta metros de largo por cuatro o cinco de ancho, con paredes de corcho, dos figuras hechas en chapa y cartón al final. Ahí entraban y salían la seguridad de LNP como la seguridad esta. También había relación con la Base Naval. (…) Practicaban ahí y en el campo de Tornquist”.

“Eso lo viví. Tuve una entrevista con un hijo, creo que era Vicente, y la señora Massot. Como yo entraba y salía, me atacaron muy firme pero como era joven me habrán creído y me dejaron trabajar. Era para indagarme, qué actividades tenía en la universidad, qué era lo que se decía y que no”, concluyó.

“Eran como de la casa, hacían lo que querían”

“Eran una patota que infundía miedo, andaban todo el tiempo armados, entraban a la facultad como si fueran los dueños del lugar, eran temibles”, dijo el ex militante del PC, Daniel Esquivel, sobre la banda parapolicial que lo expulsó a golpes y amenazas de la UTN bahiense.

Describió que los líderes aparentes del grupo eran Argibay y Sañudo, quienes siempre andaban acompañados de otras personas que “hacían ostentación” de sus pistolas o escopetas tipo Itakas. “Algunos provenían del sindicato de la Junta Nacional de Granos, Argibay creo que era retirado de una fuerza”.

El testigo aseguró que los delincuentes todo el tiempo iban a ver a quien luego fuera presidente de la Cámara Federal, Néstor Luis Montezanti. “No recuerdo si era profesor, un asesor letrado o algo por el estilo. No sé qué hacía, yo iba a clase, al resto de las personas las veía ahí adentro. Él estaba habitualmente allí y en la oportunidad de que este grupo estaba en la facultad siempre estaba con él. Se trababan con mucha familiaridad”.

“Recuerdo haber estado en una asamblea en el salón de actos de la Tecnológica, estaba llenísimo de gente, alumnos y profesores. En un momento apareció este grupo, creo que hicieron algunos disparos y a culatazos, golpes y patadas nos sacaron por las escaleras a todo el mundo”.

Esquivel relató su último día en la UTN: “Con un grupo de compañeros nos juntábamos en el Departamento de Agronomía de la UNS porque teníamos miedo. Un día se sorteó que alguien fuera a ver qué pasaba. Me tocó, entré con un grupo de compañeros que cursaban conmigo. La parte de adelante estaba en obra, vi que venía Argibay y, sin mediar palabra, me dio un golpe en el estómago. Quedé tirado en el suelo y los compañeros me levantaron y me entraron”.

“El tipo siguió caminando como si nada. Un par de horas después, salgo por 11 de abril, no salí solo. Cuando llegó a la avda. Alem vienen Sañudo y Argibay. Empiezo a caminar en dirección contraria, me siguen, apuramos el paso y nos empiezan a correr. Corro en dirección al teatro y escucho que me gritan, siento un disparo, no sé si a mí o al aire, no dejé de correr”, contó.

Esquivel fue secuestrado en junio de 1977 por aproximadamente diez días durante los cuales le mostraron fotografías de compañeros tomadas en la calle, asambleas o reuniones. “Me pedían que los identificara”, dijo. Entre ellos, recordó a Daniel Hidalgo, militante de la JUP asesinado durante la dictadura.

“No era el virus, era la Triple A”

El psicólogo social Juan Evangelista Díaz nació “en una casa peronista” y, mientras estudiaba Literatura en la UNS, militó en la JUP. En el marco de la pandemia, destacó que “estamos viviendo una situación singular en la historia de la humanidad” que “genera cierto miedo porque está la muerte dando vueltas por ahí. Las estadísticas hablan de mil, dos mil, diez mil muertos. Aquello de lo que estoy hablando produjo treinta mil”.

“Amenazas, tiroteos, balas, eran cotidianas en la ciudad. Recuerdo la sensación de vivir intimidado, preso”. Díaz afirmó que vivían “como ahora con la conciencia de la posibilidad de morir” aunque “en aquel entonces no era el virus, era la Triple A”.

“La militancia en la universidad y la vida se modificó en todos los sentidos con Remus Tetu”, quien había sido “designado por los poderes militares que se peleaban por manejar territorial e institucionalmente el país. Se mencionaba que la universidad pasaba a ser un dominio de la Marina”.

El asesinato del “Negrito” Jesús García y la intimidación a uno de sus profesores le hicieron tomar conciencia del riesgo. “Juan Carlos Garavaglia le contó a los estudiantes lo que le había pasado, era del orden de lo terrorífico. Cuatro personas bajando de un Falcon con armas, apuntándolo, a los gritos, creo que no lo mataron para que lo pudiera contar”.

Díaz se mostró “conmovido” frente al tribunal: “Los bravucones son frágiles y se defienden agrediendo. Los vulnerables tenemos coraje porque tuvimos un ejercicio muy grande de vivir una vida de permanentes amenazas en un clima y un contexto absolutamente agresivo e irracional”.

Aportó recuerdos generales y subrayó que, entre ellos, guarda uno “cinematográfico”.

“No estaba muy lejos, estaba caminando a mi casa en Caronti. Estaba con Watu en ese lugar, estaba a cargo de la presidencia del Centro de Estudiantes de Humanidades y teníamos relación con la Federación de Estudiantes del Sur. Íbamos a realizar una actividad de política estudiantil”.

“Salí de ese lugar por las escalinatas y empecé a caminar por el playón de estacionamiento. Lo que vi fue un Falcon, era lo que sabíamos, que los grupos de la Triple A se movilizaban en Falcon. No tuve dudas que era un auto de la Triple A, iban varios ocupantes, por la calle San Juan. Lo digo y lo veo. Desde la avda. Alem. Nunca imaginé que lo que se estaba gestando era lo que luego ocurrió”.

Cuando llegó a su casa, su compañera lo estaba esperando con la noticia que había escuchado en la radio: habían asesinado a Watu.

“Votábamos y nos íbamos rogando que no nos mataran”

María Marta Bustos, declaró que su familia estaba compuesta por su madre, seis hermanos varones y tres mujeres, “típicos militante de base, de andar por la villa y los barrios”. La casa familiar había servido de encuentro clandestino en las noches de peronismo proscripto.

Bustos fue concejala durante el gobierno de Eugenio Martínez, estuvo presa en varias ocasiones, en dos embarazada y, de hecho, una de sus hijas nació durante su cautiverio en Olmos.

La familia era permanentemente intimidada, dormían vestidos esperando los frecuentes allanamientos por parte del Ejército o de “servicios” que rompían todo y se iban. Las ventanas del frente fueron cubiertas con ladrillos para protegerse de las balaceras.

Las amenazas en el Concejo Deliberante eran “muchísimas”. “Jamás iba sola, iba con mi ex marido y, en otros autos, me acompañaban más compañeros. A veces las sesiones terminaban a las 12 de la noche y yo tenía mucho miedo. Éramos de un grupo donde estaba Gerardo ‘Chiche’ Carcedo, al que después mataron”.

“Teníamos temor pero votábamos lo que teníamos que votar y nos íbamos rogando a dios que no nos mataran”, recordó. Consultada sobre si en el deliberativo se hablaba de la banda paraestatal, respondió: “¿Qué podíamos discutir en las sesiones si estaban a veces los de la Triple A con las armas al lado?”.

Bustos relató que su hermano René fue perseguido por dos Falcon comandados por Argibay y Sañudo, quienes alcanzaron su Estanciera cuando circulaba por Villa Libre y lo atacaron.  La camioneta terminó con “50 tiros y a mi hermano le entraron varios, sangraba muchísimo”. Un sodero lo alcanzó a su casa y un vecino lo trasladó al Hospital Italiano donde fue operado mientras sus hermanos y compañeros de militancia custodiaban el lugar.

Para la policía “eran problemas políticos” que no merecían su intervención. Para La Nueva Provincia y las radios locales los hechos no existían o eran “confusos episodios”.

En el tramo final de su declaración, Bustos recordó los secuestros que padecieron varios integrantes de su familia desde horas antes del golpe de Estado del 24 de marzo. Por dichos crímenes varios genocidas de la región fueron condenados en juicios anteriores.

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