«Me mandaban los recortes de diarios de los amigos que iban muriendo»

Gustavo Partnoy fue secuestrado a los 16 años junto a su padre, pasó dos semanas de cautiverio entre el Batallón de Comunicaciones 181 y La Escuelita y se exilió en México. Declaró la semana pasada en la Megacausa Zona 5. Este jueves desde las 9 será la décima audiencia transmitida por FM De la Calle y La Retaguardia.

El ex integrante de la Unidad Regional V de la Policía Bonaerense, Claudio Alejandro Kussman comenzó una extensa indagatoria que continuará mañana.

Gustavo Partnoy aseguró al tribunal que a mediados de 1976 solo mantenía «relaciones afectivas» con sus compañeros de militancia estudiantil. Se había alejado tras «la declaración de guerra al gobierno de Montoneros y otras agrupaciones peronistas».

«No porque fuera injusto sino porque no teníamos ninguna posibilidad de ganar. Fue una decisión de vida, otros compañeros decidieron seguir, algunos sobrevivieron y otros no. De los que renunciaron también algunos sobrevivieron y otros no. Ahí no hubo mucha contemplación en cuanto a la represión se refiere», dijo.

Su madre, Alicia Poloniato, había sido expulsada de la Universidad Nacional del Sur por el interventor Remus Tetu y encontró refugio en la Universidad de San Juan. Creyeron conveniente que Gustavo se instale en aquella provincia por la exposición que había tenido desde el Centro de Estudiantes de las Escuelas Medias.

Durante las vacaciones de invierno de 1976 visitó Bahía Blanca. La noche del 23 de julio, volvía de casa de un amigo cuando lo interceptó una persona de civil frente a la Maternidad del Sur. Lo dejó seguir hacia casa de su padre, José Partnoy, trabajador de la salud pública, también expulsado de la UNS.

En Soler 350 lo despertaron los gritos y las patadas del grupo de soldados que allanó el domicilio. Su hermanita de meses lloraba mientras los represores acomodaban el par de armas de uso civil registradas que había en la vivienda con otro montón de armas pesadas que los militares adosaron para la foto.

Padre e hijo fueron subidos a un furgoncito y comenzaron su cautiverio. Pasaron casi todo el día frente a un paredón, luego los metieron en un calabozo pequeño donde había otros secuestrados. Un par de días después los llevaron a «un lugar amplio donde venía gente de la banda del Ejército a tocar y había un montón de detenidos con catres».

«Hasta ese momento la situación daba miedo pero no tanto», recordó Partnoy sobre el encierro en el Batallón de Comunicaciones. Tras una semana les hicieron firmar «como que salíamos libres y nos metieron en un coche, estábamos contentos pensando que salíamos pero no».

Vendados los trasladaron a un campo: se notaba en el aire, el ruido de los árboles. Vio un molino y una pared blanca. Había una casa vieja con varias habitaciones, lo dejaron tirado en el piso y después lo ataron con esposas a una cama.

«Ahí transcurría los días». Constantemente un hombre pedía dipirona y una mujer era acosada por los carceleros. «Le decían Zulema, le hablaban de manera melosa y haciéndose los buenos». Ante el asco que provocaba la especie de guiso de sobras que recibían, el mate cocido le hacía volver el alma al cuerpo.

El interrogatorio fue en una sala con escritorio, cama, oscuridad y luz fuerte a la cara. Le preguntaron si conocía subversivos, si estaba en actividades políticas, qué ideología política tenía. «Si no les gustaba lo que decía me cacheteaban de atrás y con una lámpara en la cabeza».
«Una vez, no recuerdo si fue en el mismo traslado o en el medio, nos llevaron a mi padre y a mí como al campo, nos pusieron de espaldas a un alambrado, era un camino de tierra con esos típicos badenes de huella, nos gatillaron una pistola en la cabeza. Estábamos parados, vendados, nos bajaron del auto y nos decían ahora los vamos a reventar».

Una madrugada los captores abandonaron a Gustavo y a su padre en Ojo en la Ruta, a pocas cuadras del centro de la ciudad. «Fue un shock sacarse la venda después de haber estado tanto tiempo vendado».

Pasó unos días en casa de su tío Mario Partnoy y regresó a San Juan. «Me quedé en una pensión y terminé la escuela. Raro, andaba como bola sin manija, de la casa de uno a la de otro. Había tenido una novia que me cerró la puerta en la cara porque era subversivo, como me habían detenido ya era subversivo. Pude terminar la secundaria y, a partir de ahí, mi familia organizó todo para que me fuera a México con mi madre».

«Ese período fue muy terrible porque me mandaban los recortes de diarios de los amigos que iban muriendo. Eso es muy fuerte porque la amistad a esa edad es otra cosa, uno ahora conoce gente pero no es lo mismo», destacó Partnoy y mencionó al «Vasquito Fernández, a Adrián Carlovich, varios, varios…».

Aquel adolescente vivía «una especie de sueño»: «Hay que ponerse un poco en la situación de un chico. Vivía con miedo pero a la vez -eso lo leí en una novela de Roberto Arlt- sentía que me valorizaba el hecho de haber sufrido una persecución, me hacía sentir especial».

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