“No estamos todos los testigos, no están todos los acusados”

“Ojalá los jóvenes lean más, estudien más la historia de este país. Algunos políticos de Bahía Blanca tendrían que venir a declarar por qué no pusieron el cuerpo cuando nos estaban matando, por qué siguieron mirando para otro lado y siguieron conversando con los asesinos”.

Alberto Manuel Rodríguez declaró en el juicio Triple A sobre el crimen de su compañero de militancia David “Watu” Cilleruelo. Las audiencias continuarán martes, miércoles y jueves de esta semana desde las 9 con transmisión online.

“Carucha” destacó que “el crimen a plena luz del día, el miedo, el terror que nos impusieron cambió para siempre las ganas de vivir, la forma de vivir. Nos desaparecieron no solo los muertos de la Triple A sino los 30 mil compañeros. La desaparición de esa generación, les quiero decir a los jóvenes, cambió la historia de este país y es por eso que seguimos insistiendo aunque hayamos tardado 45 años para que se haga justicia”.

“Esto lo tienen que arreglar ustedes”

David “Watu” Cilleruelo era su compañero, su amigo, cada cual militaba en su centro de estudiantes y, juntos, en la Federación Juvenil Comunista.

El 3 de abril de 1975, Rodríguez fue como centenares de alumnes a inscribirse en una materia. Cumplió su objetivo y se quedó volanteando en el ala de Ingeniería. “Era un día lindo, mucha gente conocida”.

Watu pasó por allí, cruzó unas palabras con él, siguió su camino y dobló hacia el hall central. Unos pasos más adelante lo frenaron tres personas. Watu se dio vuelta, se escuchó un disparo y cayó.

“Lo que cayó fue alguien ahí. No me olvido que Argibay tenía una campera de corderoy y el arma en la mano”. Alberto salió en sentido contrario, hacia la arcada central, se encontró con dos compañeres y se enteró quién había sido baleado.

“Llegamos a la playa de estacionamiento y veo a Argibay, al hijo y a Aceituno. Venían caminando del lado del Club Universitario con un bolsito blanco hacia un Falcon con techo vinílico del rectorado”.

De alguna forma llegó al hospital. De allí fueron con Miguel Pereyra a denunciar el hecho a la Comisaría Segunda. Los llevaron a la Policía Federal donde les dijeron: “Esto lo tienen que arreglar ustedes porque los que dicen tienen credenciales de la Federal, están todos los días acá”.

En la sede policial se enteraron de la muerte de Cilleruelo. “Estuvimos un rato abrazándonos con Miguel y volvimos a terminar la declaración. Para mí haber ido era decir fue ese, fue en el auto de la universidad, vamos a la universidad, los detienen y resolvemos todo”.

Nazi confeso

Tras el crimen, se organizó el juicio ético a Remus Tetu. “La idea era tomar valor entre todos y exigir el desplazamiento del rector, que era un nazi que había escapado de Rumania. Había entrado al instituto y luego a esta universidad bajo el rótulo ‘título perdido en guerra’, su único título era el de nazi confeso”.

Cuando estaban por entrar al Hotel del Sur para participar del acto, vio a Argibay y a sus matones armados ingresando, enfrente estaba “la fiambrera”, el Fiat 125 en el que circulaban. “Freno a mi mujer y digo: la Triple A”. Fueron a avisar a las organizaciones que aún no habían llegado. Les compañeres que preparaban la sala terminaron detenidos por la Policía Federal.

Montezanti y la patota

Rodríguez mencionó el pedido de solidaridad de estudiantes de la Universidad Tecnológica ante la toma de la sede bahiense por parte de un grupo armado. Entre 200 y 300 personas marcharon desde Alem 1253 hacia 11 de abril al 400.

Les esperaban “siete u ocho armados, mirándonos de frente, en formación, provocando a los que estábamos en la calle a que nos animáramos a entrar. Cantábamos consignas. Ese fue el día que vi a mi profesor de Derecho, el dr. (Néstor Luis) Montezanti junto a esta gente, amigablemente, con su blazer azul, su peinado a la gomina, riéndose y charlando con ellos”.

Fueron hacia el Concejo Deliberante a denunciar la situación. “La columna entra por Brown, la primera cortadita entre la Plaza del Sol y el edificio, subíamos al puente y se entraba hacia el estacionamiento para subir al ascensor a entregar la nota”.

“Ahí sentimos que las balas eran de verdad, algún grito, están tirando, escuchamos los silbidos de las balas, nos tiraban desde el Dodge Polara verde. Estuvimos un rato largo en el piso porque fue una primera tirada y después otra, fue un desbande”, describió.

“Al mismo que salía a matar lo ponía a servir café”

Por pedir el desplazamiento de Tetu, Rodríguez fue expulsado de la universidad. Se dedicó a trabajar y al teatro. Había participado de la formación del Teatro del Club Universitario y estaban constituyendo la delegación local de la Asociación Argentina de Actores.

En el marco de un conflicto recibieron en Bahía Blanca al secretario nacional, Luis Brandoni. “Brandoni estaba en el Consejo de la CGT, Ponce también y, a su vez, era la cabeza con Tetu de la Triple A, que había amenazado a Brandoni en Buenos Aires y le habían producido un atentado. No tuvieron mejor idea los que dirigían el gremio que pedirle una entrevista a Ponce por la seguridad de Brandoni”.

Brandoni se alojó en el Hotel Italia y desde allí partieron a una reunión en Urgara. En el camino se cruzaron con Aceituno. Suben al gremio y se encuentran con Ponce: “Beeeto querido, dice y lo abraza haciendo la gran pantomima”.

“Le explicamos por qué íbamos. El compañero está amenazado de muerte y veníamos a verlo para que sepa que estaba en el hotel y que lo que pudiera hacer como diputado o secretario de la CGT…”, relató Rodríguez y agregó: “Nos sirvieron un café. El que servía el café era Argibay…

Y yo tomé el café.

-Esto cronológicamente es…

Después del asesinato de Watu.

-¿Qué relación tenía esta persona con Argibay y Aceituno?

Era el jefe de ellos. Al mismo que salía a matar lo ponía a servir café… No sé qué decirle. Lo más triste, lo más increíble, es que nos custodiaron, con otro auto y el Polara.

Cómplices que caminan por la calle

El Poder Judicial fue otro engranaje de la impunidad. Guillermo Madueño, Hugo Sierra y Gloria Girotti fueron algunos de sus ejecutores.

Un ejemplo: “Dos sillas, Sierra, la señora anotando y estaba parado Argibay. Me hacen un careo sin haberme avisado, sin ponerme abogado. Sierra me dice ‘¿este es el hombre?’. ¿Y a vos quién te manda?, me dice Argibay, prepoteándome. Una cosa de locos, yo tenía 21 o 22 años, no tenía la más mínima idea de que la ley me asistía, que no podían hacerme eso en plena dictadura”.

Si Sierra y Madueño no hubieran “cajoneado” la causa “hoy no tendríamos que estar acá. En el ’75 estaban dadas las condiciones para detener a las tres personas que habían cometido ese crimen y hubieran tenido a todos los testigos”.

 

Rodríguez destacó que muchos comerciantes fueron amenazados, que mataron a un sacerdote en el Juan XXIII y “la Iglesia no hizo absolutamente nada”. Mencionó que fue a ver al obispo y “nos tuvo sentado dos horas y después nos hizo besarle el anillo para pedirle por Nelly Deluchi que estaba secuestrada en La Escuelita, lo único que nos dijo ‘si no hizo nada malo seguramente va a aparecer'”.

“Acá están faltando testigos, algunos murieron, como Ana Colantuono, pero otros andan caminando por la calle como también hay cómplices que caminan por la calle”, insistió.

Reavivar la historia

Rodríguez contó que antes del terrorismo de Estado vivían “una vida maravillosa, se reía, en el cine de calle Almafuerte se daban películas de los mejores, de los clásicos, se debatía sobre obras de teatro. Todo se debatía, todo se discutía y éramos alegres, disfrutábamos mucho”, contó.

“Después de eso ya no se disfrutó. No me pasó a mí, le pasó a toda la ciudadanía. Creo que el ‘no te metás’ duró durante muchas décadas. Si vas a la universidad ‘solo anda a estudiar’, ‘no te metás’. Esta gente mataba pero había quienes estaban pensando porqué y cómo lo hacían”.

“Justificaban a estos asesinos, mataban para generar el miedo, el terror. Eso es lo que los jefes intelectuales necesitaban, implementar el terror. Y ganaron. Ganaron, lo lograron. Porque en los años 80 los jóvenes no querían hablar de nada. Hay que reavivar toda esa historia, contarla permanentemente porque es parte del silencio que tuvimos que sufrir”, proclamó.

“Que sus hijos tengan respuesta”

Rodríguez se dirigió al hijo del imputado Raúl Aceituno. El joven lo amenazó años atrás en el Centro Cultural La Panadería. “Carucha” leyó una carta de Daniel Argibay remitida al periodista Diego Martínez, tiempo después de realizar una entrevista sobre los crímenes de su padre Jorge y su hermano Pablo.

“Hola Diego, si tenés oportunidad, hacele llegar mis tristes condolencias y muestra de respeto a familiares y allegados a Watu. Ojalá conociera el nombre de las otras innumerables aberraciones cometidas por mi padre. Pero vaya a través de esta mis extensivos saludos a todos ellos por su dolor”.

Alberto subrayó que son “dos formas de poner un poco de luz a tantos crímenes, a tantas aberraciones. Me gustaría que los hijos de todos ellos, los nietos, algún día tengan respuesta, ya que a nosotros no nos la dan. Quisiera que digan quiénes daban las órdenes. Y me gustaría que los que están vivos expliquen cómo pensaban que iban a matar las ideas. Son bestias. Son bestias, no son otra cosa”.

Con las mismas ideas de su juventud, “Carucha” cumplió el compromiso de dar testimonio ante el tribunal sobre el crimen de Watu y pidió justicia por les 30 mil. Justicia con cárcel común y sanción económica: “porque son presos de lujo por los bienes que han robado”.

Una respuesta a ““No estamos todos los testigos, no están todos los acusados”

  1. ”Carucha” Rodríguez, Miguel Ángel Pereyra, Graciela Lutzky, Dante Patrignani, María Cristina Leiva… ¡Gracias por los valiosos testimonios de una época no tan lejana en que los sueños de tantos jóvenes por mundo mejor acabaron en la peor de las pesadillas! Es emocionante la mención de “Carucha” al cine Unión de la calle Almafuerte, donde el GUDEC (Grupo Universitario de Cine), semanalmente nos movilizaba hacia esa parte de la ciudad alejada del centro para ver, en la sala abarrotada de la Unión Ferroviaria, películas que no se exhibían en los cines comerciales. Lamentablemente, las fechorías de la Triple A, y después las de la Dictadura genocida, acabaron con esa enriquecedora experiencia haciendo que los integrantes del GUDEC tuvieran que abandonar el país ante las amenazas recibidas. ¡Terrible destino el de esta generación de soñadores!

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