Empollar espinas: un caso no heroico de identidad

Julieta es la primera de cinco hermanes. Declaró desde España en la Megacausa Zona 5 por el secuestro de su mamá, Isabel Forteza, y de su papá, Eduardo Gaztañaga. Un alegato sobre el terror, el silencio y la violencia sexual. Una tragedia familiar que no quiere ser privada.
Julieta recordó que en su familia el secuestro fue «un secreto, un estigma profundo y espantoso».

-Cuando tus padres estuvieron secuestrados…, dijo la tía y metió la pata.

Ella tenía 17 años y preguntó. Le dijeron que no cuente pero contó. Era el temor, el pánico.

«Mis padres fueron secuestrados en Semana Santa del ’77, en un momento les hicieron un simulacro de liberación y los volvieron a secuestrar. Creo que el miedo no se les fue en toda su vida. Mi madre tenía pesadillas, murió de cáncer. Mi padre tuvo cáncer cuatro veces».

El silencio, que carcome por dentro.

«Sé que sufrieron torturas, a mi padre lo picanearon muchísimo, le pegaron. Hambre, sed, hacerse pis y caca encima, estar con frío, todas las situaciones de una privación ilegítima de la libertad en un contexto de mucha vulnerabilidad. (…) Mi madre solo mencionaba situaciones de mucha indignidad, de estar escuchándolo a mi padre en las sesiones de tortura, de reconocer sus gritos, los de compañeras de secuestro embarazadas. Más que nada describía el entorno, no hablaba casi nada de ella. No podía».

Estuvieron en La Escuelita.

«Apenas me enteré del secuestro por la metida de pata de mi tía y hablé con mis padres, lo primero que le pregunté a mi madre era si mi padre era mi padre. Sabía que a las mujeres las violaban. Mi nacimiento coincidió con los nueve meses de que hayan sido secuestrados, fue un acto intuitivo. Mi madre me dijo que no y mi padre no me dijo nada».

Clikea para escuchar el testimonio.


«Tiempo después de que falleciera mi madre, mis hermanas se aparecieron en Buenos Aires. Fue rarísimo. Me dijeron tenemos que hablar con vos. Me la vi venir, les dije me vienen a hablar de que papá no es papá. Me heló la sangre. Digo esto porque mi madre me rechazó toda la vida, fue muy difícil, muy horrible, no se lo deseo a nadie. Mi madre me miraba y me aborrecía. Toda mi vida fue así, lamentablemente, yo ya lo superé con terapia y muchas cosas».

En su lecho de muerte Isabel le confesó a una amiga que nunca supo si Julieta era hija de su compañero o de alguno de los hombres que sucesivamente la habían violado durante el secuestro.

«Para mí fue, por un lado, un alivio porque explicó el rechazo que padecí toda mi vida, todo el maltrato de parte de mi madre, de no querer ni verme. Por otro, una especie de redención, le agradezco a mi madre que lo haya podido decir.

«Estos son los casos no heroicos de identidad, no se habla de estos temas. Toda mi vida padecí una sospecha espantosa, luego decidí ponerle fin. Pese a que por mi profesión creo que la identidad es algo construido y que no está en la sangre, no lo pude tolerar, se me hizo imposible. Estaba en la universidad dando clases sin saber lo que decía, en reuniones sin entender lo que me pasaba, fue una semana que tuve que sacar los espejos de mi casa, me la pasé obsesivamente viendo fotos de mi familia paterna a ver si me parecía o no, teniendo pesadillas, a ver si yo era hija de uno de los hombres que habían torturado y violado a mis padres y a tantas otras personas. Decidí hacerme un análisis de ADN, que afortunadamente dio positivo.

«Soy hija de Eduardo Gaztañaga en un 99,98% y agradezco al cielo que no haya dado otra cosa. Porque el desamparo que tenemos quienes hemos cargado con esta cruz, además de la cruz de nuestros padres como sobrevivientes, se resolvió en ese sentido pero en otro sigue haciendo mella en nuestra familia, en nuestra construcción como mujeres, como hijos, mis hermanas y mis hermanos».

Julieta aportó su granito de arena, su sufrimiento.

Lo hizo para «visibilizar una parte de nuestra trágica historia, que no ha finalizado y que no se resuelve con meramente hablar de la privación ilegítima de la libertad o de torturas. Se puede pensar que un abuso sexual en esas condiciones es una tortura pero también se lo puede distinguir. Hombres y mujeres fueron víctimas de abusos sexuales y sigue existiendo una necesidad de poder hablar sobre esos temas, los abusos siguen perteneciendo al ámbito privado cuando en un contexto dictatorial y de privación ilegítima de la libertad considero que pertenecen a otro ámbito».

«¿Cuáles son las consecuencias para la vida de las personas y para quienes somos hijos o víctimas directas? No hay ningún tipo de sostén. Yo debí continuar con mi trabajo, con mis días, con todo sola, pagarme una terapia privada, hacerme un ADN por mi lado, sin ningún tipo de soporte, ni siquiera de reconocimiento simbólico a la tragedia que fue para mi psiquis, mi armadura emocional, haber vivido eso.

Clikea y escuchá el testimonio.


«Lo sigo padeciendo y lo llevo como puedo. He logrado trabajarlo separadamente de la relación con mis padres pero hay mucho camino por delante, un trabajo de género importante a realizar y que cierto tipo de delitos sexuales no pueden pensarse como pertenecientes al ámbito privado, especialmente cuando sus consecuencias atraviesan generaciones, rompen familias, destrozan vidas y tienen consecuencias a tan largo plazo».

¿Qué es el silencio?

«El silencio en mi casa era el síntoma del pánico, del terror absoluto, era la forma que tenían de protegerse y, a su vez, de subsistir, de seguir viviendo en la misma ciudad. Mi padre a veces decía que cuando nos llevaba a la escuela veía al torturador en la esquina. El silencio era una forma de habitar lo que quedaba de vida y de seguir apostando a la vida. Lamentablemente tiene estas consecuencias, que carcome a la gente por dentro».

Carcome por dentro.

«Le dije a mi papá que necesitaba hacerme el ADN, si él quería. Me dijo Juli vos sos mi hija, no hay nada que buscar pero hagámoslo. Fue todo lo que me dijo. No entendía cómo mamá no le dijo nada. Recuerdo cuando estuvo internado, antes de fallecer en 2020, hablé muy poquito de esto y me dijo Juli lo que pasa es que soy muy cagón -esa palabra usó- tuve siempre mucho miedo y no podía ver las cosas. Mi padre a sus 75 años, muriendo, diciendo eso. Creo que eso lo dice todo, a buen entendedor pocas palabras.

Mientras esperaba declarar, frente a la pantalla, Julieta escribió.

Cuando tenía 17 años, antes de irme a vivir a Buenos Aires, asistí por un año a un taller literario de Extensión Universitaria en la UNS. De todo aquello que escribí no quedó absolutamente nada, debo haberlo tirado como tantos papeles y dibujos, solamente recuerdo el título de un poema: «Empollando espinas». Recuerdo que produjo un fuerte impacto en mis compañeros de taller y en el profesor, quizás salió publicado. De mi parte me dio igual, lo escribí y no quise saber absolutamente más nada acerca de ese poema.

Ahora, 27 años más tarde, puedo comprender ese hecho y apreciar la extraña simetría que hay con el día de hoy, con este juicio. Dar testimonio aquí es una forma de reclamar justicia, aun cuando los hechos a los que me refiero no sean considerados con la misma gravedad que lo fueron y los son para las víctimas. Aun cuando el abuso sea arrinconado al mundo de lo privado, al mundo de lo femenino. Como si los horrores de la última dictadura cívico jurídico militar tuviera alguna línea clara de lo público o lo privado.
Un juicio es también un exorcismo simbólico, es una catarsis, es un rito de paso. Igual que escribir una poesía con el alma en carne viva. Ese gesto primario de «empollando espinas» salido de las entrañas, es hoy un poco menos doloroso y más compasivo.

Empollar espinas fue la metáfora de la maternidad, de la familia, la metáfora religiosa, el símbolo de la carne descarnada y vuelta a encarnar.

El futuro de la promesa es la justicia para mí y para tantas compañeras y compañeros. Pero es también una promesa que es profundamente humana, porque la justicia son los arreglos que nos damos a nosotros mismos, a la justicia la creamos nosotros, todas las personas.

Empollar espinas fue la justicia de mis padres y la promesa de que la alegría es más fuerte que el horror. Una promesa y una enseñanza, porque las espinas, al fin de cuentas, también protegen a las flores que nacen del mismo tallo. Como mi madre, soy una insolente optimista y confío que en algún momento este tipo de delitos tendrán justicia.

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