“Los impulsaba el odio”

Miguel Ángel Pereyra dijo al tribunal oral de Bahía Blanca que los crímenes de la Triple A, más que muertes, eran la “destrucción de la vida”. Testigo directo del fusilamiento del dirigente estudiantil David Cilleruelo, declaró en el juicio contra cuatro integrantes de la banda paraestatal.

“Nadie se imaginaba que iba a haber un asesinato en la universidad o a la luz del día, cuando estaba colmada de estudiantes. Podría haber sido una masacre. Tampoco imaginamos que iba a haber un ser humano con esa convicción para realizarla. Eso produjo un terror que confirmó los objetivos que tenían quienes impulsaban esa política de descabezar los movimientos de masas”, afirmó.

El juicio continuará los días 11, 12 y 13 de agosto. Están imputados Raúl Aceituno, Juan Carlos Curzio, Héctor Forcelli y Osvaldo Pallero.

“Nadie salía a buscar al asesino”

El 4 de abril de 1975 iba a realizarse una asamblea para definir la conducción de la Federación Universitaria del Sur. “Iban a ser nueve integrantes, tres de la Federación Juvenil Comunista, tres de la Juventud Universitaria Peronista, dos radicales y uno del Partido Comunista Revolucionario”. David “Watu” Cilleruelo iba a asumir como secretario.

Pereyra había sido electo presidente del centro de estudiantes de Geología y como afiliado a “la Fede” era candidato a ocupar uno de los lugares que correspondían a su organización.

El día anterior, las agrupaciones aprovechaban la masiva concurrencia de estudiantes que acudían a inscribirse a Alem 1253 para convocar a sus pares.

“Sentimos un estampido de un arma y cae un cuerpo cerca mío. Todo el mundo sale corriendo. Regreso a mitad del pasillo y me encuentro al lado del cuerpo boca abajo. Se arrima Argibay, lo da vuelta, identifico que es Watu. Argibay, arrodillado con la pistola en la mano, me apunta y me dice: ‘Pobrecito, se golpeó la cabeza contra la pared'”, recordó.

Pereyra dijo que quedó “inconsciente, tenso”. A su alrededor se arrimaban varias personas, “Argibay se retira, alguien le arrima un bolso chiquito color claro, meten el arma y se van”.

Gritó pidiendo una ambulancia. Un estudiante ofreció su auto, cargaron a Watu, agonizaba, lo llevaron al Hospital Municipal. Allí decidieron hacer la denuncia.

“Fuimos con Alberto Rodríguez a la Comisaría Segunda y nos llevaron a la Federal. Estuvimos en un patio hasta que, al rato, nos llega la información de que Watu había muerto. Nos tomaron una declaración a las apuradas, nos dijeron que no servía para nada. Nuestra preocupación era que nadie salía a buscar al asesino”.

“No eran loquitos que mataban gente”

Pereyra destacó que por ser testigo del crimen tuvo que vivir “rajando” de una casa a otra y, a su vez, saliendo a la calle para realizar gestiones desde la FUS ante dirigentes políticos, la Curia o hasta las fuerzas armadas. “No teníamos noción, era un riesgo permanente”.

Ese fue el clima en el cual fue a declarar en septiembre del 75. “Fijensé la firma, era un garabato, ni me acuerdo haber leído la declaración, firmaba cualquier cosa. El juez (Guillermo) Madueño actuaba en consentimiento, no eran loquitos que mataban gente en la calle, tenían una finalidad determinada”.

Pereyra insistió en que a Watu “fueron a buscarlo” y apuntó a la llegada del rector interventor Remus Tetu -bajo las políticas del ministro de Educación Oscar Ivanissevich- y a su vínculo con el diputado nacional y secretario de la CGT, Rodolfo Ponce, como piezas claves de la articulación de los grupos armados.

Una respuesta a ““Los impulsaba el odio”

  1. Transcurrieron 45 años y la impunidad biológica favoreció a varios de los asesinos que integraban la Triple A bahiense. Aunque tarde, los que los sobrevivieron a aquella temprana represión organizada desde el estado democrático están ahora enfrentando a la justicia. Los testimonios que hemos escuchado a través de las videoconferencias son conmovedores pues nos retrotraen a aquellas jornadas de terror que anticiparon lo que ocurriría después del 24 de marzo de 1976. Sin embargo, lo que más llama la atención es la homogeneidad de los testimonios de quienes fueron testigos del horror y que con tanta valentía lo traducen en palabras. Ahora falta sentar en la silla de los acusados a quienes desde la “justicia” ampararon a estos criminales y todavía, aunque quedan pocos, se pasean tan campantes por la ciudad.

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