Persecución a las Letras

cora carra

Testimonios sobre los secuestros de Cora María Pioli y Daniel Osvaldo Carra se escucharon durante las últimas audiencias del año en el juicio contra 25 represores que actuaron en jurisdicción de la Base Naval de Puerto Belgrano. Ambos estuvieron en el centro clandestino de detención y torturas “Baterías” y continúan desaparecidos.

Con 23 años, Cora se recibió de profesora en Letras en la Universidad Nacional del Sur en septiembre de 1976. Un par de meses después fue capturada por una patota fuertemente armada, en su domicilio de Patricios 743 de Bahía Blanca. Daniel tenía 24 y esperaba junto a su esposa, Olga Mabel Ferreyra, el nacimiento de María Penélope. Estudió literatura hasta ser convocado al servicio militar y, al igual que Cora, militó en el ámbito universitario. Fue secuestrado el 26 de diciembre de 1976 en la casa de sus padres de Alberdi 70 de Punta Alta.

Declararon Silvia Carra, Juan Trifogli, Aída Elena Di Sarli y Alberto Francisco Domínguez. Las audiencias se reanudarán luego de la feria judicial, los días 3 y 4 de febrero de 2015 desde las 9 en Colón 80 de Bahía Blanca.

La docente Aída Elena Di Sarli estudió en la Universidad Nacional del Sur con Cora María Pioli. Aseguró que no tenían militancia política aunque habían convocado a una serie de reuniones para intentar reabrir la carrera de Letras que el interventor Remus Tetu había clausurado como al resto de las del Departamento de Humanidades.

Los encuentros se realizaban en la casa de Cora, el mismo domicilio que fue allanado el 25 de noviembre de 1976 y del que fue secuestrada la joven universitaria. Un par de horas después del operativo, Di Sarli llegó al lugar y se encontró con la hermana, la sobrina, la madre de su amiga y su pareja y un vecino.

“Nos contaron que llamaron a la puerta, cuando abrieron ingresaron varios hombres, los encapucharon a todos. Pude ver las capuchas al día siguiente, eran pantalones de corderoy cortados, se los pusieron en las cabezas y los llevaron a lugares distintos de la casa. A la única persona que no le pusieron capucha fue a la hermana de Cora porque tenía que tener a su bebé, Julieta, y se asustaba”, relató la testigo y detalló que eran cinco o seis personas armadas y de civil, “cuando la nena lloraba, uno de ellos le puso una pistola en la cabeza y le dijo a la madre que la hiciera callar como fuera”.

 Los represores revolvieron la casa, volcaron los cajones sobre la mesa del comedor, dieron vuelta la sala de estudio de Cora y desparramaron su biblioteca. “Se llevaron discos, libros, un poco de ropa. Se llevaron un juego de lucecitas del árbol de navidad que la mamá había bajado ese día porque iban a armar el arbolito a los pocos días”. En el garaje, con un lápiz de labios, dejaron una inscripción que decía “por traidora” y “firmaban Montoneros y, en otra pared, ERP”.

“Eso significó que el que fue mi suegro posteriormente tuviera la necesidad de protegernos y nos llevó al Batallón 181 a hacer la denuncia porque creía que Montoneros se había llevado a Cora. Nos tomaron declaración y nos prometieron que durante treinta días, a partir de ese momento, nos iban a proteger para que no nos pasara nada a manos de Montoneros o el ERP”, comentó Di Sarli.

Recordó que “a la semana exacta -del primer operativo- volvieron y se llevaron toda la ropa interior de Cora y fueron directamente al patio, debajo de un jazmín hicieron un pozo y desenterraron una bolsa muy grande con una colección de revistas Crisis que ya estaban prohibidas y leíamos los estudiantes de Letras. Uno de ellos le dijo a -su hermana-  Mabel algo así como que Cora era muy testaruda o cabeza dura”.

Entre las gestiones que hicieron durante la búsqueda de su amiga destacó la consulta en la Curia Católica donde fueron atendidos por el obispo Emilio Ogñenovich. “Nos recibió como si fuera una visita social y sonreía todo el tiempo. Nos dijo que esas situaciones para él eran llamadas cuarentenas porque hasta dentro de cuarenta días no se podía saber nada, que nos quedemos tranquilos que iba a hacer todo lo que estaba a su alcance, nunca supimos cual era su alcance. Y antes de irnos nos regaló estampitas de la virgen y nos pidió que rezáramos que él iba a hacer lo propio. Nos sentimos muy defraudados, tristes y ofendidos por esa situación. Suponíamos ingenuamente que la iglesia podía tener una llegada para decirnos si estaba viva o qué le había pasado”.

Finalmente respondió al fiscal que la Corta (María Graciela Izurieta, aun desaparecida y cuyo hijo fue apropiado en La Escuelita) solía llamar a casa de Cora y que Beatriz Rivada, embarazada y de Tres Arroyos, convivió unos días con su amiga antes de rendir su última materia en la universidad. Tanto Beatriz como su esposo están desaparecidos.

“Cora era una chica muy dulce, muy sonriente siempre, muy alegre. Nunca supe que militara en nada. Sí me había contado que en la época de la secundaria estaba con Guías, iban a darle clases a gente humilde. Nunca vi militancia de ella en la universidad y sí se habían realizado en su casa las reuniones para la reapertura de la carrera nuestra. Muchos años después me encontré con su sobrina, quien tenía un año cuando se la llevaron. Y ella fue quien me contó. Graciela Díaz, estuvo secuestrada con Cora. Les contó cosas a Mabel, la hermana de Cora, y a Julieta. Nos contó que se sentía olor a mar”, finalizó.

Alberto Francisco Domínguez manifestó que la noche del allanamiento en la casa de Cora había ido con su novia y un amigo a ver un partido de básquet. Al finalizar, su amigo quiso ir a ver a Cora pero “se volvió porque había mucho movimiento de autos”. Luego se acercaron al domicilio de la familia Pioli y se enteraron del operativo de secuestro.

Durante su testimonio dio cuenta de las gestiones ante Ogñenovich y la presentación en el Ejército donde expusieron los hechos. “Me he enterado más yendo a la Fiscalía cuando me convocaron que en el tiempo anterior. Me sorprendí muchísimo porque para mí estábamos en una ciudad que correspondía al Ejército”.

“En mi imagen, me llamó poderosamente la atención que fuera así, probablemente alguien me haya dicho algo antes pero yo no lo tenía internalizado, que era un hecho sucedido a tantos kilómetros de Bahía. La información del ciudadano era que Bahía Blanca era dirigida por el Ejército. La imagen de marina era más cuidada, no sé si por los medios de comunicación o por quién, no la teníamos en este tipo de actividades. Todas las sospechas recaían ahí. El Ejército hacía publicidad para comunicarse con ellos”, sostuvo y explicó que en su casa leían el diario La Nueva Provincia.

“Se lo llevaron arrastrando”

Silvia Carrá brindó testimonio por videoconferencia desde Neuquén sobre la desaparición de su hermano Daniel Osvaldo. Describió que la madrugada del 26 de diciembre de 1977 entraron seis personas de civil fuertemente armados a su casa en la ciudad de Punta Alta.

Revisaron pieza por pieza hasta dar con la de Daniel, “lo encapucharon y se lo llevaron arrastrando por el piso. Uno de los tipos le dijo a mi mamá que en un par de días volvía. Nunca más apareció”. Su padre era trabajador civil de la Armada y recurrió al director de la Base Puerto Belgrano, “le contestaron que ese día no había orden de ningún operativo”.

Silvia recordó que “mi hermano estudiaba Letras en la universidad, luego de su desaparición me comentaron que lo que pasó es casi seguro por un amigo que tenía en Villa Regina, pero no sé nada”.

Su esposo, Juan Trifogli, habló del último día que lo vio a Daniel: “Yo estaba durmiendo en el living, me levanto y voy a la cocina. Ahí apareció un tipo armado, me encañonó, me preguntó el nombre y se fue. Luego lo agarró a Daniel, le preguntó el nombre y se lo llevaron”. Afirmó que la persona que le apuntó “tenía un uniforme de gendarmería o algo así”.

Sobre Bocha Eraldo

Osvaldo Bonini fue convocado como testigo del secuestro y desaparición de Norberto “Bocha” Eraldo. “Yo era amigo de él. Primero en Punta Alta y luego en Bahía Blanca. Bocha militaba en la juventud peronista”, dijo.

“El papá del Bocha tenía la concesión del bar del Hotel Belgrano. Con mi novia pasábamos todos los días para saber si tenía novedades. Uno de esos días el papá me pide que lo lleve a su casa, como favor. Yo accedí, cuando íbamos nos interceptó un Falcon. Se bajaron unos tipos armados y se chuparon al viejo”.

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