“El mejor remedio es cultivar la memoria”

Los hermanos Roberto y Walter Calamita declararon en el juicio oral contra cuatro ex integrantes de la Triple A bahiense. Brindaron detalles de la persecución, los secuestros y el cautiverio que padecieron hasta poder salir del país.

“Alguien que ha conocido el infierno no termina nunca de investigar. El mejor remedio es cultivar la memoria, saber, indagar, conocer quiénes fueron los compañeros muertos, qué aspiraciones tenían, porqué los persiguieron y los mataron. Todos tenían proyectos hermosos, de hacer un país mejor. Mientras que la historia de estos asesinos es fácil, es por dinero o cosas por el estilo, esta gente demostró no tener nada en la cabeza”, afirmó Roberto.

Dieron testimonio por el asesinato de Luis Jesús García al igual que Carlos Corbellini, quien también se refirió al crimen del profesor Rodolfo Gini. Las audiencias continuarán los días 23, 29 y 30 de octubre.

“Era como atravesar un campo minado”

La familia Calamita tenía “espíritu de lucha antifascista y por la democracia”. El padre había colaborado con los partisanos en Italia y Roberto había comenzado a militar a principios de los 70 en el Frente Antiimperialista y por el Socialismo.

En las luchas estudiantiles de Roma del 69 había tomado dimensión “de lo represiva que era nuestra educación”. Junto a sus compañeres de Agronomía en la UNS pretendían “llevar la universidad al campo”.

Al “Negrito” Luis Jesús García, por cuyo crimen fue convocado a declarar el 24 de septiembre, lo conoció en el VI Congreso del FAS en Rosario.

Días antes de viajar, salió a hacer propaganda con otro compañero. Desde una moto, arrojaban volantes alrededor de la Plaza Rivadavia.  En un momento comenzó a perseguirlos un Citroën amarillo. Los alcanzó en la segunda cuadra de Alsina.

“Se bajó quien después supe que era Sañudo y me amenazó con un arma. Me decía ¿vos sos socialista? ¿vos sos socialista? Insistía con esa palabra como si fuera una cosa diabólica. Respondí que no para evitar una agresión. Me arrebató el bolso con una mano y con la culata de la pistola me pegó. Me dio la impresión de que estaba delante de un pistolero, no de una persona normal”, dijo. En el vehículo había otra persona. Era la “época de la patota de la CGT”.

Recordó la represión a la marcha estudiantil que fue al Concejo Deliberante a denunciar la toma de la UTN. “La gente que hablaba estaba arriba de la rampa, provenientes desde Donado se acercaron dos coches despacito, uno era el famoso Dodge Polara verde. Apenas llegaron a la altura de la manifestación se empezaron a sentir los disparos y todo el mundo se tiró cuerpo a tierra. Los proyectiles pegaban en los fierros y hacían un sonido muy particular, como en las películas”.

Calamita hacía cada vez un recorrido distinto para llegar a la universidad: “Era como atravesar un campo minado, las agresiones podían ocurrir en cualquier momento”. Un día la patota entró al Departamento de Agronomía e hizo pintada en el centro de estudiantes: “El clima de terror empezó a ser mayor”.

Un familiar lo alertó de que “en la sede de la CGT de Mitre y Rodríguez tenían una foto suya con la moto. Con la ingenuidad de mis 19 años desarmé la moto roja y la pinté de negro para que no me reconocieran”.

En noviembre de 1974 la Policía Bonaerense lo fue a detener. “El terror era tal que decidí no abrir. Imaginaba que me venían a buscar y después me tiraban en la ruta como lo tiraron al Negrito y a otra gente”. El comisario rompió la puerta con un hacha, lo conocía porque era cliente de la pollería familiar. “Creí que era la patota de Ponce”, le dijo.

Se lo llevaron junto a su esposa embarazada y a su hermano. El mismo día colocaron una bomba en el negocio de su padre. “Calamita, váyase porque si no lo metemos en cana a usted también”, le dijeron cuando fue a hacer la denuncia.

A la mañana siguiente, Roberto escuchó a su mujer pidiendo ayuda desde su celda: “Cachito, estoy toda mojada”. Empezaron a gritar y dar patadas a la puerta. Un suboficial de la Policía la sacó y la llevó al Hospital Español donde “la nena de ocho meses nació prácticamente en la entrada” y la llevaron a una incubadora.

Comentó que en una ocasión fue a La Nueva Provincia con la intención de difundir una solicitada sobre el Congreso del FAS y por el aniversario del Cordobazo. Lo hicieron ingresar por la entrada de los canillitas, “había dos policías de uniforme, ya avisados y me toman las huellas digitales, era insólito. No solo no fue publicada la solicitada sino que figura en mi legajo de la Dipba”.

Junto a otros compañeros fueron trasladados a Villa Floresta. “Llegaba primero el detenido y después el abogado defensor del detenido”, dijo y recordó entre ellos a Lejarraga, Bueno, Massolo y Facchini. Luego vino un traslado a Sierra Chica, la libertad vigilada y recién en 1982 pudo juntarse con su familia en el exilio.

El saldo: traumas familiares “en cantidades”, la afectación psicológica de su ex compañera, “todo el drama de vivir… Vine a Italia a conocer a mi hija con ocho años, pude construir una relación con ella. Puedo decir que soy un privilegiado respecto a otras familias de Bahía Blanca”.

Gente que no se arrepiente de su pasado

Walter Oscar Calamita, hermano de Roberto, declaró el 8 de octubre, a un mes de que se cumplan 46 años de su detención. Aceptó las disculpas del presidente del tribunal por la demora.

A los 18, trabajaba en el peladero familiar e iba a la escuela nocturna. Ya sabía que había que cuidarse de “la banda de Ponce” aunque su militancia comenzó en la cárcel.

Recordó una toma en el Colegio Nacional durante la cual temían que “aparecieran los famosos coches sin chapa y los apretaran de manera ilegal” y la represión a la manifestación de estudiantes que concurrieron al HCD para denunciar la ocupación de la UTN.

Walter comentó que luego de su detención -junto a su hermano y su cuñada- su padre fue a hablar con el hermano del diputado y jefe de la Triple A, Rodolfo Ponce. “Si usted paga puede llegar a salir el más chico”, fue la propuesta rechazada por los Calamita.

Mencionó que la patota solía reunirse en el Hotel Italia y que en una ocasión, mientras realizaban una pegatina sobre el Congreso del FAS en calle Brown, pudo ver un “caño” saliendo de una de las ventanas. “Avisé a los compañeros, salimos corriendo por Donado. Ingenuamente corrí hasta Mitre donde había otro grupo pegando y mis compañeros me dijeron corre más porque estás adelante de la CGT”.

Al igual que su hermano, describió los secuestros en la casa familia y declaró que después de algunas horas de estar en la Comisaría Segunda, vieron llegar a Gerardo Saad a quien “habían torturado durante horas”. Otro de los militantes del FAS secuestrados fue el primo de Saad, Carlos Corbellini.

Tiempo después, el juez Guillermo Madueño sobreseyó a Walter aunque quedó detenido a disposición del PEN hasta que le dieron la opción de salir del país.

Calamita dijo al Tribunal que en Villa Floresta estaban detenidas también las tres hermanas Ortiz. “Graciela estaba embarazada, su marido era Juan Carlos Richter que estaba preso con nosotros. Cuando rompió aguas no le daban asistencia, ellas hicieron nacer el nene y después la llevaron al hospital”.

“Al rato dijeron que estaba muerto. Cuando lo supimos los varones, nos amotinamos para que salga la noticia. Eso provocó que a los pocos días nos llevaran a los calabozos o a un celular con el que nos llevan a Espora, nos tienen hasta las cinco de la tarde abajo del sol y luego nos cargan en un Hércules, varones y mujeres, las que tenían hijos no estaban atadas, nos llevan a Sierra Chica y las mujeres siguen a la U9 de La Plata”.

Por último, consultado por el fiscal Pablo Fermento sobre las consecuencias de estos hechos en su vida, Calamita aseguró: “Me fueron del país. El derecho de opción es un exilio forzado. La maldad final es que cuando llegás al otro país con el pasaporte como turista ni siquiera podés trabajar, esa fue la última maldad que me hicieron”.

“Significó cambiar la vida, significó un año de escuela política, tuve el honor de conocer gente que no se tiene que arrepentir de su pasado, dirigentes políticos de mucha claridad, de sueños de una Argentina mejor. (…) Una parte de la inteligencia del país se quemó en esa época y eso me duele”.

“Agua, agua, agua”

Carlos Corbellini militaba en el PRT y realizaba actividades barriales y sindicales en Noroeste y Villa Nocito. Dijo que el Negrito García era un “joven obrero muy inteligente, abierto a las inquietudes sociales, con ganas de estudiar y militar para transformar la sociedad, un revolucionario y socialista”.

El 18 de septiembre de 1974 Corbellini fue a casa de los García y Marcela, la madre del Negrito, le dijo que durante la noche la policía se había llevado a sus compañeros Jorge Fernández, Roberto Inostroza y Eugenio Navarrete. En agosto ya había habido detenciones en el marco de una conmemoración del aniversario de la Masacre de Trelew.

“La mañana del 23 me levanto y un vecino me invita a tomar mate y churrasquear. En eso la radio dice que había una denuncia de que habían secuestrado al Negrito”. Fue a Ing. White a avisar a algunos compañeros, “inmediatamente encienden la radio y ya estaba la noticia de que había sido encontrado muerto”.

Recordó que el cortejo fúnebre fue “una marcha de una tristeza inmensa” en la cual “se decía que había sido la patota de Ponce. Algunos representantes de la Uocra se presentaron con una ofrenda floral y la madre los echó por considerarlos cómplices”.

“Participaron organizaciones que hasta ese momento no habían estado nunca juntas. Mucha gente del barrio, eran una familia muy arraigada. Llevé por un trecho el cajón. Era un clima de mucho miedo, se esperaba otro ataque, se empezó a tener una sensación de que se pasaba de la intimidación al asesinato, a la eliminación física”.

El testigo “cayó” el 10 de octubre. Estaba con Julio Fernández y Sonia Moura cuando ingresó la policía. Fernández identificó entre los uniformados a Claudio Kussman.

A Corbellini lo llevaron a una pensión de calle Chaco, la cual estaba siendo allanada, y luego a la Brigada de Investigaciones donde escuchó a Julio. Lo torturaron salvajemente mientras lo interrogaban sobre un supuesto depósito de armas. “Te conviene hablar porque si no vamos a usar el mismo tratamiento que usamos con el Negrito: agua, agua, agua. A, A, A. Tres A”, le decían.

Ya en el penal de Villa Floresta vieron llegar “una serie impresionante de personas” secuestradas.

En el allanamiento a una casa donde solía parar, los represores encontraron un capote militar de Orlando Menchi, un joven de su pueblo que había hecho el servicio militar y era custodia de un coronel del Batallón 181. 

Carlos afirmó que “después de mi detención una delegación de la Dipba fue a Huanguelén” y que a su primo Gerardo Saad “le dieron un tratamiento peor al mío”. “Turco perdiste, o colaborás con nosotros o apareces muerto en una cuneta, cagado a tiros”, le dijeron. Lo interrogaron sobre las actividades de Rodolfo Gini.

Según consta en el legajo de la Dipba de Corbellini, acusaban a Gini de reclutar jóvenes para que luego él y sus compañeros los incorporaran a las organizaciones “subversivas” en Bahía Blanca. “Una calumnia que no hubiera aguantado ningún análisis. Yo considero a ese informe de inteligencia una condena a muerte”.

La causa contra Corbellini la tramitó un juez subrogante y las declaraciones las tomó el secretario Hugo Mario Sierra. “Me daba rabia que me preguntara cuestiones que se referían a la causa cuando tenía delante de sí un joven de 19 años que estaba inválido de los brazos, no podía ni firmar la declaración. (…) Sierra desglosó otra causa por apremios ilegales, tardaron un año en pedirle a la Comisaría Segunda en qué condiciones había llegado yo y si había sido visitado por un médico. Respondieron que sí, que estaba bien de salud”, dijo con una sonrisa irónica.

Respecto a Rodolfo Gini, el testigo contó que fue su profesor y era una persona de las que ayudan a pensar. “Muy preocupado por unir ciencia y teología. Participó como candidato a concejal de Cnel. Suárez de la Alianza Popular Revolucionaria en las elecciones del 73. Su mujer cuenta que salían de las reuniones y decía ¿te habrá entendido alguien?”.

Lo preocupaba la situación argentina y latinoamericana, abandonó las reuniones en el Rotary de Huanguelén porque la institución estaba “digitada por un país que había promovido el golpe en Chile y el asesinato de Allende”.

“Se preguntaba sobre la existencia de dios, analizaba el Concilio Vaticano II. Se hacía las preguntas en público, las respuestas tenían que ser de las personas. Fue el gran herético, su familia fue perseguida, su nombre no se podía nombrar. Algunos de sus alumnos fueron detenidos, las fuerzas armadas ocuparon Huanguelén para rastrillarlo y detener a las maestras, como si hubiese dejado un germen maldito. Eduardo Galeano supo de su historia y escribió en la Revista Crisis: ‘He encontrado un amigo que nunca conocí'”.

Una respuesta a ““El mejor remedio es cultivar la memoria”

  1. Declarar en el juicio es el deber de cada sobrevivido, y espero que aún quien no haya sido víctima del terrorismo de estado, pero que haya visto o sepa cosas e injusticias de la época, se arrime a la fiscalia y brinde su declaración liberándose de un peso que no le pertenece. La memoria es la construcción del futuro libero de desviados.

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